Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Los nombres propios     
 
 ABC.    31/10/1982.  Página: 20. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

OPINIÓN

DOMINGO 31-10-82

Escenas políticas

Los nombres propios

Si yo pensara con el corazón, me dejaría hoy de reproches y tomaría la cajita dei bálsamo. El corazón

tiene razones que la razón no entiende, pero eso es un lujo que no pueden permitirse los que andan en la

política: ni los que la hacen ni los que la comentan. Hay días en que para hablar de los personajes dei

drama político tiene uno que olvidar que también son personajes de la comedia humana. No se trata de

hacer leña del árbol caído ni de dar, al moro muerto, gran lanzada. Para tomarla a cuchilladas dialécticas

con este retablo político de maese Pedro, el cronista prefiere encontrarse con árboles en pie y con moros a

caballo. O sea, que vaya a gusto en el machito. Hay días en que para hablar de los personajes del drama

tendría uno que pedir, como en el verso de Lorca, el corazón prestado a un amigo.

Pero hay responsabilidades históricas que es necesario señalar, y esas responsabilidades tienen hoy

nombres propios. Bien es verdad que nuestro pueblo tiene una rara facilidad para acostarse de una manera

y levantarse de otra, y si no es contando con esa veleidad o versatilidad, no se explicará nadie el

fenómeno, o mejor, los varios fenómenos, de estas elecciones. Ahora nos ha tocado acostarnos de

derechas y levantarnos de izquierdas. Pero también es verdad que los hombres del Gobierno y tos

dirigentes del Centro han hecho todo ¡o que podían hacer para que nos diéramos esa vuelta en la cama

durante el sueño. Los socialistas han ganado, y han ganado muy bien, y ahora no se trata de regatearles

los méritos que en ello tengan, pero antes se les había venido ofreciendo ese triunfo en bandeja de plata.

Las cosas habían llegado a un punto en que, con tal de cambiar, lo que fuera. Algunas gentes que

mostraban justificadas reservas ante la posibilidad de que tuviésemos un Gobierno socialista, terminaban

por decir: «Por poco bien que lo hagan, lo harán mejor.»

Si hacía falta alguna prueba más, además de las evidentes, ahí tenemos la gratitud del PSOE: la

benevolencia y hasta !a misericordia electoral con que han tratado a don Adolfo Suárez y tos cachetes

cariñosos con que han consolado a UCO. La gratitud de los socialistas a UCD llegó hasta el punto,

conmovedor electoralmente, de postular algunos votos para ellos. Era una manera de no devolverles la

bandeja vacía.

Grande ha sido su castigo en las urnas. Para otros, el castigo quedará también escrito en la Historia. En

este sentido, el caso del duque de Suárez es sencillamente descomunal. He leído algunas docenas de

biografías políticas de este país, y no encuentro precedente semejante. Jamás a un político se le regató una

ocasión tan de oro como la suya, y jamás un hombre público dilapidó en menos un caudal político tan

considerable. Ahora se ve claro que don Adolfo Suárez quiso represar un diluvio con un dique de cartón.

Le pasaron por encima de un largo escalafón en el que figuraban los máximos prestigios políticos de

aquel tiempo de la primera transición: de Fraga y de Silva, de Areilza y de López Bravo. Don Torcuata

Fernández-Miranda tuvo que hacer un laborioso ejercicio gimnástico-político, como quien saca un

caldero de un pozo tirando de una soga fina y maquiavélica, para estar «en condiciones de llevarle al Rey

to que le había pedido». Echó inmediatamente por la borda todo to que quedaba por encima de su propia

estatura, en cuanto a consejo, sabiduría, experiencia política y conocimiento del Estado, y empezó a

acostumbrar pronto el oído, la vanidad y quizá la soberbia, al acatamiento de los «penenes». Se deslizó en

seguida hacia la picardía más que al ejercicio serio y firme de la autoridad, y llegó a tratar graves temas

con instituciones que no son de juguete con el desparpajo y la chalanería usuales en un mercado de

caballerías. Triunfó en las elecciones y creyó ingenuamente que los españoles habíamos votado su perfil,

su picardía o su picaresca política, y su manera de leer los discursos o de besar a las ancianitas. Por fin, se

metió en una jaula dorada de adulaciones, complacencias y loas, y en una hornacina de dispensación de

prebendas, que algunas veces, por lo desmesuradas, parecían milagros.

Luego se fue, pero sin querer dejar nada de la mano, nombrando validos o devotos. No se retiró al

Aventino, ni a la biblioteca, ni al purgatorio, ni al frigorífico, sino que se quedó detrás de las cortinas o

debajo del guiñol para seguir moviendo las marionetas. Y terminó por meterse entre ellas con zancadillas

y empujoncitos. Abandonó a su propio hijo político, la UCD, sin darse cuenta de que ni era sólo de él ni

podía usarlo exclusivamente para sí mismo. En pocos meses ha descendido de una cumbre de 168

diputados al Grupo Mixto, del brazo de don Agustín Rodríguez Sahagún. Ha sacrificado el centro, ha

deshecho a sus amigos, ha desconcertado a sus viejos compañeros, se ha entregado sin condiciones a sus

antiguos adversarios y se ha aniquilado a sí mismo en lo que su nombre podía tener de esperanza para el

recambio futuro. Su carrera política no ha podido ser más fulgurantemente contradictoria: véneto al

socialismo, pactó con el socialismo, pasteleó con el socialismo, co-gobernó con el socialismo, se arrimó

al socialismo y ha entregado el Poder al socialismo. Nadie habría sido capaz de una cosa así en tan pocos

días.

Se llevó con él a don Rafael Calvo Ortega y a don Jesús Viana, que ahora no son diputados. Envió a don

Manuel Jiménez de Parga al despeñadero de Alicante; a don Abel Hernández, a las aguas del Duero; a

don Federico Ysart, a los pastos de la Montaña, y recibió a don Antonio de Senillosa, que buscaba lumbre

por las cinco esquinas electorales, para que se paseara por las Ramblas contando procacidades políticas y

dando brincos de canguro político. La política es así de generosa y así de cruel.

Con la misma claridad que en otras ocasiones he intentado el repaso, creo yo que generoso o justo, de

todo lo que a don Adolfo Suárez debe la transición en paz del autoritarismo a la democracia, hay que

cargar ahora sobre su cabeza la responsabilidad histórica de que, una vez más, se deshaga en nuestro país

un intento de centro político; la responsabilidad histórica de su propio naufragio; el ¡lustre ejemplo de

inconstancia y de incoherencia en su ideología y en sus principios, en las propias posiciones políticas, que

no han nacido de una fidelidad a la idea de centro, sino de aproximación oportunista al PSOE que más

calienta; y la responsabilidad histórica de haber echado sobre el ánimo de los españoles, ya bastante

desencantado y decepcionado, la desconfianza en un partido al que, ayer no más, habían votado con

esperanza.

Hay otros nombres propios en el «dramatis personae». Pero son tantos, tan diferentes entre sí y con tan

diverso papel en la tragicomedia que bien merece el asunto quedarse para mañana. O para pasado

mañana. O tal vez para nunca.—Jaime CAMPMANY.

 

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