La banalidad, al Poder     
 
 El País.    31/03/1979.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

EL PAIS. sábado 31 de marzo de 1979

La banalidad, al Poder

HAY DOS razones por las que el comentario al discurso del presidente Suárez puede y debe aplazarse

más allá del día siguiente al que fue pronunciado. En primer lugar, porque si UCD no ha tenido la cortesía

de someterlo a debate parlamentario antes de la votación de investidura, parece necesario subrogarse en

ese deber de educación cívica y aguardar la transcripción escrita de las intervenciones de los líderes

parlamentarios a quienes el señor Lavilla ha permitido, generosamente, explicar las razones de su voto.

En segundo lugar, porque el señor Suárez. que ha dado asilo en su intervención a los más aburridos

tópicos de la retórica política de todas las épocas y latitudes, ha pronunciado un discurso situado en una

imprecisa región del tiempo y del espacio que puede ser objeto de analisis, sin temor a perder actualidad,

lo mismo mañana que dentro de un semestre. O hace unos pocos años.

Si el nuevo presídeme hubiera hecho un discurso político, utilizado cifras, precisado el contenido de los

proyectos de leyes, concretado su programa, explicado en definitiva qué piensa hacer con este país, si es

que lo sabe.

merecería la pena glosar, de forma urgente, sus palabras. Pero en el nivel de generalidad del que ha hecho

gala, tal esfuerzo sólo estaría justificado si, en vez de recitar uny salmodia de evidentes y elogiables

obviedades, hubiera sorprendido si auditorio con proclamaciones abstractas en favor de la inflación

galopante, el ahondamienlode las injusticias, el despilfarro, el estancamiento económico, la delincuencia

común, la hipoteca de nuestra soberanía nacional y la guerra de expansión. Dado que, afortunadamente, el

señor Suárez no ha hecho sino suscribir lo que cualquier hombre de buena voluntad de cualquier nación y

de cualquier época también firmaría, baste, por el momento, con recompensarle con nuestro aplauso y

Con felicitarnos de que no sea un malvado.

Mayor interés ofrece el desarrollo de una sesión preparada para la apoteosis del señor Suárez, pero que

tuvo los más modestos y alborotados perfiles de una comedia de costumbres. La votación de la

investidura no ofreció más que la relativa sorpresa del pago en sufragios, por los favores recibidos o por

recibir, del señor Rojas Marcos y sus compañeros del Partido Socialista Andaluz. Postura dejada todavía

más al descubierto, si cabe, por la abstención de los nacionalistas catalanes y el voto en contra de los

nacionalistas vascos.

Los votos de Coalición Democrática eran un fijo en la quiniela después de que al día siguiente de su

descalabro electoral hicieran pública su inquebrantable adhesión al señor Suárez. No obstante, su

portavoz, el señor Fraga, con verdadera dignidad parlamentaria, luchó también como el mejor para que se

celebrara ese debate, que los temores y arrogancias gubernamentales hicieron imposible, con la

complicidad del presidente del Congreso.

La terca resistencia del jefe de Gobierno y de su equipo a someterse, antes de la investidura, a un debate

abierto sobre su programa, con réplicas y contrarréplicas, constituye asi el lema más sobresaliente y digno

de comentario de la sesión. Los vientos de intolerancia, cobardía y capricho sembrados por UCD

cosecharon la tempestad de malas palabras, airados comportamientos y ruidosas protestas de una

oposición parlamentaria que, justificadamente, no se resignaba a actuar de comparsa y exigía. antes de

que se procediera a la votación, un debate político. La responsabilidad última de que el Congreso se

convirtiera, ayer, en una olla de grillos incumbe por completo al partido del Gobierno, que ha operado

con un desprecio hacia las instituciones parlamentarias sólo capaz de ser correspondido con el desprecio

de la opinión pública a tal falta de dignidad política. El recurso al pataleo era el último recurso humano y

noble que la Oposición tenia ante tanto desatino.

Párrafo aparte merece la actuación del señor Lavilla. Sabíamos ya de su pertenencia a UCD, en general, y

a la Democracia Cristiana, en particular. Pero la militanciaen un partido del presidente del Congreso,

aunque condiciona su independencia, no debe convenirle en un monaguillo de su jefe. Si bien el señor

Lavilla no puede hacer abstracción de su ideología, su fidelidad al señor Suárez debería al menos

compartirla con los deberes de integración y concordia que le imponen e! alto cargo que ocupa en el

Congreso. El presidente saliente, señor Alvarez de Miranda, movió en ocasiones a la risa por sus lapsus

linguae y sus equivocaciones, pero se comportó como un demócrata honesto. La prosopopéyica seriedad

del señor Lavilla da motivos, en cambio, para una hilaridad menos superficial y para sarcasmos mucho

más hirientes. El señor Lavilla puso ayer toda su erudición jurídica al servicio de la arbitrariedad. Suárez

habló en su discurso de la necesidad de que todas las fuerzas políticas contribuyan al planteamiento y

resolución de los grandes problemas nacionales y expuso el firme criterio de UCD de no pretender en

modo alguno un papel exclusivo en el desarrollo de las leyes orgánicas que han de completar el texto de

la Constitución. El comportamiento sectario del señor Lavilla en la sesión de la investidura es la más

evidente de las demostraciones de que lo que Suárez prometía no lo va a cumplir, si no se rectifica el

rumbo. Y nada indica por el momento que piense hacerlo.

 

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