Autor: López Sancho, Lorenzo (ISIDRO). 
   Un discurso viejo     
 
 ABC.    31/10/1982.  Página: 19. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

DOMINGO 31-10-82

Planetario

Un discurso viejo

En julio del año que viene hará medio siglo. Don Manuel Azaña defendía en las Cortes de la República el

sistema electoral mayoritario frente al sistema proporcional que propugnaba Osorio y Gallardo, gran

jurista. «No tendríamos —argumentaba Azaña— ningún derecho a hacer una ley con el deliberado

propósito de impedir que si en España los monárquicos fuesen mayoría, pudiesen demostrarlo como tales

en las urnas.» «¿Con qué derecho —precisaba en otra frase— lo impediríamos en régimen de sufragio, si

conquistamos la República por el mismo procedimiento?»

Medio siglo después de aquella parlamentaria lección de liberalismo, los socialistas obtienen la mayoría

absoluta con la misma ley electoral que había servido a UCD para ganar anteriores elecciones y gobernar.

De donde resulta que el procedimiento, aunque remodele un tanto los resultados de las urnas no es

herramienta infalible para fabricar mayorías. El centrismo ha sido derrotado por sus errores, por sus

graves políticas, por la culpable y suicida división de sus fuerzas iniciada el mismo día por algunos

prohombres de UCD entre los que se encontraba o iba a encontrarse muy pronto el gran derrotado

Landelino Lavilla y no por el sistema del señor D´Hont. «Conque en obrar mal o bien / está el ser malo o

ser bueno», como se nos enseñaba hace siglos en claro verso «La verdad sospechosa», y eso no pueden

cambiarlo las leyes electorales.

Pero tal vez en esta hora, en la que la mi-llonaria mayoría del pueblo español ha desterrado de las urnas

algunos de sus peores fantasmas y decidido ensayar nuevos caminos, es oportuno insistir en la evocación

de aquel discurso de un gran político tan combatido, difamado y desconocido como fue Azaña.

Refiriéndose a la democracia republicana, decía en 1933: «Lo de menos es quien la gobierne, pero que

pueda ser gobernada en todos los aspectos y acepciones de la palabra, en la cual entra como principal la

facultad y el poder de legislar.» Probablemente resulta excesivo decir que lo de menos es quien gobierne.

No es así. Importa quien sea el que gobierne. El pueblo, español lo entendía así al apartar del Gobierno a

quienes considera que gobernaron mal porque superpusieron lo personal a lo general entre otras culpas.

Porque, entre otros graves males, no ejercieron suficientemente «la facultad y el poder de legislar». No

hace falta enumerar las leyes que se quedaron en la cuneta parlamentaria o constitucional para encono de

los problemas que no se resolvían.

Ahora, con mayoría absoluta, los socialistas dispondrán plenamente de la facultad y el poder de legislar y

eso hace mucho más importante quienes sean los que gobiernen. En el fondo la aparente indiferencia de

Azaña se debía a la seguridad de que eran mayoría. Las mayorías, en España, no duran mucho tiempo y la

conciencia de la interinidad del poder ha de mitigar siempre, en medida de prudencia, el poder

mayoritario para no producir efectos irremediables.

La primera imagen tanto del ponderado Felipe González como de su ácido adlátere Alfonso Guerra ha

sido de serenidad, de ponderación, de mesura. Añádase autoridad, energía y tanto las esperanzas de

quienes los votaron como el temor de quienes no lo hicieron podrán encontrar su justo medio. Hoy hay

mucho más motivo para la ilusión que para el temor. El pueblo ha dejado atrás el desencanto y es

menester no desencantarle de nuevo.—Lorenzo LÓPEZ SANCHO.

 

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