Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   Mi voto para Lavilla     
 
 Diario 16.    24/10/1982.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

Diario 16/24-octubre-82

OPINIÓN

PEDRO J. RAMÍREZ

Mi voto para Lavilla

A hora de la decisión ha llegado. El próximo jueves cada ciudadano se quedará durante unos segundos

cruciales a solas con su conciencia y, tras ese diálogo íntimo, emitirá su voto, con más o menos seguridad

y entusiasmo. Para algo más del sesenta por ciento de cuantos piensan acudir a las urnas, se tratará de un

acto relativamente fácil, pues hace tiempo que ya tienen resuelto por quién van a votar, Queda en cambio

un treinta y tantos por ciento de indecisos que no saben muy bien qué hacer con su sufragio y han de

decantarse en estos cinco últimos días. Hasta anteayer yo era uno de ellos. Tal vez debiera disculparme

por la impudicia de dedicar tan extenso espacio en un día de máxima lectura a glosar una decisión tan

personal e intransferible como es el sentido del propio voto, pero después de haber escrito los artículos

titulados «¿Estamos condenados a votar al PSOE?» y «¿Estamos condenados a votar en blanco?», me

siento obligado a explicar el desenlace de un proceso de reflexión en el que sin duda continúan inmersos

muchos compatriotas de convicciones y actitudes similares a las mías. Desde hace varias semanas me

encontraba serenamente resignado a responder afirmativamente a cualquiera de los dos incómodos

interrogantes, planteados en anteriores domingos. Para quienes no somos socialistas pero ansiamos el

cambio y la modernización de España, la apuesta por el PSOE es una opción perfectamente válida si

entendemos el voto del modo que lo hace Julián Marías cuando explica que no se trata de «elegir», sino

de «preferir».

Voto PSOE, voto en blanco

Tengo que reconocer —en respuesta al envite escrito que desde estas mismas páginas me hizo Luis

Solana— que en la España de hoy, para bien y para mal, «la esperanza está en el PSOE».

No me gusta ni la puerilidad de su política exterior y de defensa, ni su paradójica prevención ante un

obvio elemento de modernidad como la televisión privada. También me inquietan algunas presumibles

concesiones a la demagogia sindical que pueden contribuir a dañar aún más la economía. Pero en el otro

lado de la balanza pesa abrumadoramente la certeza de que la nación va a contar por fin con un liderazgo

capaz de aglutinar y galvanizar a la mayoría de los ciudadanos en ese gran esfuerzo solidario que se

precisa para salir de la inquietante atonía de los últimos meses.

El voto en blanco no deja de ser, teniendo en cuenta la abrumadora tendencia de las encuestas y el

impacto de la regla D´Hondt, una forma indirecta y, si se quiere, más purista o melindrosa de apoyar al

PSOE desde una postura no socialista. Quiero subrayar, además, que se trata de una alternativa tan cívica,

democrática y participativa como cualquier otra, e incluso más, puesto que es la forma más expresa y

rotunda de someterse e implicarse en el veredicto de la mayoría.

¿Qué es lo que me ha hecho entonces desviarme de la disyuntiva «votar al PSOE votar en blanco» para

inclinarme por una opción aparentemente mucho más insatisfactoria que ambas? Tres cosas: el desarrolla

de la campaña, el resultado coincidente de los sondeos publicados el viernes por «El País» y Diario 16 y,

sobre todo, la convicción de que en esta crítica encrucijada de España el sufragio no puede ser un acto

ona-

«Lo que se decide el jueves no es sólo quién va a gobernar en España, sino fundamentalmente cuál va a

ser el equilibrio de fuerzas y, por tanto, el juego político en el nuevo Parlamento»

nista, un apasionado deleite solitario, sino que tiene que convertirse poco menos que en una fría inversión

bursátil cuya rentabilidad brille por encima de todo. No me parece, pues, que votar el próximo jueves

consista tanto en «elegir» o en «preferir», como en «influir».

El suicidio de la derecha_____________

¿De qué manera podemos los indecisos utilizar nuestra «influencia»? Al responder a esta pregunta clave

no debe olvidarse que lo que se decide el jueves no es sólo quién va a gobernar en España a partir de

diciembre, sino también fundamentalmente cuál va a ser el equilibrio de fuerzas y por tanto el juego

político en el nuevo Parlamento.

Para cuantos apostamos por el progreso y la regeneración de España, el contundente triunfo que los

sondeos otorgan al socialismo moderado debería ser motivo de cauta satisfacción. Tal satisfacción, sin

embargo, se desvanece al advertir la presumible dinámica que produciría el hundimiento absoluto del cen-

tro y el monopolio de la oposición por parte del señor Fraga, también pronosticados.

Un Parlamento en el que el PSOE tuviera 200 escaños y Fraga 1OO dejaría de ser el lógico ámbito de

colaboración política en el que intentar resolver los problemas del país desde la discrepancia constructiva,

y pasaría a convertirse en un sistemático campo de batalla, en el que el absoluto control de la iniciativa le-

gislativa por parte de la mayoría tendría como única respuesta la constante apelación catastrofista.

La derecha española ha cavado su propia fosa al volcarse unilateralmente en fa-

vor de un personaje tan extremista como Fraga. Pretender ganar unas elecciones en España con semejante

«caudillo» equivale a lo que hicieron los republicanos en los Estados Unidos cuando en 1964 nominaron

al ultraderechista Goldwater o a lo que ocho años después hicieron los demócratas designando al ul-

traliberal McGovern. Ambos fueron espectacularmente barridos, porque siendo enorme el entusiasmo que

suscitaban entre sus adictos, éstos quedaban poco menos que difuminados ante la gran cantidad de

ciudadanos que rechazaban sus excesos. Hace falta estar verdaderamente loco para creer que en la España

de hoy se pueden ganar unas elecciones defendiendo la restauración de la pena de muerte y disculpando al

teniente coronel Tejero.

Por muy espectacular que sea su crecimiento relativo en número de escaños —en cosecha de votos será

mucho menor—, la presencia parlamentaria de Fraga será la constante expresión de la frustración y el

resentimiento de una serie de grandes intereses desconectados del poder por primera vez en medio siglo.

Si a ello unimos el carácter violento y despó-

tico del personaje, es fácil intuir que el caserón de la Carrera de San Jerónimo puede convertirse cada

miércoles en una peligrosa mecha conectada con el polvorín de los poderes fácticos.

Aunque estoy seguro de que no lo van a reconocer ahora, para los socialistas el obtener 220, 200 ó 170

escaños es una cuestión relativamente secundaria, una vez garantizado que son ellos los que van a

gobernar. Lo que verdaderamente debería preocuparles es el tipo de respuesta que pueden esperar de los

sectores sociales no implicados emocionalmente en su aventura cuando vayan poniendo en marcha una

serie de iniciativas que, por muy templadas que sean, originarán las fuertes convulsiones propias de toda

innovación.

La cocina está cerrada_____________

Desde este punto de vista es absolutamente vital asegurar la existencia de un centro político dispuesto a

actuar en e! Congreso desde la reflexión y no desde el maniqueísmo preconcebido; capaz de alinearse a

favor o en contra del Gobierno, de acuerdo con el contenido concreto de cada proyecto de ley, preparado,

en suma, para reflejar en cada debate y

discurso la actitud preñada de matices a veces contradictorios que los sectores intermedios de nuestra

sociedad adoptan ante el advenimiento de la experiencia socialista.

Ya no es momento ni de lamentaciones ni de reproches. Deliberadamente he obviado en este análisis

cualquier referencia a la formidable fuerza que tal y como están las cosas habría tenido un centro unido en

torno a Lavilla Suárez y los liberales y a la nefasta sucesión de errores, soberbias y torpezas que han he-

cho imposible tal reagrupamiento.

Con relación a UCD sigo pensando casi todo lo que he dicho y escrito en ios últimos meses, pero por

desgracia quien desee votar al centro tendrá que ponerse en el pellejo de quien llega a un restaurante

cuando la cocina ya está cerrada y se han acabado casi todos los platos del menú. Adolfo Suárez ha

realizado una gran campaña cargada de generosidad y nobleza, pero a todas luces insuficiente en medios

materiales, asociaciones humanas e ¡deas innovadoras. Habrá que contar con él para la reconstrucción del

centrismo, a partir del 28-0, pero de momento parece inevitable que sus equivocaciones tengan el castigo

de un mal resultado electoral.

La principal razón por la que voy a votar a Lavilla es porque, además de estar bastante de acuerdo con su

programa tantas veces no aplicado y considerarle un hombre honesto y muy capaz, ha sido con diferencia

quien con más coraje y constancia ha denunciado durante la campaña los peligros del retorno de esa

derecha cruda y dura que en el 77 y el 79 entre todos logramos marginar. No va a ser un voto impregnado

del entusiasmo de quien compra un objeto hermoso, pero s( va a estar sustentado en la gélida firmeza de

quien cree hacer una inversión correcta, a la vista del mercado de valores y de la evolución de las co-

tizaciones.

 

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