Autor: Miret Magdalena, Enrique. 
   El socialismo humano que queremos     
 
 Diario 16.    27/10/1982.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

OPINIÓN

27-octubre-82/Diario

ENRIQUE MIRET MAGDALENA

Experto en lemas religiosas

El socialismo humano que queremos

Aunque Felipe González fue invitado a ocupar este espacio de opinión —lo mismo que Landelino Lavilla

o Adolfo Suárez—, excusó su colaboración. En su lugar, ofrecemos la reflexión de uno de los más

importantes intelectuales comprometidos con el cambio que preconiza el PSOE.

Si gobierna el socialismo, queremos los españoles que ponga por delante al hombre, a la persona, sobre

toda otra consideración material o espiritual. Primero: el hombre y su libertad, en las dos dimensiones,

individual y social, que tiene.

La libre competencia: A un hombre que se le mida por sus actos, por el mérito obtenido en una situación

real de igualdad de oportunidades, en la que cuente ante todo el propio esfuerzo realizado, en una libertad

sin discriminaciones, ni de falsas concepciones de la misma que sólo favorezcan a los fuertes y a los

poderosos. El concepto de libre mercado de Milton Friedman —que tantos admiradores tiene— es

engañoso porque es la instauración de la libertad salvaje, de la lucha selvática que sólo tiene ventajas para

el que está en lo alto ya por su situación social o económica. Esta es una inhumana libertad aparente que

«sólo deja supervivientes a los más poderosos y, con frecuencia, a los más violentos», según predijo en

1931 el Papa Ratti.

Mercado

Es la pseudolibertad propugnada por aquéllos —según sus duras palabras— que en nuestros país «com-

baten por la hegemonía económica» y llegan a obtener así «el predominio´sobre el poder público...

pudien-do abusar de su fuerza e influencia en los conflictos económicos». Es aquella «libre concurrencia

—que de libre no tiene más que la fachada, porque no deja espacio para todos— que se ha destrozado a sí

misma». Que a nivel mundial llega a convertirse «en el imperialismo internacional del dinero», que

maneja las naciones a su gusto y llega a dominar hasta a tos Estados.

La libertad de mercado debe tener aquellos límites razonables que la conviertan en una libertad

económica con igualdad para todos. Seria algo así como una planeación económica indicativa, que no

exigiera sino que fomentase las buenas líneas que dan a todos esa oportunidad, la cual llevaría «al gradual

establecimiento de una propiedad bien distribuida», como propugnaba hace setenta años el católico inglés

Hilaire Be-lloc. Se trataría de elevar a categoría social la fuerza económica —que es la que todavía tiene

dimensiones humanas— del artesano, del trabajador autónomo, del pequeño y del mediano empresario,

que son los que principalmente pueden hacer ver a todo el mundo que «lo pequeño es hermoso», como

fue el lema del economista y organizador empresarial Schumacher hace pocos años, demostrando

prácticamente el éxito económico y humano de este planteamiento; o la postura del economista suizo W.

Ropke, tomando como modelo la estructura económica y política de pequeñas dimensiones de la

Confederación Helvética.

Justicia

La primera virtud social en la nueva perspectiva del país no debe ser otra que la justicia distributiva.

Habría que pasar de la sociedad hi-percapitalista de «unos pocos que detentan las fuentes de la vida»,

como criticaba también Pío XI, a un Estado distributivo que fomente la sociedad estructurada sobre los

méritos libremente conseguidos de los individuos que la componen, y no la preeminencia de la fuerza

dominante casi exclusiva de los fuertes sea por su influencia o por su poder. Pero, por supuesto, sin caer

tampoco en el extremo contrario del igualitarismo desesperanzador, que es lo desalentador que consigue

el colectivismo, especialmente cuando es totalitario.

Hay que descentralizar lo mismo la actividad social que la propiedad, pero no hay que nacionalizarla, sino

«localizarla». Hacerla local más que nacional. Porque o local es lo concreto, y lo nacional es lo abstracto.

Lo primero es lo que puede distribuir responsabilidades personales, con el realismo de quien vive los

problemas directamente con los pies en su tierra. Y lo segundo es desconectarse del hombre real y

concreto, que es quien toca con la mano>los problemas de su entorno, pretendiendo falsamente sustituir la

actividad social real por ese fantasma abstracto del «ciudadanismo», en cuya dimensión abstracta casi

nunca se encuentra el hombre socialmente responsable.

SI se emprende este camino, que va de abajo arriba, se llegaría no a la socialización nacionalizadora,

estatalista o colectivista, sino a desarrollar el factor socializador humano por medio de una responsabili-

dad social individualizada, concreta y en contacto on la realidad de todos los días. Se llegaría a esa au-

téntica descentralización, al buscar preferentemente el contacto con los problemas allí donde se

encuentran y por los hombres que los viven.

Leyes

Lo pequeño es lo grande. La ley, la entidad financiera y la Administración Pública o Local se deberían

volcar ayudando a los pequeños núcleos que constituyen la trama fundamental de la economía de nuestro

suelo. El mismo paro tan avasallante, que invade a jóvenes y adultos sin vislumbrar solución clara a corto

plazo, se ha producido fundamentalmente por haber caído nuestros políticos en el lamentable olvido de

esta realidad microeconómica del país.

Y la economía no caería así en el engaño del consumo por el consumo, de la cantidad por la cantidad, que

es lo único que ha fomentado nuestra sociedad, invadiendo por la propaganda y publicidad nuestras más

personales motivaciones, deformadas por esta sociedad del consumo, que ha inventado las sutilezas más

sofisticadas de la propaganda subliminal, la cual induce, por medio de la imagen y del color, lo que

inconscientemente deseamos elegir, sin darnos cuenta de que somos víctimas de los intereses de aquellos

que desprecian nuestra auténtica libertad de elección.

No podemos seguir viviendo en una sociedad frustrante del hombre, aunque pretenda engañarnos con la

esclavitud dorada del consumo cuantitativo, que paradójicamente empieza a entrar en crisis por el fallo

del progreso ciego que se nos prometía. Hemos de conseguir una sociedad en la que se pueda cumplir el

antiguo consejo del poeta Píndaro: «Hombre, llega a ser lo que eres.» Ese fondo de nuestro ser que no se

encuentra reflejado en nuestra sociedad puramente funcional del número, de la automatización y de los

grandes bloques de viviendas acolmenadas. La sociedad tiene que ayudar a cambiar al hombre adulto que

ha construido y que «ya no sabe más que de cifras», como criticaba Saint-Exu-pery.

Para ello hemos de superar la tentación colosalista, el espejismo de la cantidad y de lo grande, que induje-

ron los fascismos de Mussolini y de Hitler, o el fascismo aguado de nuestro franquismo. Tentación que

todavía la llevamos dentro ? modo de oculta megalomanía a nivel material y de se tarismo exclusivista a

ni espiritual.

 

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