Autor: Dávila, Carlos. 
   El nuevo presidente     
 
 ABC.    31/10/1982.  Página: 25. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

DOMINGOS!-10-82

NACIONAL

A 8 C / 25

Crónica del domingo

El nuevo presidente

Por Carlos DAVILA

Hace sólo siete años, en una imprenta clandestina de las afueras de Madrid, el PSOE del interior —aún se

jugaba con la ficción antigua de Llopis en el exterior— redactaba un número extraordinario de su boletín

interno para uso y consumo de sus afiliados y simpatizantes. La operación la dirigía Alfonso Guerra y era

ciertamente arriesgada, porque por aquel entonces estaba ya en marcha otra operación mucho más

espectacular y de muy distinto signo: la «Operación Lucero», la estrategia diseñada desde los sótanos de

Presidencia para que nada pasara en el momento en que el general Franco dejara de existir. Cualquier

maniobra, cualquier reacción pública de la oposición democrática podía hacer dar con los huesos en la

cárcel de los principales implicados. Y ya eran muchos.

Vascos y andaluces del PSOE habían pactado y al acuerdo se habían sumado los madrileños, Javier

Solana y Pablo Castellano, un militante indisciplinado que era tachado en los círculos más radiales de

«socialdemócrata revisionista». No era de extrañar, porque por aquellas fechas el marxismo era el

componente ideológico mayoritario del PSOE. Lo fue, en puridad, hasta el mismo día en que Felipe

González Márquez renunció a dirigir el partido con una frase histórica: «Hay que ser antes socialistas que

marxistes.» Y abandonó con todo su equipo el poder. Felipe González, el nuevo presidente, era en los días

de la enfermedad, agonía y muerte de Franco, conocido en los lectores más influyentes de la Internacional

Socialista, un grupo indudable de poder al que González siempre se ha mantenido vinculado y al tiempo

distanciado, en su sitio, sobre todo con respecto a los laboristas británicos, paternalmente inclinados a

proporcionar consejos. Tan pesados resultan éstos que en una ocasión Felipe González tuvo que

explicarles que «España era "su problema"». Wilson no entendió demasiado bien aquella «impertinencia»

del joven que le había presentado Brandt en Lisboa.

Siete años después, en plena normalidad democrática, el PSOE. con diez millones de votos en sus

espaldas electorales, se dispone a gobernar en los próximos cuatro años. «A gobernar, que no a salvaros»,

me replicaba en la noche triunfal del hotel Palace un ejecutivo que matizaba así la última frase de mi

crónica del pasado domingo. Cualquier enviado especial de la Prensa mundtarque haya venido por

primera vez a España en estos días —y ha habido muchos que con osadía informativa sin límites se han

doctorado ahora en la «cosa española»— puede haber pensado que sí, que es cierto que este país antiguo

y escéptico es capaz de acostarse vestido y levantarse con pijama. Hoy de derecha y mañana de izquierda.

Pero la simplificación es una auténtica estupidez. Sí sucede que. a mi juicio, la mayoría obtenida por el

Partido Socialista en las urnas del jueves es cuantitativamente superior a la realidad política española. La

disfunción, que la ha habido y grande, deben comenzar a explicarla, politólogos y sociólogos, estadísticos

y hasta psicólogos, pero este momento es válido ya para preguntarse qué puede haber ocurrido para que la

izquierda consiga en muy pocos años la mayor victoria electoral de la Historia.

En la madrugada del viernes, cuando por la enorme pantalla de televisión que tapaba materialmente la

fachada del Palace, un locutor socialista explicaba los puntos esenciales del programa, pensé que, por

primera vez en toda la campaña, el partido ganador hacía una síntesis tan corta, tan elemental, tan

sencilla, tan didáctica. En estas elecciones los españoles hemos perdido la oportunidad histórica de

discutir durante veinte días programas y planes encontrados. Esta campaña ha estado dominada

penosamente por dos síndromes exasperantes: el del golpe y el de los debates. El único perjudicado ha

sido el ciudadano español que, según me temo, ha vuelto a las urnas sin saber exactamente qué votaba. Sí

a quién votaba y ésta es la clave del resultado. Existen anécdotas a miles, pero una —repetida— es

ejemplarizante: cuando oor la mañana me acercaba a depositar la papeleta, un hombre maduro que, según

me dijo, no sabía leer, me pidió: «¿Me quiere dar usted un papel de Felipe?» A la salida, una señora que

portaba el inevitable carro de la compra, preguntaba a un policía nacional: «¿Dónde está Fraga?»

Nuevamente, pues, hemos vuelto a votar líderes y no programas. Y es una lástima. Nadie se ha atrevido a

pensar siquiera cuáles serían los niveles de aceptación del PSOE si Felipe González hubiera quedado

definitivamente apartado del Poder en la apoteosis marxista del 79. El éxito hoy del nuevo presidente

radica en la identificación de su efigie, entre preocupada y candorosa, con la promesa de cambio. Felipe

González apenas se ha molestado en toda su campaña aunque él, de forma aprovechona e inteligente,

aseguraba en los mítines finales: «La prueba más evidente de que el único programa que existe es el

nuestro, es que todos se meten con él.» Y esto era todo; las gentes, simplemente, le aplaudían. Le

aplaudían incluso en la noche monumental del martes 26, cuando en la explanada universitaria miles y

miles de personas escuchaban las palabras más radicales que le he oído a González desde hace mucho

tiempo. Pero los vítores no eran, no estaban dedicados a ios conceptos, se dirigían al líder. Sus enemigos,

que hasta hace dos años los tenía también en su propio partido (bien es cierto que por inquina a Guerra,

más que por rencor acumulado contra él) suelen asegurar que Felipe González es un producto depurado

del «marketing alemán». Esta frase la tengo oída en los pasillos de las Cortes. Desde fuego, la imagen

protectora del viejo y «sabelotodo» Brandt. acunando en sus brazos políticos al joven político, le ha hecho

más daño que beneficio. Sobre todo, porque como todas las simplificaciones gráficas, resulta solo

parcialmente correcta.

Pero él es un líder al que se deben al menos tres quintos dei triunfo socialista. Como deben apuntarse en

el haber de Manuel Fraga los tantos de la subida espectacular de esa Alianza Popular renovada por

aportaciones de jóvenes descomprometidos con el régimen anterior, democristianos, conservadores,

demócratas y algún independiente de pasado ideológico diverso. Tengo el temor consciente de que

muchas personas que el jueves votaron a Felipe González queden defraudadas no por el malgobierno del

líder, sino por la aplicación estricta de su programa.

A Felipe González puede sucederle lo mismo que, según confesión de parte, le ocurrió a Adolfo Suárez al

día siguiente de ganar las elecciones del 79: «Mis mismos diputados me preguntaban que por qué

gobernaba así; que «aquello» no estaba en el programa.» Ni algunos diputados, ni, desde luego, los

españoles que le llevaron al Poder, habían leído los textos centristas. Tampoco hoy, porque —ya lo he

dicho antes— en esta larga campaña, menos tediosa que otras, no se ha expuesto ante los electores las

ideas y los planes de gobierno. De esta carencia se ha beneficiado en buena medida González, cuyo

principal valor dialéctico consiste en responder con enorme habilidad y mejor tino a las diatribas que se le

lanzan desde el campo contrario. Ingenio le sobra.

Tienen los socialistas una montaña de papeles preparados, «todo-lo-que-hay-que-hacer» en el primer año

de gobierno. Y, desde luego, los primeros cien días, el plazo periodístico que todos esperan ver cumplido

para saber hasta qué punto las cosas comienzan a cambiar. No es tan fácil, porque no basta con los signos

externos. La "política de gestos» ensayada por Calvo-Sotelo en las primeras fechas de su presidencia

apenas le proporcionó resultados discretos. Los primeros cien días son especialmente delicados, sobre

todo porque en eflos. Felipe González tendrá que templar gaitas.de todos los sones; serán esos di as en

que se producen los nombramientos y las gentes se quedan descabalgadas. Un parlamentario norteño me

decía días antes de comenzar la campaña electoral: «Yo ya le he dicho a Felipe que ministro o diputado

de a pie.» Como él habrá muchos otros que se indignarán con la multipresencia de independientes en la

Administración y con la llegada de miembros de Acción Democrática que, como Javier Moscoso, esperan

rentabilizar sus aplausos enfervorizados de las últimas horas. El «hall» del hotel electoral era el jueves un

muestrario perfecto de los que «lo esperan todo». Desde diplomático como Max Cajal, cónsul de España

en Nueva York, a artistas «progres» descolgados del comunismo, a periodistas-militantes, hay una

extensa gama de profesionales que confían mejorar su suerte con el cambio. Felipe González, que llega

sin ningún compromiso, no debe preocuparse por los más ansiosos, los que se han subido al carro a

trompicones y a toda velocidad. Esos se descalifican solos.

Le cercan peligros ciertos; por ejemplo, la burocratización, fruto de la pasión indisimu-lada que sienten

algunos socialistas por el «plan para todo», por el programa trazado de antemano, inamovible e

imperecedero. Da la impresión de que para estos técnicos las incidencias diarias son un inconveniente,

nunca un reto. El anchísimo tejido administrativo que para la Presidencia ha preparado Alfonso Guerra

puede convertirse, a la postre, en una tela de araña inexpugnable donde se agoste, precisamente, cualquier

intención de cambio. No creo que Felipe González sepa cuántas tropelías informativas se han cometido en

su nombre en los últimos años, pero se han cometido y rnás por estulticia que por afición al suicidio de

alguno de los intérpretes del secretario general. A Felipe González cabe ahora la responsabilidad de

«seguir asombrando al mundo», una meta que se propuso y a la que nunca pudo llegar Adolfo Suárez. El

nuevo presidente, que ha apostado por la moderación, la templanza, la ética, la honestidad y las buenas

maneras, tiene ante sí cien días para convencernos. No de su programa, sí de su coherencia.

 

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