Defender y difundir la cultura     
 
 ABC.    07/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

DEFENDER Y DIFUNDIR LA CULTURA

Pocas tomas de posición del actual Gobierno han sido recibidas con tan unánime aplauso como las

recientes declaraciones de Pío Cabanillas sobre e1 nuevo estilo que proyecta imprimir al Ministerio de

Cultura y Bienestar. Que un viraje sustancial era necesario no parece que nadie lo dude: la cultura

española, aunque no sale de la oscura caverna de muerte que en algunas publicaciones de última hora se

pinta, si está saliendo de una etapa mediocre, encorsetada por demasiados carriles impuestos, sostenida

por no pocas muletas artificiales.

Durante muchos años se apoyó la mediocridad y la rutina repetidora y se pusieron todo tipo de trabas a lo

nuevo, a lo verdaderamente creador. Zonas inmensas de la cultura mundial ¡legaban de tapadillo a

nuestras librerías, y lo mejor del cine y el teatro contemporáneo venían mutilados a nuestras carteleras o

simplemente no llegaban.

Pero no es hora de mirar atrás. La tentación del fácil insulto al pasado podría ser una coartada más para

los «nuevos mediocres», ya que siempre criticar ha sido más hacedero que crear. Lo que importa es poner

decididamente la mano en el arado para construir la nueva cultura que enlace con las grandes

generaciones creadoras cuyo cincuentenario celebramos.

Y, evidentemente, el Ministerio de Cultura y Bienestar tiene una buena responsabilidad en esta tarea.

Cinco afirmaciones fundamentales traza el ministro Cabanillas en sus afirmaciones, tres como peligros a

evitar, dos como metas a conseguir.

Subrayemos una primera importantísima afirmación: «Crear, opinar, dudar, equivocarse, indagar, conocer

y debatir ya no son entendidos en cierto sentido como actos sospechosos, sino como obligaciones

primarias del español de hoy.» | Demasiado tiempo ha sido la inteligencia objeto de desconfianza para

nuestros dirigentes políticos! El creador es siempre, por naturaleza, un ser molesto para los defensores del

orden, entendido como pura repetición del pasado. En un tiempo de dogmas es fácil comprender que el

indagador, el que pone en duda el ayer, fuera visto como un subversivo. Pero evidentemente no se crea

sin búsqueda, no se inventa sin debate, no se halla sin dudas y equivocaciones. Proclamar este primario

derecho a la búsqueda, a la novedad, al debate es una condición previa para el nacimiento de toda cultura.

La segunda afirmación de Pío Cabanillas marca los límites que un Gobierno no puede traspasar : «El

Estado no débe pretender Crear cultura nî señâlar una orientación cultural.» La norma primera de toda

cultura es que no hay una sola cultura. Nada hay más esterilizante que una cultura impuesta por decreto,

un estilo obligado, un canal presentado como el único ortodoxo. No hay ortodoxias en el arte, que ha de

ser, por su propia naturaleza, heterodoxo, personal, siempre recién nacido. La lección española —

favoreciendo con premios un determinado estilo pastiche— y la rusa —imponiendo un barato realismo

pictórico y musical— son dos ejemplos dramáticos en nuestro siglo de cómo una intromisión estatal —

más gemela de lo que ambos estados pensaban— terminó por tronchar dos florecientes tradiciones

culturales.

El tercer gran riesgo que el ministro Cabanillas intenta evitar es la reducción de la función estatal a la de

un simple censor. Es evidente que el Estado tiene entre sus tareas Ja de defender al público de posibles

excesos, pero quien se obsesiona con el freno termina por "ser devorado por él. Un Ministerio que no

tiene más arma que la tijera, que parece tener por oficio el de bombero, termina

por convertirse en un simple enemigo de la cultura.

Dos tareas señala, en cambio, como propias el nuevo ministro de Cultura; defenderla y difundirla.

Defenderla entendiendo bien que la primera defensa es la de la libertad de crear, el derecho a inventar.

Ambos implican riesgo, pero ambos son, antes que nada, auténticos derechos que deben ser protegidos.

La imaginación de sus gentes es una de las primeras riquezas del país que no puede ser cómodamente

expropiada por nadie.

Defenderla también una vez creada. España cuenta con una riqueza artística que puede cotizarse entre las

tras altas del mundo. Pero también entre las más amenazadas. La codicia de algunos, el abandono de

otros, la falta de ayuda de Jos particulares y del Estado, han hecho emigrar de nuestras fronteras no pocos

tesoros, ha dispersado muchas obras de arte público entregadas hoy al disfrute privado de particulares.

Sólo una acción enérgica detendrá esta sangría. Y el Ministerio de Cultura tiene ahí una de sus tareas

fundamentales.

Y también difundirla. España ha tenido demasiado tiempo la mentalidad del viejo tendero que sigue

creyendo que el buen paño en el arca se vende. Desgraciadamente no vivimos en tiempos en los que los

bienes culturales sean buscados hambrientamente por las gentes. Ni el libro, ni el teatro, ni la pintura —y

esto tanto más cuanto más creadores sean— son fáciles negocios, especialmente en sus inicios. Y la

historia está llena de Mozarts asesinados por la incomprensión de sus contemporáneos. Cabe por ello, sí,

al Estado el apoyo y la difusión de la creación artística, sin privilegios de ideologías, «con una seria y

creciente preocupación por el arte actual».

El señor Cabanillas toma en sus manos una tarea de gigante, una empresa de difícil valoración inmediata,

pero de decisiva trascendencia en la historia. No le será fácil a España ser una primera potencia industrial,

pero, ¿por qué no podría serlo en la cultura? No sería la primera vez en nuestra historia.

 

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