El fruto de la abstención     
 
 ABC.    05/04/1979.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ABC. JUEVES, 5 DE ABRIL DE 1979. PAG. 2,

EL FRUTO DE LA ABSTENCIÓN

El silencio de algo más de un tercio del electorado español ha venido, por segunda vez en poco más de un

mes, a deformar la imagen política de España. No lo bastante, sin embargo, para privarnos de diseñar una

elemental cartografía socio-política de este país que, con pasos inseguros, sale difícilmente de los últimos

decenios de su pasado.

Del resultado electoral del martes, lo que aparece claro es que en las regiones periféricas, las más

avanzadas industrialmente, las más favorecidas en el reparto de la renta nacional, los grupos de izquierda

han obtenido victorias sustanciales y que en las zonas deprimidas, menos desarrolladas del interior, la

victoria electoral ha sonreído a las candidaturas de UCD. Madrid, capital del Estado, repite ese esquema:

cinturón periférico con clara mayoría izquierdista, zona central con mayoría de UCD y un resultado

global rotundo para decidir la formación del Ayuntamiento matritense y el destino de la poltrona

presidencial: veinticinco concejales UCD, otros veinticinco PSOE y nueve PCE. Las minorías de ORT-

PTE y Falangista han sido barridas.

Si dijéramos que de haber acudido a las urnas ese medio millón aproximado de madrileños que

prefirieron quedarse en casa el alcalde; de la nueva Corporación sería José Luis Alvarez, podría acu-

sársenos de una extraña forma de triunfalismo o partidismo. Pero parece evidente que la mayor parte de la

grave abstención electoral—un 34 por 100— se compone de gentes clasifícables como de derecha.

Socialistas y comunistas votan siempre con ejemplar disciplina. Uno de los valores positivos de ese sector

es la energía y la Claridad de su conciencia política: Saben perfectamente lo que es el voto, cuáles sus

efectos, y cuando son llamados a votan votan.

Parte distinta, con muy clara diferencia, con mayor diferencia del consabido puntó y aparte, es analizar si

este resultado electoral significa una rectificación «hacia la izquierda» —desde las elecciones legislativas

del 1 de marzo— de la opinión del país. También en este punto creemos, más congruente rechazar las

impresiones primeras, tan dominadas siempre por el sobresalto de los sentimientos. Ante todo, las áreas

de la política gubernamental y legislativa no son las mismas que las correspondientes a !a .política

municipal. Son más amplias y decisorias las primeras, son más reducidas y neutras las segundas. Y

aunque en ocasión memorable —la caída de la Monarquía en 1931— fuesen baza política decisiva los

resultados dé unas elecciones municipales, a la vuelta de medio siglo —cuarenta y ocho aftoá después—

las elecciones municipales no tienen una carga ni un significado políticos equivalentes^ comparables.

Nada es ya lo mismo. Ni lógicamente debe serlo.

Vamos, en definitiva, a proseguir la andadura democrática —¡pues que en ella estamos y empieza a ser

enojosa tanta y repetida apelación a comienzos o primeros pasos!— en situación vivida por otras

democracias y que nada tiene de insólita. Tenemos un Parlamento no dominado por las izquierdas, vamos

a tener un Gobierno que se define de centro —y que roto el consenso, ño se inclinará a la izquierda— y

tendremos, desde ahora, más peso de las izquierdas en los municipios. Bueno; no es! situación in-

sostenible, ni situación límite tampoco. Aparte la variante —cabe suponer que moderadora de tensiones—

que van a suponer tas autonomías. Porque en el Inmediato futuro no irán á chocar contra el Poder central

directamente las políticas de los Ayuntamientos.

En el caso concreto de Madrid —y por admisible extensión de otras grandes capitales— la experiencia de

mando o poder municipal, en manos dé partidos de Izquierdas, presenta particular interés. Bien puede ser

—¿por qué rio?— ocasión de gran lucimiento. Pero también puede resultar, dada la esencial dificultad de

los problemas municipales, ocasión adoctrinadora sobre la diferencia qué media entre predicar y dar trigo.

Puede ser pintiparada ocasión para desencanto de ilusos y vacuna contra la demagogia.

INTOLERABLE

Una precisión y una queja. Las tres re-dactoras de ABC agredidas e insultadas por miembros de la Policía

Nacional, en la madrugada electoral del miércoles, no formaban parte ni anímicamente ni físicamente

tampoco de ninguno de los grupos de m a n i f estantes dispersados por la Fuerza Pública- en la plaza

Mayor y en sus aledaños. Terminaban de salir del Ayuntamiento, donde cumplían su misión Informativa.

No estaban, por tanto, In-cursas en ninguna circunstancia confusa, de esas que explican y justifican los

accidentes padecidos muchas veces por los periodistas, cuando se ven involucrados por exigencia de su

tarea en manifestación de la que no forman parte, como componentes de ella. Si en tesituras así se recibe

un golpe a nadie cabe culpar. Riesgos son, una servidumbre más, del oficio de informar y de hacer

periódicos.

Pero la intemperie de la profesión periodística no puede asumir como razonables sucesos como el

padecido por tres mujeres, redactores de esta Casa, maltratadas de palabra y obra por la Fuerza Pública,

en términos intolerables para cualquier persona y, -como decimos y precisamos, en circunstancias que no

admiten un solo paliativo para los culpables de tan indigna actuación. ¿Quién fue el responsable, nos

preguntamos, de que los componentes de dos autobuses de la Policía Nacional descendieran en despliegue

de asalto, sobre una calle entonces casi desierta, y se abalanzaran blandiendo al unísono insultos y porras

sobre tres mujeres, a las. que no les valieron ni la exhibición de sus credenciales ni la repetida protesta de

su condición de periodistas?

Quiénes como nosotros siempre heñios defendido y seguiremos defendiendo á la Policía Nacional y a las

Fuerzas todas de Orden Público, estamos sobrados de legitimidad y razón para denunciar en los términos-

más enérgicos esa agresión perpetrada contra tres periodistas dé esta Casa que cumplían su misión

profesional, mujeres las tres y una de ellas madre de familia.

Permítasenos, por último, decir que nada se compadece más con la falta de autoridad que ese intolerable y

alevoso ejercicio de la fuerza.

 

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