Autor: Trenas, Julio. 
   La Sangre y la Ceniza de Alfonso Sastre, por el colectivo el Búho, en la Sala Cadarso     
 
 Arriba.    08/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

"LA SANGRE Y LA CENIZA»

de Alfonso Sastre, por el colectivo El Buho, en la Sala Cadarso

Hace tres lustros, paralelamente a su obra «Oficio de tinieblas», comenzó Alfonso Sastre a escribir «La

sangre y la ceniza». En 1966 coucluyó esta última pieza, Al año siguiente, estrenaba la primera en el

teatro de la Comedia. El drama, inspirado por la persona y el panteísmo místico de Miguel Servet, sería

prohibido incluso para su publicación, quedando Inédito hasta su edición, en octubre de 1976, como

«suplemento» de la revista «Pipirijama».

Valoración: 8

Ei colectivo El Buho, cuyo «Noyseck», de Buchneh, dejó huella de magistral entendimiento escénico,

asumió la tarea de vertícaílzar el «Servet», de Alfonso Sastre. Acaba de traerlo a {a sala Cadarso después

de haberlo paseado por todo el territorio nacional, con permanencias continuadas en la Sala Villarroel, de

Barcelona, y el Valencia Cinema, de Valencia. Lo llevó asimismo a Festivales Internacionales de Teatro

en Méjico, El Salvador, Guatemala. Costa Rica, Colombia y Venezuela, representando a España. Quiere

decir que el rodaje con que la pieza de Sastre nos llega aparece óptimo. Ello justifica la perfección de la

representación: el desentrañamiento de las sugestiones apuntadas por el autor en su texto o desprendidas

del propio personaje.

El montaje se encuentra en ese momento de plenitud cuando la obra parece manumitida del autor o al

menos en el que éste gustosamente comparte la paternidad creadora con los intérpretes. La investigación

histórica y anímica realizada por Sastre discurre acompasada a la del grupo dramático. La figura de Servet

se agiganta con un protagonismo social, moral y religioso extraordinario. Voluntariamente, tal vez, se

relega ei científico. Sabemos que el médico y teólogo ilerdense es ei descubridor, de la circulación de la

sangre, pero lo que prima en el drama —lo qué le llevará a pasar de la sangre a la ceniza— son sus

proposiciones heréticas. Y aún más que ellas, el odio de otro hereje, Juan Calvino. À Servet se le quema

vivo, en Champel, cerca de Ginebra, el 27 de octubre de 1553. Fue atado a una columna clavada

fuertemente en el suelo, se le puso en la cabeza una corona de pámpanos untada de azufre y al todo un

ejemplar de su libro «Christisnísmi Restitutio".

La vicisitud humana, científica y teológica del sabio español conjuga los alicientes de la aventura con la

sensación de la. grandeza. Antonio Machado decía—y la cita es del propio Alfonso Sastre— que España

es «la tierra de los cuatro migúeles»: Cervantes, Servet, Molinos y Unamuno. El dominio de la técnica

dramática por parte del autor concentra, a te perfección, la movilidad viajera del personaje, otorgándole

en cada momento la quietud necesaria pana el estudio psicoideplógico. No olvidemos que esta

continuidad caminante produjo un libro clave en la bibliografía serventíana: «Miguel Servet en la

geografía del Renacimiento», de Eloy Bullón. interesa ahora enfrentarnos con e! tratamiento que Alfonso

Sastre le aplica en su drama. Yo veo en él la positiva sombra brechtiana, superada incluso. Es difícil no

recordar —la época, el problema, el ser ambos personajes víctimas del fanatismo— el "Galileo, Galilei",

de Bertold Brecht. No creo que nadie se escandalice si digo que el «Servet» de Sastre me parece superior

al «Galileo» del dramaturgo alemán. Ai menos al «Galileo» que yo vi representado.

El autor, en este caso, diluye ía cultura en la vida, flagela eternas lacras como son la opresión, eí

fanatismo, la tortura y levifica una pintura donde no se rehuye la lobreguez, pero que no se hunde en la

negritud, con rasgos logradísimos de humor, que compensan al espectador de oíros momentos en que se

remueve en su butaca ai considerar la injusticia evocada. La mayor dif¡cuitad y e] evidente logro radican

en ese permanente distandamiento-fusíón-acsrcamiento que Sastre obtiene mezclando planos de la acción

histórica con tipos emblemáticos de la persecución en el mundo actual. Su sabiduría de dramaturgo

obtiene efectos de prodigiosa naturalidad en estas mezclas. Oímos, sin asombrarnos —y aún el ardid nos

lo hace más inteligible—, el diálogo entre un agente policiaco de hoy y un perseguido del siglo XVI. El

buen gusto del autor universaliza cualquier alusión local, al establecer paralelismos entre la época

historiada y la actual. Su crítica apunta dianas certeras, pero, sobre todo, lo que confirma «La sangre y ía

ceniza» es la maduración de un escritor de pensamiento y un dramaturgo de excepcionales calidades.

Ya sé que decir esto de Alfonso Sastre no constituye novedad, pero el lapso de tiempo trascurrido desde

el último estreno del autor hasta ©I de «La sangre y la ceniza» autoriza a consignarlo. El Buho, con este

montaje colectivo, acredita ía singularidad de su presencia en !a zona más positiva y esperanzadora del

teatro español. Justo es criticar los nombres que intervienen en esta soberbia realidad escénica de la sala

Cadarso, a saber: Juan Margallo, Gerardo Vera, Abél Viton, Petri Martínez, Juan Antonio Díaz, Luis

Matilla, Santiago Ramos y Pedro Ojesto. Necesidades de representación obligaron a El Buho a acortar —

con la supervisión del autor— la obra y a suprimir el epílogo. Los aplausos y «bravos» sonaron

insistentemente al final, Entre ellos, saludó el autor. A la sala Cadarso ha llegado —y me alegra, porque

su esfuerzo en pro deí teatro merece toda clase de ayudas— una obra que despertará la atracción y la

poíémica,

Julio TRENAS

 

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