Autor: Anaut, Alberto. 
 Elecciones 82. El candidato prepara el "Sermón de la montaña, que cerrará la campaña electoral". 
 Felipe espera a doscientas cincuenta mil personas en su mitin de Madrid     
 
 Diario 16.    26/10/1982.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

NACIONAL

26-octubre-82/Diario 16

El candidato prepara el «Sermón de la montaña», que cerrará la campaña electoral

Felipe espera a doscientas cincuenta mil personas en su mitin de Madrid

Cuenca: Alberto ANAUT, enviado especial

Todo está a punto. Tras veintiséis días de campaña, Felipe habla hoy en Madrid. Será como el «Sermón

de la montaña» de una campaña electoral en la que el candidato a la Moncloa ha predicado la

recuperación de los valores y la esperanza. Dicen, quienes lo saben, que va a ser el gran discurso: una

pieza de libro.

El autobús electoral de Felipe González se desliza, a toda máquina, por la carretera de Extremadura. Ha

sido un día agotador. Más de mil quinientos kilómetros, que han llevado a «el candidato» desde Barce-

lona a Madrid, Avila, Cáceres, Badajoz y, ya de vuelta, nuevamente a Madrid. Las luces de «la mosca» se

han ido apagando lentamente. Son las tres de la madrugada. Los periodistas, derrengados y satisfechos

por el día más divertido de toda la campaña, duermen —o al menos lo intentan— atrás. José Luis Moneo

—el médico— ha cantado una zarzuela con letra propicia para un final de campaña. Peridis, invitado del

día, ha convertido el autobús en una fiesta.

Carmen Romero apoya su cabeza en el hombro de Felipe. Trata de dormir. Solamente una luz queda

encendida . Es el síndrome que acompaña a los líderes. A aquella «lucecita del Pardo», que inspiraba a

Carlos Arias, ha venido a sustituir un moderno mini-foco de superautobús.

Ha dado tres mítines. Ha charlado con el presidente del Partido Socialista holandés, que se ha subido en

Avila. Ha comido con los periodistas «fijos», que le debíamos una invitación. Se ha fumado más cohibas

de la cuenta. Ha respondido a una surrealista entrevista de Perldis. Ha contestado, en serio, a media

docena de periodistas que van pasando por el autobús para llenar sus libretas de frases, ideas, proyectos

de «el candidato». Ahora, trabaja, pensativo. Está preparando el mitin de Madrid.

Va a ser como un nuevo «sermón de la montaña». Felipe González ha ido puliendo poco a poco sus dis-

cursos. Tiene una enorme facilidad para ver las reacciones de su público. Habla de voz baja; les mira a la

cara. Cuando ha subido la tensión, baja inmediatamente con un chiste. Pero hasta ahora no ha hecho el

discurso perfecto; el texto de libro; el mitin que quedará para la historia si los socialistas confirman todos

los pronósticos, todos los sondeos y barren en las urnas. El domingo, al filo de la medianoche, hizo una

primera aproximación en Badajoz. Subió el tono moral. Ahora, a bordo del autobús, da vueltas a su

cabeza. Está preparando «El Mitin». Con mayúsculas. Un discurso con voz de presidente de Gobierno,

que quede ahí, como el primer paso de cuatro años de poder.

Líder ético

Felipe trasciende al PSOE. El mismo lo ha dicho. «De nuestros votantes, un treinta y seis o treinta y siete

por ciento votan PSOE claramente; el resto, hasta el tope que dan las encuestas, votan cambio. Esto es así

y a mí no me importa reconocerlo.»

Es un fenómeno arrollador. Mitin a mitin, el ritmo de la campaña ha ido subiendo. En cualquier provincia.

Los hombres de seguridad se las han visto y deseado para controlar la situación. Basta que saque una

mano por la ventanilla del autobús para que venga la avalancha. No hay más que ver las caras. Son un

poema. Viejos y chiquillos. «Tocar al líder», ése es el objetivo.

Ha hecho una campaña moral. Ha predicado en el desierto y ha predicado la esperanza. En cada plaza, en

cada polideportivo, en cada cine —en las pocas provincias donde los socialistas locales no han podido, o

no se han atrevido, con más—, Felipe se ha negado a hacer un mitin de ataques personales; ha renunciado

también, poco a

poco, a abrumar con las cifras que llenaban sus discursos en Andalucía. «Ya no hacen falta», confiesa. Y

Felipe habla de una regeneración moral. Transmite un mensaje de cambio personal. Es, para los que le

oyen, un amigo, su hermano mayor, su hijo. Un personaje cercano, tierno... «Ya no le caben los besos»,

bromeaba Peridis. Y es cierto, porque Felipe, mitin a mitin, ha ido convirtiendo aquello —a las ocho o

diez mil personas que han venido a oírle como media— en una charla de regeneración moral.

Habla con sinceridad, «porque es la única forma en que sé y quiero hacerlo», pensando en cuatro años de

gobierno». Pide un esfuerzo colectivo, un trabajo riguroso, la solidaridad... y ofrece la esperanza.

La campaña

Han sido veintiséis días agotadores. Cerca de veinte mil kilómetros llevando el mensaje del cambio a

todas las provincias, salvo Navarra y Castellón —por problemas de organización o discrepancias con los

líderes provinciales—, y Bilbao y Logroño, que se quedaron sin ver al líder por su escapada al País

Valenciano cuando el desastre de las aguas.

No tiene a nadie que le invente frases. A nadie que le escriba los discursos. Trabaja sobre las ideas-base

en el autobús o en el hotel. Saca ideas de los temas del día, de la prensa. «No quiero nunca —comenta—

c aer en lo fácil: hablar en cada sitio de los problemas de ese sitio. Eso la gente ya no se lo cree, porque

son las falsas promesas de siempre. Yo tengo el mismo mensaje esté donde esté.»

´Felipe González, en Cáceres, coge en sus brazos a una niña que le acaba de entregar un ramo de flores.

En cualquier caso, siempre hay «algo» que acerca sus ideas al auditorio. Una anécdota, un recuerdo, una

crítica.

«Estoy muy satisfecho de cómo ha ido la campaña. Hemos puesto siempre el cartel de no hay billetes.»

En cualquier caso, Julio Feo —el coordinador de la campaña de Felipe, el hombre que permanentemente

tiene todo controlado—, confiesa que tal vez con la experiencia ahora se harían otras cosas. «Tal vez una

campaña más sosegada, un gran mitin por autonomía.» Vuelve a planear la sombra de Azaña, con sus tres

discursos al aire libre de 1935. «Pero estas cosas son empíricas, nunca se sabe el resultado hasta que no se

experimenta.»

Felipe ha llevado el mito kennediano, «la nueva sociedad», a más de tres cuartos de millón de personas en

media centena de mítines. Ha concedido cientos de entrevistas. Cientos. Los periodistas que le acompa-

ñamos en la campaña sentíamos la otra noche pena viéndole explicar nuevamente las ideas-base a las dos

de la madrugada. «Nos fe van a matar.» Hasta la cola de! autobús llegan los retazos que nos dan la clave:

«... modelo de sociedad...», «... ponerse a funcionar...», «... está harta de que se le engañe». Una y otra

vez.

Ha hecho una campaña de presidente; tal vez demasiado distante al principio. A raíz de Galicia y Castilla

— en pleno corazón del caciquismo o el conservadurismo— Felipe se ha acercado más a la gente. «A él

le gusta», comenta Carmen Romero. El problema es la seguridad. Es impresionante verle delante del

autobús, con las luces encendidas, saludando a cientos, cientos, cientos... y miles de personas que

prácticamente se echan debajo de las ruedas. A Felipe le brillan los ojos. «Gracias, gracias.»

El autobús —a caballo entre los que usaron las selecciones de Perú y Polonia en el Mundial— ha sido el

gran éxito de la campaña. No es un problema de comodidad, sino de imagen. Se ha encontrado la clave

que ha identificado al PSOE. El otro día, cuando íbamos de vacío los periodistas por las carreteras de

Logroño —y Felipe andaba sobre las aguas en Murcia—, la comitiva de Suárez adelantó al bicho. No lo

vimos, pero todos los periodistas supimos que Adolfo sentía envidia en ese momento, por lo que lo ha

confesado públicamente, y tuvimos ia intención de invitarle a subir. Peridis ha propuesto que el bus sea

declarado monumento históri-co-artístico y pase a un museo con todos los periodistas (de cera) dentro.

Nos quería neutralizar.

El último voto

Felipe no se fía de las encuestas. Quiere ganar por goleada, pero le da miedo que gane Fraga. Sabe que se

puede enfrentar con una oposición salvaje y piensa que eso podría constituir una verdadera carrera de

obstáculos para el próximo Gobierno. Sigue la política de desactivar todas las bombas posibles. Busca el

último voto para la victoria socialista. «Porque estas elecciones —acusa— s e han convertido en un

referéndum: "¿Vota usted al PSOE o contra el PSOE?"» Por eso, Felipe quiere que el día 28 nadie deje su

voto en el vacío.

Y quiere, también, dar un «empujón» a Landelino. Felipe, en confianza, confiesa que Landelino es una

buena persona y tiene la sensación de que ha caído en manos de expertos electorales a las órdenes de

Fraga. Y en público lo dice sin recato: «Landelino es una persona respetable.» El problema está en que la

caída de UCD es tan estrepitosa que el PSOE, si gana, se va a encontrar enfrente con la furia de Fraga.

 

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