El discurso de investidura     
 
 ABC.    31/03/1979.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

ABC. SÁBADO, 31 DE MARZO DE 1979. PAG. 2.

EL DISCURSO DE INVESTIDURA

El Congreso de los Diputados, tal y como estaba previsto, otorgó ayer su confianza, materializada en la

votación de Investidura, al candidato a la presidencia del Gobierno, don Adolfo Suárez. Tenemos ya —lo

tiene España— el primer presidente constitucional, a falta del trámite legal de su publicación en el diario

oficial. Y Constituyen materia de anécdota o de historia menor las circunstancias, que acaso a algún

observador puedan haber sorprendido, en que se desarrolló la investidura y la actitud de la oposición,

manifestando de forma más o menos ostensible y más o menos ordenada su disgusto o su decepción.

Es éste, el de la manifestación de la repulsa, un tradicional derecho de los perdedores, algo más que un

recurso de desahogo, que hubiera podido canalizarse, ya que no evitarse, accediendo al deseo, expuesto

.reiteradamente por los grupos socialista y comunista, y luego en solidaridad también por otros grupos, de

que hubiese debate previo a la votación de investidura. Otra fue la voluntad de la presidencia del

Congreso, respondiendo a la de Unión de Centro Democrático, como partido ganador de las recientes

elecciones. Voluntad que, no cabe olvidarlo, pudo ser ejercida desde el apoyo popular de los votos

obtenidos el 1 de marzo.

Más parlamentario hubiese sido, indudablemente, el debate. Y tan ingenuo sería preguntarse cuál hubiera

sido la reacción del grupo socialista, de haberse alterado el tiempo de la oración, ante una petición

semejante por parte de sus contrarios políticos, como imaginar que el resultado de la votación de

investidura podía cambiar ante algún alarde oratorio algún planteamiento realmente sorprendente que

encerrase, en su mera formulación, las soluciones a los problemas del país.

Pero no caben demasiadas sorpresas en estos terrenos donde deben dominar las realidades. Ni cabe el

escándalo porque la oposición actúe con estridencia como tal. Lo que siguen contando son las cifras,

motivadas por los representantes del pueblo español con sus votos, que indican, para el presente de hoy

mismo y para los próximos cuatro años, la existencia de una mayoría suficiente que debe permitir al

Gobierno encarar, sin agobios excesivos, los varios obstáculos que han de superarse en la etapa de

profunda transformación de la sociedad española que abordamos ahora.

Desde esa confianza, seguro de sí y de sus apoyos, pronunció su discurso el señor Suárez, Discurso

abierto a las líneas básicas de su partido, coherente con las directrices marcadas por el Congreso de UCD

y con el condicionamiento —y la fuerza, moral y material— impuesto por su propio programa electoral,

elegido como modelo válido por los más de entre los votantes del país. Discurso acaso demasiado general

en cuestiones básicas, realista en cuanto se subrayaba en él la necesidad de que todas las fuerzas políticas

contribuyan al planteamiento y resolución de los grandes problemas nacionales desde su respectiva órbita

Ideológica y desde su propia responsabilidad.

De ahí que encontremos lógico el papel desempeñado por la oposición, clarificando posiciones y

actitudes, superada ya la etapa del consenso que llevó a la redacción y a la asunción del texto

constitucional.

Sobre política exterior —con la obligada salvedad del tema de la OTAN—, sobre defensa o seguridad

ciudadana, las palabras e Intenciones del señor Suárez no fueron, por repetidas, menos aceptables por

todos. A todos interesa garantizar nuestra seguridad e independencia, reivindicar Gibraltar y asegurar el

suministro de materias primas y productos energéticos. Como todos han de estar de acuerdo en que se

asegure la tranquilidad de nuestros pueblos y ciudades, de nuestros domicilios y nuestras familias.

Donde el programa bosquejado por el señor Suárez puede y debe encontrar opiniones contrarias es en los

procedimientos que su próximo Gobierno utilice para reducir la Inflación, revitalizar el ahorro, reducir el

paro y fomentar la inversión. Como los encontrará cuando remita a la Cámara el proyecto de libertad

religiosa, el estatuto de Radiotelevisión, la regulación del ejercicio del derecho de huelga y el estatuto de

los trabajadores. Y cuando todos los representantes del pueblo español aborden, desde sus respectivas

competencias, los temas prácticos de la estructura territorial del Estado: las autonomías y los distintos

ritmos de acceso a las mismas.

El proceso iniciado, tras el referéndum constitucional, se ha cumplido. Tenemos —vale la pena

subrayarlo— un presidente, respaldado y limitado a la vez por la Constitución. Han terminado ya,

prácticamente, todos los plazos y todos requisitos, impuestos tanto por la legalidad como por la

prudencia. Ahora el señor Suárez debe formar Gobierno y, sin transición, ponerse a gobernar. El país no

sólo le ha mostrado su apoyo, sino, además, su paciencia y su capacidad de resistencia. Sería enojoso

incluir en estas líneas, que quieren ser, ante todo, de enhorabuena y felicitación, la larga lista de

problemas que aguardan desde hace tiempo una solución repetidamente aplazada por las circunstancias

del proceso político. Pero los problemas permanecen. Ahora hay que gobernar.

 

< Volver