Autor: Aranzadi, Juan. 
   Bloch esperando a Godot     
 
 Pueblo.    10/08/1977.  Página: 23. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

BLOCH ESPERANDO A GODOT

«¿Qué puedo conocer"? ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo esperar?» De estas tres cuestiones legadas por

Kant a la posteridad (réductibles, en su opinión, a la pregunta: «¿Qué su nombre?»}, será la tercera la que

Bloch privilegie a lo largo de su obra.

Antes de Kant, la segunda era tributaria de la primera. A moral bailaba su fundamento en la metafísica.

Con Kant, la razón pura ve limitadas sus pretensiones de conocimiento al mundo de lo fenoménico,

quedando, por ende, la razón práctica emancipada y autónoma, capaz de sostener los cimientos de una

ética y de justificar deductivamente las dejas esperanzas (Dios, la libertad, la inmortalidad del alma), que

la metafísica expresaba sin conseguir justificar.

El primado de la razón práctica será ya una constante en la historia de la filosofía posterior, si bien la

gigantesca sombra de Hegel proyectará trascendentes alteraciones en el modo de pensarla y vivirla.

Renaciendo el puente que transita del «es» al «debe» restituyendo el contenido concreto a la ética,

sometida por Kant a un vaciado formalista, Hegel traslada el centro de la moralidad del individuo al

Estado, cumplimiento y encarnación última de la Idea Absoluta. La libertad va a ser entendida como

conciencia y aceptación de la necesidad, concepción que permanecerá in-cambiada en la predominante

competente determinista del marxismo.

HETERODOXIA

Contra ese determinismo marxista que cree en la inevitabilidad del triunfo de la revolución y nos invita,

entre ilusionado y resignado, a dejarnos encauzar por la irrefutable corriente de la historia, alzó Bloch su

voz, permitiendo que un poco de aire fresco penetrará en los enmohecidos cerebros de los militantes

oprimidos por el Diamat.

Para todos cuantos llegamos en tiempos a confundir la lucha revolucionaria con la sumisa aceptación del

dogma leninista y la mecánica repetición de consignas caducas, el nombre de Bloch —como el de

Lukacs, Adorno, Mareuse y algunos otros— está ligado al redescubrimiento de la libertad y el

pensamiento, al despertar de una pesadilla inquisitorial. El nos aseguraba que se podía ser marxista y

revolucionario sin renunciar —antes bien, potenciándolo y basándose en él— a ese fondo íntimo de

impulso místico y esperanza utópica que los «puros» nos habían enseñado a llamar irracionalismo y

subjetivismo, «taras pequeño-burguesas" contra las que era necesario luchar.

Hereje de un marxismo mezquino y opresivo que terminó por impedirle el peligroso ejercicio del

pensamiento (en 1961 fue destituido de su cátedra de Leipzig por «revisionista» ), Bloch buscó un lugar

propio en la. trayectoria que va de Kant a Marx, pasando por Fíchte y Hegel.

Como éste, Bloch acepta que «todo lo real es racional», pero hace hincapié en la primera cláusula de la

fórmula hegeliána: «todo lo racional es real», interpretándola como promesa e imperativo dé realización

práctica de los proyectos emancipadores de la razón humana.

Como Kant, cree que el objetivo prioritario de la razón no es un conocimiento puro, hipotéticamente

desinteresado, sino la solución de los urgentes problemas del obrar humano; pero Bloch no desconecta la

Razón Práctica de la Razón Pura, sino que concibe a ésta --bajo forma de materialismo dialéctico— como

instrumento científico para la realización efectiva de las aspiraciones de aquélla, y à ambas las entiende

vivificadas por un principio, la ESPERANZA, que convierte la razón en «conciencia anticipadora», y

hace del hombre un animal que sueña ai conocer y al actuar, y cuyo presente se halla esencialmente

definido por su «aspiración de futuro». «La razón no podría prosperar sin esperanza, ni la esperanza

expresarse sin razón».

postula Bloch, como base de una filosofía que encuentra en la «función utópica» la privilegiada clave

para entender todas las creaciones de la humanidad y los más íntimos estados del hombre.

Su obra capital, «El principio esperanza» (1954-1959), constituye una completa fenomenología de esa

forma de encarnación del futuro en el presente que es para Bloch la esperanza: en «pequeños sueños

diurnos» levanta acta de los acontecimientos de la vida cotidiana a los que ésta subyace; en «la conciencia

anticipadora» analiza la multitud de formas que reviste en la razón humana su tensión hacia lo aún-no-

conocido y lo aún no llegado a ser; «ilusiones en el espejo» hace desfilar las esperanzas fabricadas por la

actividad humana en los más insospechados campos (modas, amor, etcétera); «bocetos de un mundo

mejor» pasa revista a las utopías de todo tipo fabricadas por la imaginación humana, con especial

atención a las utopías sociales, desde Platón a Marx; en la parte final de su obra, «Identidad. Ideales del

instante colmado», Bloch hace desfilar diferentes arquetipos del espíritu utópico, tanto individuales

(Fausto, Don Juan, Hamlet, Don Quijote, etcétera) como colectivos (la música, la religión, la naturaleza).

Tan ricas y sugerentes ideas no podían por menos de provocar la desconfianza y condena del marxismo

oficial, que, amnésico sobre sus orígenes, ha sido incapaz de reconocer en el hereje su fidelidad a lo

esencial de la doctrina.

ORTODOXIA

Pues lo cierto es que la raíz de la heterodoxia de Bloch es la lúcida delimitación de la línea histórica de

pensamiento en que la ortodoxia marxista se inserta. El mérito principal de su obra, quizá, sea haber

resituado la utopía comunista en el suelo nutricio en que nació: el mesianismo judeo-cristiano.

No tiene nada de casual que Bloch haya estudiado concienzuda y tempranamente el primer movimiento

comunista de cierta importancia que aparece en Europa: la guerra de los campesinos alemanes del siglo

XVI («Thomas Münzer, teólogo de la revolución», 1922). Aquel movimiento, del que Engels dijo que

«muchas sectas comunistas modernas en vísperas de la revolución de febrero de 1848 no disponían de un

arsenal teórico tan rico como los de Münzer en el siglo XVI», no hacía otra cosa que recoger y

profundizar la tradición milenarista cristiana que había mantenido viva la fe en la segunda venida del

Mesías para implantar el rino de Dios en la Tierra. Para Engels, con Münzer se produce una «anticipación

genial de las condiciones de emancipación del elemento proletario», pues «para él el reino dé Dios no

significaba, otra cosa que una sociedad sin diferencias de clase, sin propiedad privada y sin poder social

independiente y ajeno frente a los miembros de la sociedad». Básicamente similares eran las ideas de un

obrero sastre, que fue el principal ideólogo de la Liga de los Justos —la futura Liga Comunista— hasta la

entrada en ella de Marx y Engels: W. Weitling,

Si nos atenemos a lo esencial, no es ninguna exageración ver en el marxismo el último heredero de la

soteriología judeocristiana. No cambia demasiado el añadido de unas gotitas de dialéctica, la profesión de

fe materialista o la rimbombante autoproclamación de científico. Al fin y al cabo, la diferencia entre la

metafísica religiosa y la científica es sólo de matiz, y es dudoso que un materialista pueda llamarse ateo

cuando, por ejemplo, la definición que da Lenin de Materia es perfectamente aplicable al Dios de Spinoza

o a la Idea Absoluta de Hegel.

Bloch enraiza sólidamente al marxismo en el «pecado de optimismo» del que nace; su esperanza y su

utopía se nutren de una peligrosa ilusión: la que espera la salvación en el tiempo, la que confía en el

«happy end» de la Historia. Aunque Bloch aspira al «instante colmado», a un eterno presente sin tiempo,

y concibe en tales términos la utopía, sitúa, sin embargo, su esperanza en el futuro y acepta el sacrificio

necesario de un presente que se aleja de este modo eternamente de su utópica imagen. Creyente en el

Progreso, versión secularizada de una Redención dosificada, Bloch no puede escapar a las aportas en que

encierra pensar la salvación en el tiempo, en un tiempo ya irremediablemente lineal.

Contra toda evidencia, Bloch se empecinó en su optimismo, cosa bien difícil hoy sin caer en la apología

culpable o el cretinismo. El consiguió evitarlo legándonos una obra-reto que para paradójica serprasa de

quien en el tiempo confió resultará anacrónica a medida que la tercera pregunta kantiana —¿qué puedo

esperar?— vaya siendo sustituida por la escèptica y escarmentada cuestión ¿de qué hay qua desesperar?

Posiblemente, en primer lugar, y contra Bloch, de la esperanza.

Escribe Juan ARANZADI

 

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