Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   La investidura del pataleo     
 
 ABC.    31/03/1979.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

SÁBADO. 31 DE MARZO DE 1979. PAG. 7.

ESCENAS PARLAMENTARIAS

La investidura del pataleo

PUES, hombre, de momento, mire usted, me parece que no. Yo, la verdad, no creo que vayan a tener que

poner rejas metálicas delante de los escaños, como en los campos de fútbol. Y no poique la hinchada esta

ande blandorra y conformista, no, sino porque aquí, en el hemiciclo, se conoce de antemano el resultado

del partido, y eso quita mucho hierro a la «osa de la pasión y hace que se comprima un poco el personal

antes de invadir el césped, o sea. la alfombra. En el primer partido, es decir, en el partido de la

Investidura, pues ya lo saben ustedes: Gobierno, 183. Oposición, 149. Lo que estaba mandado. Resultado

de cátedra. Esa misma votación se va a producir muchas veces durante cuatro años, y por mucho que la

oposición arrecie en la rabieta y el berrinche, va a dar igual. No merece la pena de que demos al mundo el

espectáculo de una democracia parlamentaria en la que los oradores tengan que salir del foso, como si los

leones, en vez de estar en la puerta y ser de bronce, estuviesen dentro esperando el cristiano de turno. En

este caso sería el demócrata-cristiano, o sea, don Landelino. Habrá que aprender, señores de la minoría,

que en la democracia gana la mayoría. Y que ganan los votos, y no los improperios. Y además, quien más

fuerte insulta, antes se descalifica, y luego sólo votan los energúmenos, que suelen ser menos que las

personas normales, Y a perder otra vez. Así que ya se sabe lo mejor, paciencia y barajar.

Lo que sucede es que en Celtiberia cuesta trabajo renunciar al sagrado derecho al pataleo, que es un

derecho celtíbero de por sí, duro y perenne como los toros de Guisando, y que a ver quién es el guapo que

nos lo quita, aunque no venga declarado expresamente en la Constitución. La cosa se veía venir. Don

Felipe González que le moja la oreja a don Adolfo Suárez y te dice que salga a la televisión, que allí lo

espera par» sacudirle la badana. Y don Adolfo Suárez que nones. Don Felipe González que dice que se va

a trasladar a la Moncloa, y que va a encalar el palacio, y que le vayan llevando ya los muebles., y que va a

gobernar solo, ¡ele!, porque va a barrer. Y don Adolfo, que se pone serio y juega a que va a perder. Y la

gente que sale a votarle. Y don Felipe se lleva el soponcio, y no le envía a don Adolfo aunque sea Un

telegrama de felicitación, que se ve que ha, cogido la perra, y ya dijo aquel profesor italiano que se llamó

Benedetto Croce que eso de la democracia, sólo se aprende cuando se ejercita uno en ella, y aquí estamos

todavía empezando. Y encima don Adolfo se asegura la investidura con los votos de la derecha, que

tienen que dolerle a la oposición, y con los votos de los socialistas andaluces, que ahí sí que le duele a don

Felipe, porque eso es darle en «1 chichón más castigado de la crisma, y nombrarle la bicha, a él, que es de

Sevilla, igual que Alfonso Guerra, y recordarle que en casa del herrero, cuchillo de palo. Y, por si todo

fuera poco, pues le ponen a don Landelino en la presidencia de las Cortes, y le quitan a don Fernando

Alvares de Miranda, que las alas le llegaban ya a las tribunas del público, por encima de los escaños, y

que don Gregorio Peces-Barba ya le había tomado la medida de la benevolencia, y este don Landelino,

con su carita de sanluís y su aspecto de pitiminí, dice que no y es que no, caigan rayos o caigan centellas.

Y, por añadidura, te ponen el Pleno de la investidura el día 30, vísperas de las municipales, para que la

gente vote sabiendo bien que quien está en el Gobierno es don Adolfo Suárez, y que a ver qué va a hacer

un Ayuntamiento socialista con un Gobierno como éste.

Y, además, no hay debate. Y eso que don Felipe había dicho que iban a saltar chispas. Pues que salten. Y

eso que don Javier Solana había dicho que los socialistas se iban a salir del salón de sesiones. Pues que se

salgan. Mejor, así nos quedamos en familia. La verdad es que eso del debate no estaba mandado en

ningún sitio, ni en la Constitución ni en el Reglamento del Congreso, que se le debió escapar el tema a

don Gregorio Peces-Barba y ahora ya no tiene remedio. O sea, que don Landelino tenía que llenar la

laguna. Y don Landelino la ha llenado a su manera. Pero ¿es que no se sabe que don Landelino es de

UCD? También es verdad que de un grano se ha hecho una montaña. Porque un programa de Gobierno,

con la mayoría absoluta ya pactada en favor del candidato a presidente, no sé va a modificar por lo que

diga la oposición, que ya se sabe que se va a oponer. El debate estaba destinado a ser una conversación

entre sordos. Y sobre todo, si no es obligado constitucionalmente, no hay debate. La mayoría es la

mayoría. Y además, cada uno de los representantes de los grupos políticos tendría ocasión de exponer sus

criterios sobre el programa del presidente Suárez. Pero después. Si las elecciones municipales no

estuviesen ahí, a la vuelta del calendario, el asunto no habría pasado de una nimia cuestión de orden. Una

tormenta en un vaso de agua.

Pero se han desatado las irás. A don Landelino le llamaban «dictador», que yo, por más que le miraba, no

le sacaba el parecido con la cabeza romanóla de D. Benito, ni con la frente al flequillo de don Adolfo, ni

con los fieros bigotes de don José Don Luis Gómez Llórente y los secretarios socialistas abandonaban la

Mesa presidencial. Los escaños de la izquierda ardían de pateos, de abucheos, de insultos. Don Santiago

Carrillo declaraba que el señor presidente se había «ciscado» en la Cámara. La oposición ha ofrecido un

adelanto de lo que puede ser esta legislatura si no nos curamos pronto de la tentación de volver a insistir

en sesiones a la italiana.

Poco respeto hacia la minoría ha mostrado la reciente mayoría parlamentaria al no someter a votación la

propuesta sobre la celebración de debate de don Felipe González. Poco respeto a sí misma, a la dignidad

del Congreso y a la esperanza del pueblo español en una democracia eficaz y fecunda, ha mostrado la

oposición al abandonar ios modales democráticas y dejarse deslizar hacia los peores hábitos de la

polémica política. Unos no han aprendido a ganar. Los otros no han aprendido a perder. Señores de la

oposición: ya han logrado que este primer Gobierno constitucional pase a la historia en una sesión que se

llamará «la investidura del pataleo». Y ahora, ¿qué? ¿Son esos los modos que van a predicar al pueblo

español para su convivencia democrática? ¿Es así como vamos a consolidar nuestra democracia?

Esperemos que no. Esperemos que no haya que poner rejas metálicas en el templo de las leyes.—Jaime

CAMPMANY.

 

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