Autor: Ugalde Apalategui, José Antonio. 
 Anselmo Carretero, un historiador que se exilió en México. 
 Una obra dirigida a desenmascarar las falsificaciones de nuestra historia     
 
 Pueblo.    10/08/1977.  Página: 23-24,26. Páginas: 3. Párrafos: 19. 

Anselmo Carretero, un historiador que se exilió en México

Una OBRA Dirigida A DESENMASCARAR las FALSIFICAciones DE nuESTRA HISTORIA

Las recientes ediciones críticas sobre el exilio español están provocando un profundo interés por conocer

la obra de esa extensa lista de pensadores, literatos, científicos o artistas que quedaron desgajados de la

cultura y del quehacer nacional. Fruto de la tarea de recuperación, investigación y exegesis de la obra de

nuestros exiliados, la España rota va recomponiéndose, a pesar de que las lagunas biográficas, el

desconocimiento de numerosos textos o, la falta de publicación de otros muchos constituyen todavía una

grave ausencia.

Escribo estas líneas en la ciudad de México, donde a los cuatro días de aterrizar tuve ocasión de conversar

con uno de estos indomeñables españoles del exilio, el historiador Anselmo Garrotero.´ La obra de

Carretero gira persistentemente en torno a esa herida nuclear de España (o de las Espadas, cómo preferiría

decir el propio Carretero), constituida por la génesis y evolución forzada de una unidad nacional que ha

sido teórica-mente Justificada mediante un sinnúmero de falsificaciones históricas. Prologados por

Salvador de Madariaga, conocidos por reducidas élites. divulgados en México a Anselmo Carretero, un

historiador qué se exilió en México

Una obra dirigida a desenmascarar las falsificaciones de nuestra historia

Dos de sus principales libros -"Las nacionalidades españolas" y "La personalidad de Castilla en el

conjunto de los pueblos hispanos"- serán editados próximamente en nuestro país

«Castilla nació en Cantabria y fue el aliado natural de los vascos. En cambio, una abismal diferencia

separaba a castellanos y vascos del reino astur-leonés, que fue el auténtico artífice de las nuevas

estructuras monárquicas, teocráticas, militares, centralistas y feudales»

«Los españoles necesitamos definir nuestro propio concepto de la nacionalidad»

través de varias ediciones y multitud de conferencias, los litaros de Anselmo Carretero poseen, un interés

y una actualidad que cobra tintes rabiosos a la luz de la coyuntura española. Fruto de esta actualidad es la

publicación en el próximo mes de septiembre de dos de sus principales textos («Las nacionalidades

españolas» y «La personalidad de Castilla en el conjunto de los pueblos hispánicos»), tarea que ha

abordado la editorial Hispamérica.

Anselmo Carretero nos recibió en su casa mejicana a las ocho de la tarde, y nuestra curiosidad y su

infatigable hambre conversadora prolongaron la charla hasta las tres de la madrugada. El escritor

desbrozó los vericuetos de su experiencia del exilio con agudeza y socarrona pasión, a la par que con

precisa memoria fue evocando con cariño y riqueza de matices la personalidad de muchos de los ilustres

peregrinos españoles en México (los hombres de la generación del 27. Neruda, Max Aub, Ayala,

Andújar...) y de tantos otros refugiados para cuya obra, apenas conocida, nuestro interlocutor desearía un

menos injusto silencio (entre los cuales Carretero rememoró con especial afecto a Juan Oyarzábal,

marino, poeta de importancia y físico, eminente, cuya producción permanece casi absolutamente

ignorada).

A CABALLO ENTRE MEXICO Y ESPAÑA

Anselmo Carretero nació en Segovia en 1903. Residió en varios lugares de España y muchos años en

León, ciudad de la que conserva un especial recuerdo. Estudió la carrera de ingeniero industrial en la

Escuela Central de Madrid, entre 1926 y 1932, y el ambiente de la residencia de estudiantes marcó una

honda huella en su espíritu. Multó, en las Juventudes Socialistas y a finales de la guerra civil se refugió en

México, que se hallaba bajo el mandato del general Cárdenas.

£1 español nos habla con agradecimiento del apoyo que los exiliados españoles recibieron del Gobierno y

del pueblo de México y pasa revista a las diversas actividades que le integraron en la sociedad mexicana,

en cuyo proceso de desarrollo cooperó activamente: diplomático, profesor de física y matemáticas, jefe de

una explotación agrícola en la selva maya («viví dos años en Campeche, donde, en 1943, trabajé en una

plantación de aceite de ricino; había unos 1.500 mayas en la plan, tación, y la mayoría hablaba su

hermosísima lengua nativa que, en la actualidad, han perdido casi absolutamente»), ingeniero en una

importante firma industrial.

Le solicitamos Que nos describa el ambiente político e intelectual de los exiliados españoles en México.

«A diferencia de lo que ocurrió en algún oteo país, los exiliados políticos acogidos en México arrastraron

las contradicciones partidarias heredadas de la guerra. Este hecho me indujo a abandonar la militància.

Actué, pues, en forma contraria a otros muchos exiliados que empezaron a militar ai convertirse en

refugiados políticos. Por otro lado, el desastre de la revolución española y la relativa paralización

revolucionaria european exigían el abandono de la interpretación dogmática, del marxismo y de la visión

de Marx y Engels como «salvadores de la humanidad". Era preciso estudiar y analizar críticamente los

hechos. Yo había heredado una inquietud historicista de mi padre, Carretero y Nieva, que fue un

estudioso autodidacta y que recorrió todo el país encontrando numerosas incongruencias entre la historia

escrita y al realidad. En consecuencia, abandoné cualquier posición «de escuela» y me dispuse a continuar

y profundizar los escritos de mi padre.»

«En los primeros tiempos de la emigración había establecido contactos con los ámbitos intelectuales

españoles. Fue una época de gran actividad. Por ejemplo, se editaron numerosas revistas. Entre otras,

recuerdo «Romance», que, centrada en, si tema del «mestizaje», se editaba en colaboración con

mexicanos; también circulaban revistas de partido, pero ninguna alcanzó larga vida. Yo tuve la fortuna dé

colaborar en «Las Españas», y llegué a encargarme de su edición cuando Andújar y Arana, sus

fundadores, se dedicaron a otros menesteres. «Las Espáñas» fue una publicación clave: estaba centrada en

los problemas del desarraigo de la emigración, y se hacía en México, porque en este país se refugiaron

muchísimos españoles. La revista se hacía pensando en España, con la atención permanentemente volcada

hacia la cultura y los problemas de nuestra Patria que en aquellos años vivía en el oscurantismo, la

penuria cultural y el pensamiento critico amordazado, «Las Espáñas» se repartía clandestinamente al otro

lado del Atlántico y sirvió para animarla investigación y la creación, para estrechar los lazos con

Hispanoamérica y para mantener el rescoldo de las esperanzas progresistas. A través de sus ejemplares y

mediante suplementos, libros y reuniones, la familia de «Las Españas» trabajó incansablemente por

oponer una imagen federalista e igualitaria de la comunidad de pueblos de España, a la «España Una»

impuesta por la Falange.»

LAS «PATRIAS ESCALONADAS»

Llegamos al meollo de nuestra conversación con Carretero: el conjunto de sus tesis acerca de la

formación de la nación española, de las vicisitudes de su evolución, del papel que las diversas

nacionalidades de la Península jugaron en este complejo devenir y de las tergiversaciones históricas que

el proceso ha sufrido. En estos temas Carretero no necesita preguntas. Se arranca con pasión y entrelaza

sus palabras con idas y venidas a los apretados anaqueles de la biblioteca, para refrendar sus

argumentació n es con textos de numerosos cronistas. A continuación transcribo, en obligada síntesis,

cuanto en la conversación se desarrolló, con amplitud y abundancia de detalles:

«Tal y como la actual coyuntura española muestra, y como vaticiné desde el exilio, el irresuelto problema

de las nacionalidades es prioritario en la nueva etapa democrática española, Las oligarquías dominantes y

los ideólogos del franquismo nos han hecho vivir cuarenta años de falseamiento de la realidad histórica, y

ello ha venido a enconar el ya complejo conflicto de las. interrelaciones nacionales dentro del Estado

español. Durante muchos años se enseñó a la juventud que los Reyes Católicos forjaron la unidad

española, y no es cierto, porque Navarra quedó fuera de aquel Estado; se ha apoyado una noción racial y

homogénea de la Reconquista, que en realidad fue un largo y abigarrado proceso, y no el crisol patriótico

que se ha pretendido; se ha ocultado la historia de la Corona de Aragón y de la Confederación Catalano-

Aragonesa, historia ejemplar, puesto que se trata del primer Gobierno confederal que surge en Europa,

que contaba coa dos Parlamentos y unas Cortes de la Unión para los asuntos comunes; era bilingüe, y en

ei caso de la Generalitat, estaba formado por los tres estadios de la época. Ya con anterioridad a nuestra

guerra civil se impulsaba un imperialismo lingüístico, con el fin de eclipsar los idiomas minoritarios,

como revela el hecho de que el "Diccionario de la lengua castellana" se convirtió en "Diccionario de la

lengua española" en su decimoquinta edición de 1925, y sobre todo ae han tergiversado los orígenes

democráticos y antifeudales de las estructuras socio-políticas medievales, elaboradas autóctonamente por

Castilla, Vasconia y parte de Aragón y Navarra.

Como reacción a las citadas y otras muchas falsificaciones históricas, algunos sectores de las

nacionalidades oprimidas han fraguado a su vez una contrahistoria igualmente irreal y falsificada: los

catalanes piensan que Castilla fue el verdugo de sus estructuras políticas, y los vascos ignoran que

participaron activamente en el nacimiento de Castilla y que más tarde se unieron voluntariamente a la

Corona castellana (Guipúzcoa, en el año 1200; Álava, por el convenio de Arriaga, en 1332, y Vizcaya,

por herencia, en 1379).

Lo cierto es que Castilla nace en Cantabria, y es inmediatamente el aliado natural de los vascos. Una

abismal diferencía separaba a castellanos y vascos del reino astur-leonés: este último, heredero de las

tradiciones del imperio visigodo, fue el auténtico artífice de la nueva estructura política monárquica,

teocrática, militar, centralista y feudal, que en el siglo XIII inició su expansión, dominando al resto de las

nacionalidades peninsulares. Castilla, como León y Cataluña, se expande hacia ei Sur en sus luchas contra

el moro. Pero en tanto que León se repuebla con gallegos, y sobre todo con mozárabes, que abandonan la

zona mora, Castilla se repuebla de norte a sur con cántabros y vascos, hombres libres e iguales, los únicos

que habían mantenido sus antiguas estructuras y no habían sido romanizados ni dominados por ei imperio

visigodo. El Estado vasco-castellano aparece en la Edad Media española con caracteres antagónicos a los

del astur-leonés: en lugar del aristocratismo romano-visigótico dé las castas dominantes de León, Castilla

presenta la igualdad democrática de vascos y cántabros; en lugar de la propiedad feudal de los nobles y la

Iglesia, la comunidad de bosques, pastos, minas y aguas; en vez de la legislación imperial (Fuero Juzgo),

la ley Foral o "los usos y costumbres"; al centralismo unitario opone la federación de pequeñas repúblicas

o comunidades autónomas, trabadas por un jefe común o poder federal; al poder teocrático, el laicismo de

un pueblo creyente, que mantiene a los clérigos separados de los puestos de gobierno; a la casta militar,

las milicias´ concejiles; a los privilegios señoriales, la igualdad de los ciudadanos ante la ley; a los jueces

y funcionarios de nombramiento real, los de elección popular...

A tal punto, llegaba el antagonismo entre vasco-castellanos y astur-leonesès que los cántabros rompen

con la monarquía leonesa, y, con el conde Fernán González al frente, proclaman la independencia del

Estado vasco-castellano (Castilla y Álava). Así, pues, Castilla, Vasconia y el sudoeste aragonés

constituyeron durante varios siglos una federación de comunidades, que pueden ser comparadas con la

articulación cantonal suiza, sistema que yo he denominado de "patrias escalonadas". Las instituciones

castellanas (comunidades de ciudad o villa, merindades, behetrías, etcétera) declinaron rápidamente a

partir de la unión definitiva de las coronas de Castilla y León en el siglo XIII. Por un incidente histórico

está unión adopta en primer término la denominación de Castilla, pero las estructuras predominantes y las

fórmulas políticas que se afianzan son las del reino de León.».

«Es difícil determinar las causas de la ruina de nuestras más auténticas tradiciones políticas, a manos del

uniformismo centralista extranjerizante (romanovisigó-tico) que heredó el reino astur-leonés. Por

naturaleza, los pueblos de la Península caminaban hacia un Estado federal: las uniones, salvo la conquista

de Navarra, iban realizándose pacíficamente. Sin embargo, la Historia no es arbitraria; es posible que la

organización de las antiguas comunidades democráticas castellanas y vascas´no pudiera. resistir los

cambios económicos ni se armonizara con los intereses de las monarquías absolutas del Renacimiento,

También hay que contar con la influencia nefasta de las «guerras de religión», impulsadas por los

Austrias, y con la sangría de energías que supuso la conquista y colonización de América. Señalaré, por

último, factores como la progresiva decadencia económica, científica e ideológica de los lustros

posteriores, la utilización de la Inquisición en favor de los intereses del Estado centralista y el impulso de

la ideologia de la «nación una», que se fraguó entre los jacobinos de la Revolución Francesa y que tuvo

amplio eco en nuestro país. A mediados del siglo XIX, las instituciones autóctonas residuales en Castilla

reciben la puntilla y sólo perviven, de forma problemática, entre los vascos.»

MIRANDO HACIA EL FUTURO

Mientras las sombras del pasado van desvaneciéndose y la amable esposa mejicana de Anselmo Carretero

nos invita a continuar la charla, compartida con una cena tardía, el presente español va deslizándose hasta

el primer plano de nuestra conversación; que se electriza con las esperanzas de las variadas generaciones

que nos enzarzamos en el tema. Todo entra en liza: política, filosofía, moral... La entrevista, olvidada,

deja paso a un diálogo avaricioso, que se funde en las fronteras gemelas del anhelo y ei escepticismo, en

la sempiterna espiral celtíbera de la desconfianza y el inconformismo. Anselmo Carretero se destapa sin

reservas:

«Los españoles necesitamos definir nuestro propio concepto de la nación. Para ello debemos tener más

bríos y aunar lo que haya de válido en la tradición y lo que exigen las nuevas necesidades. Debemos huir

de las nociones jacobinas y estalinistas de «nación». En la actualidad estoy preparando una obra de corte

teórico acerca de las innumerables formulaciones teóricas y prácticas que en la Historia han adoptado- las

nacionalidades. Espero que este libro aportará su grano de arena en la polémica que nuestro pueblo debe

abordar para solucionar su conflicto histórico interno. Hay que terminar con opiniones como la de Ortega

y Gasset, que tan equivocado estuvo en este terreno, al decir que «España es una cosa hecha por Castilla y

que sólo cabezas castellanas tienen capacidad para la España integral». También hay que abandonar

discusiones bizantinas, como las que Américo Castro o Sánchez de Albornoz sostuvieron acerca del

«nombre» de los españoles. Asombra ver que estos eruditísimos historiadores, que efectuaron grandes

descubrimientos, no tuvieron una mejor capacidad de interpretación.»

«Antes de las elecciones tuve ocasión de visitar España, con ocasión del Congreso del Partido Socialista

Obrero Español, en el que presenté una ponencia sobre federalismo y nacionalidades. Posteriormente he

tenido la inmensa alegría de ver que el PSOE ha incluido en su programa un acertado tratamiento del

tema de las nacionalidades, y no dudo de que ese factor ha sido clave en su magnífico resultado electoral:

por ejemplo, en Cataluña ha obtenido, por vez primera en la Historia, un importantísimo porcentaje de

votos.»

En los momentos finales de la entrevista, Anselmo Carretero traza un lúcido cuadro analítico del

resultado de las elecciones. Insiste una y otra vez en que él es un hombre práctico, Un hombre de

realidades, lo que le aleja de lo que denomina «utopismo anarquista», a pesar de sus enormes simpatías

por la citada ideología. «El papel de los anarquistas —nos dice— es insistir radicalmente en los valores

inalienables del hombre, elevar al punto más alto las exigencias, no transigir jamás; la función del

anarquismo equivale a la del concepto de "verdad" en la ciencia y, en este sentido, es absolutamente

válido.»

J. A UGALDE

1O de agosto de 1977 PUEBLO

ANSELMO CARRETERO

 

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