Autor: Carrión, Ignacio. 
   Las jornadas barcelonesas del presidente Arias     
 
 Blanco y Negro.     Página: 28-31. Páginas: 4. Párrafos: 36. 

LAS JORNADAS BARCELONESAS DEL PRESIDENTE ARIAS

RECIBÍA LOS DIARIOS DE MADRID POR VALIJA DIPLOMÁTICA URGENTE

HORAS antes de que los tres mil consejeros locales y provinciales del

Movimiento se reunieran en Montjuich para escuchar el discurso del presidente

Arias llovía a cántaros. Pero la tormenta se esfumó y ahora, en la gran

explanada del Palacio de Congresos y Exposiciones, hace un sol de verano. Un

destacado funcionario de la Presidencia del Gobierno comenta ante mi extrañeza

por este brusco cambio meteorológico: "Estaba previsto; habíamos consultado a

expertos de la base de Torrejón y nos dijeron que hoy el tiempo sería fresco y

soleado; mañana, algo más caluroso, y pasado mañana, igual".

Con un cuarto de hora de antelación acuden en sus automóviles oficiales varios

generales, el ministro de Educación y Ciencia, el alcalde de Barcelona, el

presidente de la Diputación y el consejero y ex ministro López Rodó.

El presidente del Gobierno llega, como es su costumbre, puntual, y acompañado

del ministro secretario general del Movimiento, que viste de civil y con camisa

blanca. El señor Arias Navarro tiene la tez bronceada, sin duda como resultado

de su reciente estancia deportiva en Asturias.

DISCRECIÓN DE LOS CATALANES

Las autoridades penetran en el Palacio de Congresos y ascienden al auditorio por

la escalera de la derecha, mientras el público restante lo hace tanto por la

derecha como por la izquierda. Apenas hay jóvenes. La mayoría es gente de

mediana edad. A las señoras se las podría contar con los dedos de una mano. Pero

es tal la aglomeración, que todos no caben en el recinto y algunos deben seguir

el acto a través de televisión en circuito cerrado. Expectación y nerviosismo

son grandes; mucho mérito el de los fumadores que se abstienen de hacerlo.

En tiempos de inflación de discursos y declaraciones no deja de tener encanto la

discreción y la espontaneidad. Los catalanes han comprendido esto. El alcalde de

Molíns de Rey da la bienvenida al presidente Arias en nombre de todos los

pueblos de Cataluña y advierto en los rostros de muchos campesinos una expresión

satisfecha. El aplauso lo arranca esta frase pronunciada en catalán: «D´aquesta

térra catalana, tant nostra i tant estimada, treballant per el seu engrandiment,

que es el de tota Espanya».

Desde esta tierra de trabajo se le hace llegar al presidente del Gobierno "la

voz, la ilusión, la lealtad y la esperanza".

El señor Masó, alcalde de Barcelona, que ocupa asiento en la tribuna entre Pilar

Primo de Rivera y López Rodó, prolonga su aplauso. Luego interviene el jefe

provincial del Movimiento, gobernador civil de Tarragona, quien pide igualdad de

oportunidades en la participación política y entrega al señor Arias las

conclusiones de los Consejos Locales y Provinciales. El señor Aigé Pascual es

víctima de un lapsus que algunos asistentes comentarían al abandonar el

auditorio: cuando se refiere a «justicia social» convierte esta última palabra

en «local».

VEHEMENCIA DE UTRERA MOLINA

Durante diez segundos, los asistentes, en pie, ovacionan al ministro mientras

una guapísima azafata de congresos deposita un vaso de agua junto a los

micrófonos. Con su ardorosa alocución, el señor Utrera Molina electriza al

público, que aplaude con entusiasmo su frase final.

«Queremos —dice— empeñar nuestras vidas para que el legado de Franco se proyecte

sobre otros cincuenta años de historia».

Se ha llegado al climax de la sesión. Ha transcurrido una hora exacta desde el

comienzo de la misma.

Ahora el silencio es impresionante. Las autoridades que acompañan en la mesa

presidencial a don Carlos Arias Navarro se enderezan en sus asientos.

Un labriego que comparte las apreturas en uno de los pasillos, se enjuga el

sudor con su gran pañuelo a cuadros y comenta: «A ver ahora».

En otro lugar de este mismo número de BLANCO Y NEGRO, Gabriel Cisneros comenta

el discurso del presidente Arias. Voy a limitarme a señalar aquí que la

inflexión de la voz, la sobriedad de gestos y expresiones, la calma y dicción

utilizadas por el jefe del Gobierno devolvía a los oyentes a un estado de

ánimo apacible, casi coloquial y refrigerante. El ardor se comprimió en los doce

aplausos con que fueron interrumpidas sus palabras que, el mismo presidente

recalcó, «no han tenido el énfasis de las declaraciones solemnes ni han buscado

el cobijo del aplauso fácil». La duración exacta del discurso fue de media hora.

Desde las últimas filas, un asistente inició el canto del «Cara al Sol» y aunque

las autoridades daban por finalizado el acto se inmovilizaron unos instantes

para, puestos en pie, entonarlo.

El almirante don Alberto Cervera, que aplaudió al final de los discursos, pero

no en las interrupciones, más que cuando el nombre de Franco se mencionaba,

también entonó el «Cara al Sol», igual que lo hizo Laureano López Rodó.

La primera felicitación al presidente, con una rapidez notable, se la dio López

Rodó, quien inició un gesto de abrazo. Abrazo que, ya a la salida, obsequió a

Utrera Molina con estas palabras: «Has estado muy bien, muy bien. ¿Por qué no

quedamos esta semana en vernos?».

NO DESAYUNARON PARA LLEGAR A TIEMPO

Con sus rostros curtidos, sus manos fuertes, vistiendo muchos camisa azul, los

asistentes venidos de lejanas comarcas no habían podido desayunar por temor a

llegar tarde a Montjuich. «Nosotros venimos de un pueblo al lado del valle de

Aran —comenta un hombre de cuarenta y ocho años—, y salimos de allí a

las dos de la madrugada; no hemos desayunado». Otro campesino, cuando le

pregunto cómo van las cosas por su tierra, allá por Lérida, dice que «lo de la

economía, bastante mal; eso sí que es un problema difícil». Y un tercero, algo

más joven, añade:

«Igual que hay paz para todos, ahora necesitamos más pan para todos también».

EXTRAORDINARIAS MEDIDAS DE SEGURIDAD Y PROTECCIÓN

Todos los desplazamientos del presidente Arias en Barcelona y su comarca fueron

rodeados de extraordinarias medidas de seguridad. Policía Armada, Guardia Civil

y una fuerza llamada «Reserva General» (cuyo acuartelamiento está en Tortosa)

cubrieron los trayectos y se situaron en puntos estratégicos.

A los informadores se nos han dado toda clase de facilidades y hemos podido

entrar y salir, movernos libremente, en el círculo interior de la escolta del

presidente. Lo cual, en momentos en que nuestra labor profesional ha sufrido

sobresaltos, es algo que debe servir como ejemplo. Si el presidente del Gobierno

ha permitido que estuviéramos tan cerca, que escucháramos los comentarios suyos,

de su esposa o del resto de las autoridades, ¿por qué razón figuras de inferior

relieve parecen empeñadas en entorpecer nuestra labor profesional en actos

también de menor relieve?

Porque he podido observar de cerca a unos y otros es por lo que ahora voy a

relatar algunas anécdotas de este viaje a Barcelona.

LA CORBATA DE LOS PERIODISTAS

Con el programa de actos y visitas del señor Arias, la Delegación de Información

y Turismo de Barcelona repartió, grapada a él, una breve recomendación para los

periodistas. Más o menos, decía que no olvidáramos ponernos corbata. El amable

consejo ha sido muy comentado entre los compañeros catalanes. Y parece ser que,

conocido su espíritu de camaradería, sinceridad y buen humor, ya han pedido al

Ministerio que imprima una corbata y la distribuya. De este modo la Prensa y el

Ministerio dispondrán de un nuevo lazo de unión a la altura del cuello.

El domingo, a las diez de la mañana, estaba anunciada la asistencia del

presidente a la basílica de Nuestra Señora de la Merced para asistir a misa. La

jornada sería de descanso y totalmente privada. Yo había recibido el aviso de

que el presidente acudiría a pie desde el Gobierno Civil, lugar donde ha

residido, hasta la basílica, que dista unos diez minutos andando. El día

anterior todo el programa había sido tan apretado que los desplazamientos fueron

en automóvil casi de carreras. De la Universidad de Bellaterra a Tarrasa y

Sabadell, y de allí, luego de un breve encuentro en el Gobierno Civil con

monseñor Jubany, a Montserrat, donde desde hacía un siglo no rendía visita

oficial ningún jefe de Gobierno. Así que las esperanzas de un "paseo por la

calle" las anidaban los reporteros gráficos en cuanto tuvieron noticia de su

posibilidad. ¿Qué pasó?

Pues que en los últimos momentos, cubierta la carrera por dos accesos

diferentes, nadie estaba seguro no sólo del paseo a pie, sino de la trayectoria

que iba a seguirse. Como si el mismo presidente intuyera tal desconcierto —unos

fotógrafos iban por una zona, los otros por otra—, su decisión fue salomónica:

llegó en automóvil hasta la mitad del recorrido y lo completó calmosamente a

pie.

LA CORBATA DE ESTERUELAS

Ah, pero no todo iban a ser corbatas de periodistas. El ministro de Educación y

Ciencia llegó a la basílica muy deportivo. Pensando que de misa irían

directamente al Club Náutico para embarcarse en un yate, don Cruz Martínez

Esteruelas se ha presentado sin corbata. Los periodistas le miran. Y algo debe

llegar a sus oídos cuando, ya el matrimonio Arias muy cerca de la entrada del

templo, se pone pálido y pide que le dejen a toda prisa una corbata.

Acostumbrado como está a soluciones de emergencia en su propio Departamento, don

Cruz resuelve el problema. Le escucho pronunciar esta frase: «Buenos días,

presidente, acabo de ponerme esta corbata que me han dejado porque, perdóneme,

pero pensaba en la jornada náutica de hoy... ».

Don Carlos Arias le da unas palmaditas en el brazo, muy sonriente. Por supuesto,

tanto él como el resto de las autoridades han venido «endomingados».

A la misa, celebrada por el párroco, quien en su homilía diría «aquel que tutela

la ley es el defensor de la libertad», asisten también el gobernador civil, el

alcalde y el presidente de la Diputación. Comulgan doña Luz y don Carlos Arias,

García Hernández, Masó, Martín Villa y Samaranch.

Entretanto, un funcionario de Información y Turismo llega corriendo hasta las

puertas de la basílica con un paquete en el que puede leerse «Valija

diplomática». ¿Y eso qué es?, pregunto al acalorado funcionario. «"Son los

diarios de Madrid que el presidente ha pedido que le traigamos... ».

El presidente vuelve a Gobierno Civil, esta vez a pie. Allí descansa unos

momentos, cambia de indumentaria y lee los periódicos. Hace un día de mar calma

y de sol. En el Club Náutico le espera impaciente el propietario del yate

«Danae», señor Mir, y da instrucciones a sus marineros para que repasen los

cristales, algún metal y todo esté impecable. El señor Mir viste chaqueta

«blazer», pero calza zapatos de calle para «no poner a nadie en una situación

embarazosa».

EL MINISTRO CARRO PREFIERE LA VELA

Van llegando policías al muelle. De vez en cuando, los motores del barco rugen

unos segundos. Hay una lancha neumática con submarinistas a cincuenta metros. La

casa «Semon» aprovisiona unos aperitivos a bordo. Pero se ignora quién será

invitado por el presidente a este minicrucero. Pregunto al señor Mir si es

reciente su amistad con el presidente o es anterior al nombramiento. Y alguien,

muy oportunamente, media en la conversación: «Como el señor Mir es muy discreto,

vale más que no politice nada de todo esto, ¿comprende?». Y ahora Mir redondea

aquella afirmación con un lance inteligente: «Mire, yo no soy quién para invitar

a nadie al yate; lo he puesto a disposición del presidente y es él quien manda».

Luego me dice este conocido industrial catalán: «A lo mejor pescamos un atún; el

otro día un amigo mío sacó uno, por lo menos, así de grande...».

—Ay, qué horror —comenta la señora de Arias aproximándose al barco—. Temo que me

voy a marear. Me he tomado dos «Dramamine», pero dan mucho sueño...

Y otra vez el problema de las camisas, las corbatas y los botones, que pienso

que divertirían mucho al señor presidente. Ahora es el anfitrión, Mir, quien,

como un águila, ha advertido que don Carlos Arias, que viste una camisa polo

color granate, la lleva abotonada hasta arriba. Y ahí vemos al conocido

industrial, medio de espaldas, para abotonarse la camisa, sudando más que si de

pronto se le encallara la embarcación.

El ministro de la Presidencia, señor Cairo, ha preferido la vela y otro

industrial le brinda su hermoso yate «Cris-Len III», que zarpa airoso por

delante del «Danae». ¿Y de quién es este velero?, pregunto. «Ah, del

dueño de la lactaria «Ram» —me dicen—. otra potencia aquí...».

Los fotógrafos fijan imágenes de la maniobra náutica, apelotonados en el muelle.

Con el presidente, que se acomoda junto al timón, empuñado por Mir, navegan el

vicepresidente primero, García Hernández, el ministro de Educación y Ciencia y

el gobernador civil. Curiosa coincidencia: mientras las esposas de éstos, muy

prudentemente, han tomado asiento en la cubierta, los dos ministros lucen ahora

idénticas camisas polo granate (también el presidente lleva otra igual) y

aguardan, charlando en la parte de babor, el momento en que el «Danae» alcance

al velero del ministro de la Presidencia.

Ramón Guardans, presidente de la Junta del Puerto de Barcelona, me ha permitido

seguir desde la canoa oficial, puesta a disposición de BLANCO Y NEGRO, esta

singular regata.

En la bocana del puerto, con mar lisa y atrayente, el «Danae» aventaja al otro

barco, y Esteruelas, que lo está pasando en grande, se lleva a la boca los dedos

desafiando a Carro con un gesto inconfundible: «¡Que os estamos comiendo!»,

dice.

Ignacio Carrión

Crónica y fotos de nuestros enviados especiales, Ignacio Carrión y Jaime Pato

 

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