Autor: Martín Bernal, Obdulio. 
 Análisis: El PSOE, en el umbral del Poder. 
 El socialismo que viene     
 
 ABC.    31/10/1982.  Página: 26-27. Páginas: 2. Párrafos: 23. 

26 / ABC

NACIONAL

DOMINGO 31-10-82

Análisis: El PSOE, en el umbral del Poder

El socialismo que viene

La irresistible ascensión comenzó, porque así comienzan muchas historias felices, en un día aciago. Era la

primavera del 79 —turbulento XXVIII Congreso— cuando le estalló en los pies la rebelión de las bases.

Felipe González subió digno y enrabietado a la palestra y dijo extrañamente tronante: «Porque antes de

marxistes tenemos que ser socialistas, ¡socialistas!» Una frase lapidaría, y a la postre histórica. Porque

ahí, justamente en ese momento, se iniciaba una nueva etapa histórica, una andadura distinta, para el

socialismo español. Que Felipe se ofreciera luego al martirologio y fuera victoriosamente derrotado por el

poderoso vigor infantil del izquierdismo es ya pura anécdota. Porque, al fin, como suelen decir las gentes

de orden, triunfó el buen criterio. En seguida vendría la apoteosis del arrepentimiento en la Asamblea

extraordinaria y la confirmación del XXIX Congreso —otoño del 81— hasta un algo exagerado en

plácemes y unanimidades. Felipe González supo sacarse en buena hora la falsa piel de Isidoro, como el

que se desprende de un traje pasado de moda y un tanto vergonzante. Entonces, tiempo antes de la

rebelión, Felipe, receptivo y pragmático, y su pina de colaboradores «andaluces» —con Guerra a la

cabeza del invento— le había cogido ya el hilo a la sensibilidad social de este país y sabía cómo, cuándo

y por dónde introducir a las huestes socialistas en el tejido social y abordar, un día u otro, el Poder.

La hora le ha llegado quizá antes de lo que por aquel entonces preveía. Y ahora Felipe González se

enfrenta al Gobierno con dos escalas determinantes: sus votantes y su partido. Por un lado, los españoles

—casi diez millones de votos— le han dado la confianza. Y no son todos de izquierdas; ni, mucho menos,

todos socialistas, porque la mitad de este país no puede levantarse de un día para otro siendo de izquierdas

o socialista. La inmensa clientela electoral del PSOE va desde la derecha "progresista, desencantada del

centro, hasta la izquierda marxista, que se ha dado a la vieja costumbre del voto útil, después de huir

atufada de las veleidades autoritarias de un Santiago Carrillo terco e impermeable. En esa >• mayoría

social» —tan cara al novísimo presidente del Gobierno «in pectore»— está el proletariado industrial, pero

también numerosos pequeños y medianos empresarios; muchos intelectuales y parte de las llamadas

clases medias. Gentes, grupos, con intereses, expectativas y sentimientos sociales diversos, pero unidos, si

la sociológica electora,! no falla, por el deseo común de modernizar el Estado, y poner a España

definitivamente en los raíles de Occidente europeo, Y unidos también por la esperanza de vivir lo mejor

que se pueda y dejar vivir. En paz, sobre todo, en paz. Y a ser posible —y esto ya es otro cantar— salir

del túnel de la crisis económica, del paro feroz, de la acechanza de las metralletas y de la amenaza

golpista.

El otro supuesto, la otra cara de la moneda (¿o la cara oculta de la Luna?) es el partido. Las mimbres

fundamentales para hacer el cesto del Gobierno. El partido, hoy por hoy, es Felipe, y los residuos, por

ahora testimoniales, de la corriente crítica. Pero no todos se las prometen demasiado felices.

Con estas dos cantidades, en principio no necesariamente heterogéneas, el líder del socialismo se dispone

a afrontar las máximas responsabilidades políticas en los próximos cuatro años.

Y si esa especie de artesanía para iniciados que es la ciencia política no miente —que esa es otra—, la

cosa parece estar clara: el éxito, la mediocridad rampante, o el estrepitoso fracaso de Felipe González

dependerá en gran medida de su supuesta habilidad para conjugar la realización de ese «programa

mínimo» que le vincula a los diez millones de votantes, con el respaldo y la eficacia de su partido. Un

juego malabar; un ajedrez chino. Y así será el socialismo que viene.

PUESTA A PUNTO

Unión de Centro Democrático (en tiempos de Suárez, mayormente) hizo la hazaña de la transición y se ha

dejado la piel ya al final del camino. Felipe González, el PSOE, sabe perfectamente la lección y la tarea:

ultimar la transición y poner a punto el Estado; engrasar o cambiar las viejas estructuras administrativas

para homologar la delicada maquinaria democrática a las europeas. Y no es poco trabajo para cuatro años,

piensan en sus silencios los socialistas. Pero, además, deben afrontar la crisis económica, porque no sólo

de la libertad y la modernidad vive el hombre. Y esto es todavía mucho más trabajoso y ahí sí que se

pueden dejar la piel en girones.

Estos son los parámetros de la actuación socialista en los próximos años, y en ninguna de ambas

direcciones van a producirse medidas llamativamente espectaculares. Cabe esperar poco más —«de

entrada»— que un cambio más o menos sustancial de talante y modos, el célebre «impulso ético» siempre

en labios de Felipe González. Es escasa la cera que arde y los socialistas ni quieren ni pueden meterse en

dibujos radicales, por muy extendido que sea el temor a la virtualidad del doble lenguaje y a ciertas

trampas en la moderación anunciada.

Claro que, en gran medida, todo dependerá de la capacidad y las intenciones de los varios miles de

personas que tienen que ponerse ahora al frente de la Administración del Estado. El PSOE dispone de un

plantel de buenos técnicos «en teoría», si vale la paradoja. Pero una vez en la brega se sabrá si las

tradicionales acusaciones de inmadurez tienen o no fundamento. De todas formas, si el cacareado

«sentido no patrimonialista del poder» parece anunciar un intento de Felipe de atraer a gentes valiosas

más o menos «descolocadas» y que ahora no pagan cuotas. Y esto también tendrá que demostrarse

andando.

EL CAMINO DE LA SOCIALDEMOCRACIA

La doctrina emanada del 29 Congreso es claramente social-demócrata en lo político y en lo económico, y

el programa recoge tos aspectos más relevantes de aquella estrategia. La curiosa teoría del «bloque de

clases» como motor social sólo se inspira lejanamente —si es que se inspira— en un marxismo

heterodoxo, y parece el anticipo de este archibombardeado eslogan electoral de «mayoría social». En lo

económico, la moderación de los planteamientos excluía ya sin reticencias las medidas radicales básicas

en su filosofía anterior. Se habló de nacionalizaciones muy de pasada y con un único dato preciso: la red

de alta tensión, proyecto retomado en la oferta electoral con matices.

Entre los dos ámbitos de actuación señalados, los socialistas parecen haber escogido la prioridad del paro

y la crisis.

La creación de 800.000 puestos de trabajo es la más alta y difícil cota de su oferta programática. Una cota

que el PSOE pretende superar con medidas reformistas en el terreno laboral y en lo económico. De la

crisis, de acuerdo con los criterios de los Solchaga, los Almunias, los Boyer, se empezará a salir con el

instrumento de una planificación concertada, cuyo alcance no resulta todavía valorable. En la campaña

electoral Felipe González se ha desgañifado diciendo tranquilizadoramente que no va a dejar en la

estacada a las empresas en crisis, aunque enfati-zando los controles. Pero las más encendidas promesas

han ido dirigidas hacia la pequeña y mediana empresa.

El PSOE se propone —como todos los partidos— moderar la inflación, y ello va a implicar —se quiera o

no decir a las claras— moderación de salarios. Y en este rudo pedrusco puede tropezar Felipe González,

no sé si por vez primera. Porque UGT, el sindicato socialista, ha acogido, no sin reservas, el programa

económico del PSOE y va a tener cordialmente marcado al equipo del ramo. Felipe González ya ha

ofrecido el diálogo a empresarios y trabajadores. Ha dicho que solos no pueden con la crisis y que la

concertación es necesaria. La cuestión radica en que, por unos o por otros, por fas o por nefas, el diálogo

termine siendo un diálogo de sordos.

Más fácil va a resultarle —eso piensa él— poner en práctica la cara política del programa; es decir, la

modernización del Estado. El propio líder socialista ha dicho, con mucha energía previa, que para ello to

fundamental es la voluntad política, y que su partido la tiene a raudales. Para desarrollar algunos aspectos

de \a Constitución le basta, en efecto, con la determinación política, los textos primorosamente preparados

por Virgilio Zapatero, y la mayoría absoluta en las Cámaras, Pero reformar en profundidad la

Administración requiere algunos ingredientes más. Por el momento no se ha dicho todavía cómo se va a

encarar, sobre e! terreno y no sobre el papel, esta reforma. (La nueva ley de Incompatibilidades, ya

preparada, es sólo un granito de arena.) De modo que aquí surge otra vez la repetida apelación a la

mayoría social, a la colaboración, al diálogo, a la negociación. ¿El consenso?

Pero no sólo en estas parcelas. La construcción última del mapa autonómico (y de la LOAPA, ¿qué?), la

lucha contra el terrorismo, la política exterior, y un largo etcétera de grandes cuestiones, exigen un

acuerdo más allá de los diez millones de votos. Los socialistas no quieren pactos políticos. Lo ha dicho

Felipe González, lo ha dicho Guerra y lo repiten uno a unos sus militantes. Pero el «pacto social» puede

llegar a convertirse en una entelequia sociológica para hacer corro aparte y actuar legítimamente (eso no

hay quien lo dude) en solitario y al margen del resto de los grupos. Si Felipe González es fiel a sí mismo y

a su prédica mitinera será el primero en impulsar algún tipo de consenso. Si le dejan, por supuesto. Si le

dejan los suyos y si los otros se dejan, que está por ver.

Lo que también está claro es que los socialistas no tienen más remedio que actuar por su cuenta y riesgo

en algunos temas, en los que ni de entrada ni de salida van a dar su brazo a torcer. Son, entre otros, la con-

gelación del ingreso müifar en la OTAN (lo de! referéndum ya no parece tan obvio); la ley de Centros

Docentes, y quizá también el tema de aborto, aunque en este caso los socialistas van a afinar mucho. Y va

a ser precisamente en estos temas donde la oposición del señor Fraga va a echar el resto.

Pero lo que este país está deseando —la izquierda, la derecha, el centro y los extremos— es un Gobierno

fuerte y decidido. Y Felipe González ha hecho de esta promesa el centro de su campaña. Falta saber si la

va a cumplir. Y si va a hacerlo bien, mal, regular, o todo lo contrario.

LA TEMIDA RESURRECCIÓN

No hay más remedio que hablar del partido, del PSOE. La estructura socialista es el otro puntal de la

futura actuación de Felipe González. Visto ahora mismo y sin rayos X, el PSOE semeja una balsa de

aceite, alegre y confiada. A la traumática crisis de! XXVIII Congreso ha seguido un proceso de

consolidación en torno al «felipismo» que tuvo su apoteosis en la XXIX Asamblea celebrada en estos días

hace un año. Fue un Congreso de tantas y tan cálidas unanimidades que los periodistas no hacíamos más

que cotillear que no podían ser verdad. Es evidente que una vez traspasado el Rubicón de la cuestión

marxista —tisa y llanamente, una vez convertido el PSOE en un partido socialdemócrata con matices, de

estilo europeo—, los ánimos en la estructura socialista se han ¡do templando y casi todos desean un

partido maduro, fuerte y operativo, nucleado en torno a Felipe y a su equipo. Porque, a qué engañarse, el

Partido Socialista tal y como hoy existe es Felipe González, la actual dirección y la estrategia por ellos

concebida, entre otras cosas porque la gran mayoría de los militantes han ingresado en el partido en los

últimos años, con Felipe ya en el podio. (Cosa distinta y lógica es que se traten de conservar las viejas

esencias, en un muy segundo plano y como mero sedimento histórigo.)

El PSOE salió de fa clandestinidad con unos menguados millares de militantes que hoy se han

multiplicado por diez o por veinte. De aquella militancia con fuerte ideología queda ya muy poco, y la

avalancha de los nuevos no parece distinguirse por su ideologización. Son gentes progresistas que se

acogen sin resabios, mansamente —dicho sea fin faltar— a la sombra de Felipe y de sus tesis. O a la

sombra de Guerra, factótum de la organización del partido, férrea pero eficacísima, según se ha

demostrado.

Pero no todo es concordia y mansedumbre. En el PSOE continúa existiendo una importante corriente

crítica de izquierda encabezada más o menos (más bien menos que más) por un hombre tan prestigioso

como el ex vicepresidente del Congreso, Luis Gómez Llórente, quien, significativamente no se ha

presentado a las elecciones. Es ahí y sólo ahí donde están las famosas bases radicales del PSOE

de las que tanto se ha hablado. Y no son ni tan radicales ni tan numerosas como se cree.

La izquierda socialista perdió el gran envite en el Congreso extraordinario, apenas sin tiempo de paladear

la fugaz victoria del XXVIII Congreso. Y desde entonces —por las razones ya apuntadas y por otras más

complejas— no ha levantado cabeza. En los últimos meses, ante la proximidad del Poder, ha terminado

por dividirse, y en el mejor de los casos, enquistarse a la espera de tiempos mejores. Sus líderes que

siguen existiendo. Algunos han sido magnánimamente incluidos en las listas electorales y hoy ya son

dilutados (caso de Pablo Castellano, en Cáceres, y Carlos López Riaño, en Madrid); otros son alcaldes,

como Manuel de la Rocha, al frente del Ayuntamiento de Fuenlabrada. Y continúan teniendo seguidores.

Ellos dicen —lo dijeron y lo demostraron en el último Congreso de la FSM— que cuentan con un 25 por

100 de la militancia, al menos en el viejo arte de ponerse de acuerdo para ejercer la oposición. Guerra ha

hecho todo lo posible para que no le den la lata, bien con la ventajosa táctica de integrarlo, bien

relegándolos sin piedad y sin miedo. Pero pocos dudan que en los próximos meses o años va a tener

menos tiempo para dedicarse a organizar y puede producirse la temida resurrección. El Gobierno, ya se

sabe, desgasta.

LA SOMBRA DE GUERRA ES ALARGADA

Y en el seno de la estructura socialista hay contenciosos sin resolver o resueltos sólo a medias. Uno de

ellos es e! caballo de batalla de la representativi-dad, de la remodelación de los cauces organizativos, hoy

anacrónicos y no demasiado escrupulosamente democráticos, que habían dejado en la cuneta a las

minorías. Esta ha sido la perpetua bandera esgrimida por la izquierda socialista. Pero, debajo de ella, laten

diferencias mucho más profundas. La Conferencia de Organización, prevista para octubre, ha quedado

aparcada en el trajín electoral. Alguien se encargará de sacar el tema y no demasiado tarde. El próximo

Congreso socialista se celebrará en el año 1984, con más de dos años en e! Poder, y allí podrá verse sí el

asentamiento es real o era un espejismo tranquilizador. Como no dejan de repetir las lenguas políticas de

doble filo —a muchas de las cuales no puede negárseles precisamente experiencia propia—, Felipe

González lo tiene solucionado, al menos por un par de años, mientras reparta los cargos. Si, además,

piensa recurrir —y aquí viene aquello tan repetido de «no tenemos un sentido patrimonia-lista del

Poder»— a personas sin carné para ocupar una buena parte de los altos puestos, ¡a cosa puede ponérsele

mucho más difícil.

Pronto comenzarán a vivaquear los descontentos y «agraviados» y se formará la tremolina. Cuando se

acaben los cargos, las prebendas y las canonjías saltaran las puyas y los incordios, y acaso las puñaladas

políticas, como predicen los maliciosos.

Y por si esto fuera poco, ahí están Ordóñez y sus muchachos y muchachas en flor. El ex ministro centrista

es, bien se sabe, hombre de volubles asentaderas políticas y casi nadie puede creerse que su asendereada

peripecia termine sin más ni más en el cobijo de la rosa socialista, sobre todo si ésta ofreciera señales de

que va a marchitarse. Ordóñez y su media docena de diputados, por muy bien colocados que queden,

pueden montarle a Guerra un rifirrafe en el grupo parlamentarlo el día menos pensado.

Pero, hoy por hoy, en el Partido Socialista el «eje Andalucia-Euskadi» que saliera del histórico Congreso

de Suresnes en el año 1974, continúa gozando de buena salud. Tanta como el activo político —producto

de calidad y «marketing» perfecto— acumulado por Felipe González en estos ocho años. Y tanta como la

densidad de la flaca y alargada sombra de Alfonso Guerra extendiéndose, omnipresente, por los entresijos

del partido—Martín BERNAL.

 

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