Autor: Rodríguez, Pedro. 
   Estaba escrito     
 
 ABC.    31/10/1982.  Página: 21. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

DOMINGO 31-10-82

OPINIÓN

ABC/21

(Estaba escrito que los ministros caerían como moscas. Que cada escaño de Ucedé saldría a 250 millones

de pesetas. Que los cinco grandes se reducirían a dos, las dos efes de las que hablaba Ma-dariaga. Estaba

escrito que Tejero, el líder que más publicidad mundial disfrutó, sería condenado, detenido, ridiculizado,

despreciado por las urnas del pueblo. Estaba escrito que el viejo mapa del 76 saltaría por los aires. Que, a

la noche, los vencidos buscarían, entre los cascotes del cataclismo, restos de algún escaño por provincias,

mientras el nuevo cesar esperaba su entrada en el Estado en casa de un empresario, Ernesto Ibáñez.

Estaba escrito que, al cabo de los años, esta noche Líster tomaría café en el Palacio de Congresos del

fraguismo. Que Alfonso Guerra debutaría como ministro del Interior leyendo los resultados con voz de

Rosón, como anunciando el nuevo orden. Estaba escrito que no habría ni un rasguño en toda España, ni

una urna rota y que los vencidos saludarían a los vencedores como en el cuadro de las lanzas, y que el

pueblo, el pueblo español, madre, iría, después de conseguir todo eso, tan pancho, a las ocho de la

mañana a trabajar. Estaba escrito que la transición de los siete años terminaría o con un coronel, o así:

hermosamente así.)

Jornada de reflexión

Pedro RODRÍGUEZ

Estaba escrito

Mira, Felipe González: alguna autoridad me da el haber escrito tu nombre, hace ocho años, per la prima

volta, en la Prensa española. Alguna autoridad me da ser uno de los modestos periodistas que no han ido

con nadie en la campaña electoral. El primer asunto es que a ti no te gusta esto: la presidencia, el

cesarismo. Pasar, en ocho años, de ser perseguido por la Policía a convertirte en su jefe es de novela

oriental. Ese es tu primer problema: disponerse a recibir cuatro años de bofetadas sin tener ambición. El

segundo asunto es la oposición. Ayer la gente especulaba no cómo iba a ser el Gobierno, sino cómo será

la oposición. Las dos «efes», Fraga y Felipe, son honestas. El editor Lara lleva años buscando una

biografía picante de cualquiera de los dos. Nada. Ni un duro sin justificar, ni un pelo rubio en la solapa.

Fraga y tú llegáis con las manos limpias, y eso es importante para este país. Fraga tuvo en el 76 una

misión histórica: ser el dique de derechas que contuviera la riada de extrema derecha, de fuerzas

desatadas que estuvieron a punto de cargarse la democracia. Sin las anchas espaldas de Fraga en ese

extremo, aquello hubiera inundado al centro y la izquierda, como la presa de Tous. Ahora Fraga va de

otra cosa, oero también histórica: organizar a a derecha que aquí parecía inor-janizable, y meterla en el

campo ie juego de la democracia y de la institución. De momento la ha netido en el Congreso. Era una

iberración que la derecha española se cotizase sólo por seis escaños. Ahora está en su sitio y va a jugar,

como los leones de Ángel Cristo: por sesiones y ante el público. La izquierda fue la primera en darse

cuenta que o en el Parlamento o en Carabanchel. La derecha, que ha estado cuatro años extramuros o

camuflada de Ucedé, sabe que ahora o Parlamento o Suiza. Esa ha sido, de momento, la «misión

imposible» de Fraga: llevar, como Moisés, a su pueblo a la tierra prometida de los escaños.

Con Fraga, que es experto en la Corte de Saint James, debes hacer lo que se hace con el líder de la leal

oposición, y lo que aquí no se hizo contigo: una peseta más de sueldo que el del jefe de Gobierno,

despacho, coche y estatus. También hay que tener mucha moral para aceptar el liderazgo de una

oposición que no puede ganar una sola votación en toda la legislatura. Tú harás lo que hace el alcalde

Tierno: escuchar los vibrantes discursos mirando al techo, hasta que Gregorio Peces-Barba —¿es el

ilustre catedrático, el hombre frío, sereno, calmoso, impasible, neutral, adecuado para presidir el

Congreso?— diga «a votar». Podrás gobernar, Felipe González, como gobernaba Franco: por decreto-ley

y por inmensa mayoría. Si quisieras, puedes sacarnos de la OTAN, vestirnos de lagarterana o declarar

obligatorios los «cohibas». Tienes en la mano un arma que yo creo jamás en la historia de España ha

tenido ningún presidente: la absoluta mayoría. No necesitas, como tus antecesores, buscar, comprar, votos

por los pasillos. No necesitas aliados, y eso es el fin de Carrillo y de Adolfo. Tampoco Fraga los necesita.

Ninguno de los dos pesos pesados necesita votos, esa mercancía que ha hipotecado a este país durante

cinco años. Se acabó el consenso, malgre luí. No necesitas escuchar los gritos, como (os de los fotógrafos

el día de la votación: «Felipe, mira a la izquierda; Felipe, a la derecha.» Hace dos años que en el Meliá

abjuraste públicamente de Carlos Marx y te quedaste con Groucho. Como decía Tamames anteanoche, no

tienes que pactar con nadie más que con el pueblo español.

Se te va a entregar, Felipe González, un talón en blanco por valor de cien días. Los cien días de cortesía.

El partido necesitó cien años más para llegar desde la tabernita de casa Labra al Poder. Tú, cien días para

ir desde el piso de Pez Volador al Estado. A partir de ahí se acabó la luna de miel. Quizá antes. José Luis

Leal dice que tenéis programa para cuatro años, pero no para los primeros cuarenta días. Perdona la

revelación, pero antes que te lo cuente tu ministro de Hacienda, el Fondo de Garantía Bancaria debe al

Banco de España 16.000 millones de pesetas sólo de intereses. Luego, tienes que decidir si dejas caer o no

la Banca Catalana, que aplastaría a Jordi Pujol y a Convergencia. Tienes que ser neutral: Domingo Solis

saldrá, previsiblemente, un día de estos en libertad, porque lo de Domingo Solís es tan sólo, a salvo el

buen criterio judicial, la demora en la llegada de un papel que ha de aportar una sociedad francesa. Lo

peor son esos cien días, Felipe González. Cien días de gestos, de guiños, de mensajes, de detalles. Mucho

Ejército se fue la noche del jueves tranquilo a la cama por el simple detalle de destaparle tu «indeclinable

aspiración de reintegrar Gibraltar a la soberanía nacional», que, por cierto, ya era hora de cantar la gallina.

En el 77, yo sé de un guardia civil que votó PSOE en Albacete. Ahora te han votado cientos, y luego se ha

corrido la voz de que vas a subirles el sueldo y no a quitarle los estancos a las viudas, como decían las

intoxicaciones. Porque la gente no ha votado el programa de un partido, sino a Felipe y al sistema. Por

votar, hasta ha votado la viuda de Franco que, de alguna manera, ha hecho su apuesta pública por el

sistema. Mucha gente ha obtenido la sensación en la madrugada del 28-O, viéndote entre la vieja bandera

de España y la vieja bandera del yunque y el martillo, sin puño ni rosa, esa sensación de la noche en que

entregas las llaves del coche al crío mayor y le dices: «pero-ten-cuidado-no-corras», y no duermes

esperándole. Este pueblo es valiente un rato lago, y este pueblo sabe también castigar. Las dos cosas las

ha demostrado el jueves. Según te salgan, Felipe González, estos cuarenta días, tu cambio durará cuatro

meses o cuatro años.

En la «mélée» del Palas estaba Dieter Koniecky. Era el más sereno ganador. Dieter es inteligente como un

hurón y activo como un castor. Hace nueve años que lo mandó a España el socialismo alemán para

tutelar, como una especie de San Pedro, la larga marcha del nuevo socialismo español hacia el Poder.

Jamás he visto a Koniecky con prisa. Tú vas a manejar, Felipe González, una materia prima intoxicante,

peligrosísima a altas dosis: el cambio. «La permanencia ha muerto», en todo el mundo es el veredicto de

Tofler. Hasta el profesor Fueyo me decía hace tiempo una noche: «El pueblo aún consumirá cambio

durante bastante tiempo, y el cambio de Suárez nunca será Leopoldo.» El cambio es un factor de medio

ambiente en las sociedades europeas, pero el profesor Thomas Holmes ha descubierto en la Universidad

de Washington las «life change units», una tabla de la cantidad de cambio que puede digerir un ser

humano o una sociedad. Con demasiado cambio o con un cambio apresurado, se enferma

fisiológicamente. Es la sustancia ACTH la que comienza a segregar en nuestro organismo, y la que lleva a

sociedades sometidas a excesivas dosis de cambio a fenómenos colectivos de nihilismo o de misticismo.

Eso pasó con «el primer cambio» que pilotó Adolfo Suárez: demasiado aprisa. Aquí hay la impresión que

el acelerador de «el segundo cambio» va a estar bajo el pie de Alfonso Guerra. Ojo: la sustancia ACTH

no entiende de ideologías, de presiones, de brindis. Cambiar tres mil tíos, la cúpula del país, en noventa

días puede ser una life change unit brutal. La gente ha votado, en su mayoría, cambio —sobre todo, de

Gobierno y de modaies—, pero nadie le ha propuesto la velocidad. Libérate, Felipe González, de la prisa.

Libérate de la adhocracia que se dispone a cubrir la Administración como una hiedra. Libérate del

complejo de Zulo, el maleficio de la isla de la Moncloa, que inmovilizó lentamente a Adolfo y a

Leopoldo. Libérate del isidorismo que hace gritar a los fotógrafos: «Felipe, tío.» Esta es la última vez que

yo tutearé en público al presidente González. Disponte a entregar la democracia mejor de lo que la

recibes, y a preparar la sociedad del año 2000, y a dejarle las cosas ordenadas a Fraga en el 86. Tú sabes

bien, Felipe González, que el jueves has comenzado a cesar.

(Estaba escrito que Pío sobreviviría, porque para eso tiene siete vidas. Que Adolfo valdría, sin el Poder,

dos escaños, como debe ser. Que Leopoldo, un «gentleman», repetiría la frase de Churchill al recibir el

resultado en la bañera: «Para esto he luchado por un sistema que permite estas cosas. Déme la toalla,

joven.» La derecha se fue al «Luzpalacio» a esperar cuatro años. La izquierda, al Palas, el santuario de la

democracia, a ver a Groucho y a la Pantera Rosa y a escuchar a Miguel Ríos. El pueblo, a la plaza Mayor,

a bailar con la más fea. La Administración tiritaba en el Palacio de Congresos, como en un mausoleo de

los vencidos. La jetset canturreaba en Florida, y la nueva clase escuchaba en el Scala a José María García,

radiándole el choque de la jornada. Estaba escrito que un fotógrafo le abriría una ceja a Fraga con un

teleobjetivo, sin querer, por supuesto, y que Helga Soto besaría a Felipe, y que los vestíbulos de los

sastres se llenarían el viernes de socialistas prét-á-porter. Estaba escrito que Serrat cantaría «Por la

libertad», de Miguel Hernández, y que en la calle de mi viejo país quedaría un tenue, levísimo, olor a

porro y a esperanza.)

 

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