El golpe del Ateneo     
 
 ABC.    01/02/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 2. 

El golpe del Ateneo

LO grave, lo excepcionalmente grave del caso del Ateneo es lo que en él hay de precedente. Existe un

poder legítimamente constituido, elegido por el sufragio de la mayoría. Ese poder es físicamente arrollado

por unos grupos que se han autoinvestido, que se han autorizado a sí mismos para ocupar la dirección. Si

el procedimiento se extiende no habrá garantías de orden ni actividad normal en las empresas, ni

en las Universidades, ni en los Ayuntamientos, ni en los sindicatos. Las sociedades desarrolladas, sobre

todo las democracias industriales de Occidente, se fundan en el principio de autoridad, de donde surge,

precisamente, la garantía de la libertad. Hay una autoridad legítima que en este lado del mundo se apoya

en las mayorías, y esa autoridad es la que decide, la que administra y la que sanciona. Esta es una

experiencia que viene de muy atrás. Y el ministro de Cultura tendría obligación de saberlo. La gravedad

de lo sucedido en el Ateneo no radica en la agresión e intento de desposesión, por parte de un grupo de

activistas, de la Junta legítima, sino en el hecho insólito de que el Estado, en la persona del ministro de

Cultura, haya colaborado de forma inexplicable a la confusión. El actual ministro de Cultura, don Javier

Solana, se ha caracterizado dentro del Partido Socialista por su instinto político, por su realismo y, sobre

todo, por su sentido de la responsabilidad. Es sorprendente que, en este caso, cualquier error de

información le haya llevado a una explicación ininteligible. «Soy neutral en el asunto y me he limitado a

escuchar a las dos partes en conflicto», viene a decir el nuevo ministro (véase su carta al director de ABC,

publicada el 29 de enero último). Pero es que, casualmente, en este caso no existen dos partes enfrentadas,

ni puede el Estado ser imparcial. El Estado está obligado a ser parcial: no puede reconocer a dos partes,

porque una parte es el poder legítimo y la otra no es sino el aventurerismo y la violencia. Sería curioso

que en el asalto a un museo o a un Ministerio el juez buscará un acuerdo y dialogara con las partes. El

juez tiene que conocer los hechos y dictar sentencia, del mismo modo que el Estado, lejos de ofrecer la

misma mano a las víctimas y a los victimarios, está obligado a medir no ya sus actos, sino sus menores

gestos. Por eso nos limitamosa reiterar nuestro punto de vista: hoy, en momentos críticos, el gesto del

ministro de Cultura entra en el terreno de la equivocidad.

Este es el punto clave de la cuestión: él Ateneo madrileño no es una dependencia del Estado, sino una

institución privada. El origen de la autoridad está en los socios: la Junta directiva ha estado a punto de ser

barrida por la violencia física. Al lado de lo que este hecho supone, como antecedente, nos parecen

secundarios otros argumentos, desde la biografía, en muchos casos excepcional, de los directivos

agredidos, que el lector encontrará en estas páginas, hasta el perfil partidario de los inductores de la

agresión, que son desconocí dos en nuestra vida intelectual.

 

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