Autor: Trinidad, Mario. 
   ¿Dinero para la cultura?     
 
 Informaciones.    03/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

¿Dinero para la cultura?

Mario Trinidad

En los días pasados, diversos órganos de información se han ocupado de los presupuestos del Ministerio

de Cultura. Como ciudadanos de un país que tantos se han empeñado en barbarizas, debemos agradecer

esta fineza de los directores y periodistas que han considerado el tema no como un asunto para iniciados,

sino de interés suficiente como para compartir espacios y titulares con las angustias de la crisis económica

o de la clasificación de España para el Mundial de Argentina.

Pero existen otras razones para e] agradecimiento, derivadas de la forma en que se ha producido la puesta

en marcha del tai Ministerio heredando los singularísimos servicios y personal de la Secretaria General

del Movimiento.

Efectivamente, el Ministerio de Cultura se encuentra, por el hecho de esa herencia, ante un crudo dilema

que sólo el debate ante la opinión pública puede ayudar a resolver favorablemente: o dotar

presupuestariamente y con los necesarios medios de personal y equipo los servicios públicos clásicos de

tipo cultural que están a su cargo, o encariñándose con la famosa herencia recibida, ponerse a inventar

actividades que, con nuevos y púdicos slogans y títulos justifiquen el sueldo y aprovechen las

especialísimas capacidades de los 17.000 funcionarios (diecisiete mil) que ha recibido del Movimiento.

Por servicios públicos clásicos entendemos aquellos que corresponden a la tradición española y europea

de la Administración democrática: Archivos, bibliotecas, museos, servicios de conservación y puesta en

valor del Patrimonio histórico y artístico, teatros públicos, filmotecas, hemerotecas, orquestas y

agrupaciones musicales o de danza, etcétera.

El resto de las actividades que se han asignado al neonato Ministerio, . refugiadas en las direcciones

generales de la Juventud, del Desarrollo Comunitario y de Difusión Cultural, van a entrar en

funcionamiento, casualmente, sobre la base del material humano y las competencias políticas procedente

de la Sección Femenina, del Frente de Juventudes, de las Delegaciones de Asociaciones y Familia. Son

las mismas que en su día se englobaron bajo el rótulo del Bienestar Social, que fue retirado

apresuradamente del Frontis del edificio de Generalísimo 39, debido a sus resonancias gironistas y

lópezreguistas, gracias al estupor con que fue recibido, precisamente por los medios des, información.

La diferencia entre uno y otro tipo de servicios es abismal y afecta a la propia esencia de cada uno de

ellos. Los que hemos llamado clásicos son bienes culturales que se ofrecen al público,

indiscriminadamente, en los que el propio usuario (d visitante del museo, la biblioteca o el archivo, por

poner un ejemplo) es llamado a ejercer su libertad de elección de los contenidos culturales. En rigor, en

esos servicios es casi técnicamente imposible el dirigisme; y de ahí su penuria de dotaciones a lo largo de

los llamados "cuarenta años" y ¡ay! la que ahora les sigue amenazando. En cuanto a los nuevos, por el

contrario, se trata de servicios dirigistes "per se": no se orienta el desarrollo comunitario, ni la familia, ni

la juventud, sino desde unos supuestos ideológicos determinados y aún cuando uno pretenda llevar a cabo

esa dirección desde las propias asociaciones espontáneamente constituidas, ningún milagro puede lograr

que éstas dejen de aparecer igualmente teñidas con el pluralismo ideológico propio de la sociedad. Con lo

que la elección entre ellas no puede evitar el ser una toma de posición en el terreno de las ideas, de las

grandes concepciones de la vida. Y eso es exactamente el dirigisme ideológico que ha distinguido desde

siempre a los regímenes fascistas; puesto que un Estado democrático carece, por definición, de toda

filosofía que no sea el mero reconocimiento del pluralismo ideológico, y las tareas de defensa y difusión

de cualesquiera ideas en torno al desarrollo comunitario, a la juventud, a la participación cultural,

etcétera, son propias de los partidos políticos, asociaciones religiosas o confesionales de cualquier tipo;

pero no de la Administración pública.

Para advertir de los riesgos, muy reales, de que en el nuevo Ministerio la segunda de las áreas citadas

devore literalmente las posibilidades de desarrollo de la primera, baste citar:

1. Que esos diecisiete mil (17.000) funcionarios suponen aproximadamente en gastos de personal unos

ocho mil millones de pesetas anuales; es decir, casi la mitad de lo qué el ministro espera ´ conseguir,

según sus declaraciones, de los Presupuestos Generales del Estado para 1978.

2. Que tales funcionarios, de cuya enorme y unilateral politización no se puede dudar —-siempre con las

excepciones de rigor—, están distribuidos en una red organizada en base también a criterios políticos,

hasta la última provincia y hasta el último pueblo; to que constiuye una enorme tentación de cara a las

elecciones municipales y una explicación de las resistencias encontradas hasta ahora para la supresión de

tales servicios y para la iniciación de la necesaria tarea de reconversión profesional de su personal,

absolutamente precisa desde el momento que la Administración decidió conservarlos a su servicio.

Por si fueran pocos los temores que toda está situación provoca, hay que tener en cuenta, además, que la

acrisolada costumbre administrativa de elaborar los presupuestos de cada año a base de meros retoques de

los anteriores, hace de los que se elaboren este año para el Ministerio de Cultura una especie de marco

que obligadamente va a pesar en los de los próximos años. Así, los pecados que ahora se cometen van a

tener que purgarlos los españoles del futuro, aún cuando hayan desaparecido de la Administración los

facedores del entuerto.

¿Hace falta insistir en la gravedad de lo que nos estamos jugando y en los peligros que se esconden detrás

de esos filantrópicos epígrafes llamados Desarrollo Comunitario, Difusión Cultural, Familia, Juventud,

Condición Femenina, etcétera?

Así, pues, queridos parlamentarios, distinguido público y autoridades competentes, ¡atención a los

presupuestos del Ministerio de Cultura! La batalla por la desaparición del dirigismo cultural es preciso

comenzaría ahora y la más eficaz hazaña en esa dirección sería la de destruir presupuestariamente esas

singulares áreas administrativas que se le han adherido como un parásito a la noble criatura del nuevo

Ministerio, como un primer paso para su futura desaparición. En otro caso, podemos ir despidiéndonos de

3a posibilidad de eliminar algún dia nuestros tremendos déficit en el campo de los auténticos servicios

públicos del área cultural.

 

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