Autor: Alzaga Villaamil, Oscar. 
   La libertad de expresión     
 
 ABC.    28/07/1983.  Página: 19. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Lñ LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Por Osear ALZAGA

EN siete meses de Gobierno socialista, la situación de la libertad de expresión y las relaciones

de aquel y de su partido con tos medios de comunicación han llegado a una situación

inquietante. La política de comunicación en su conjunto falla estrepitosamente, privando a

nuestra sociedad democrática de savia informativa libre y plural.

Las sospechas, señaladas por algunos periodistas ya antes de las elecciones de octubre, sobre

dificultades entre la Prensa y los socialistas en el Poder se han visto confirmadas plenamente,

y antes de lo que cabía suponer. El «test» de la información comienza a cuestionar la

credibilidad del actual Gobierno en materia de libertad de expresión, al igual que la incapacidad

para crear los prometidos empleos pone en duda la eficacia de la política socialista,

retranqueada ahora, ya lejos de los triunfalismos electorales, tras la reaccionaria teorización de

la «inevitable» pobreza que nos espera.

Son muchos tos periódicos y periodistas que se quejan de la opacidad informativa del

Gobierno, del «habitual desprecio que éste viene mostrando por la información diafana»; de la

incomprensión, en definitiva, hacia el fenómeno de la comunicación libre y democrática. Hace

pocos días un diario madrileño, nada critico de tos socialistas, denunciaba que «la

degeneración de la política informativa del Gobierno alcanza extremos preocupantes». Y la

unanimidad de tos periódicos, cualquiera que sea su tendencia, a la hora de denunciar la

degradación y gubernamentaiiza-ctón de la Radio y la Televisión estatales, o al señalar e(

hermetismo oficial, es un hecho llamativo y revelador de nuestro momento político.

Las relaciones entre políticos y periodistas son, por lo general —obligadamente—, difíciles;

pero en una democracia se acepta que la función crítica de !a Prensa forma parte de un

equilibrio de Poder, y que cualquier intento de limitar de hecho o de derecho la libertad de

expresión constituye un grave atentado a la democracia. Por eso resulta preocupante que la

Prensa, jaleada y halagada por el PSOE en su camino hacia el Poder, suscite hoy frecuentes

regañinas del Poder. Los portavoces socialistas han sembrado, estos últimos siete meses, de

reconvenciones, desprecios e incluso insultos a tos profesionales de la información. Ahorro al

lector las citas textuales de las numerosas ocasiones en que destacados dirigentes socialistas,

entre los cuales principalmente el propio vicepresidente del Gobierno y vicesecretario del

partido, han acusado a tos periodistas de ignorancia, de provocar inseguridad, de díscolos...

Expresiones como «mercenarios del desprestigio» o «"tribúteles" de pesebre» no las habría

mejorado aquel pintoresco Spiro Agnew que tanto contribuyó a la caída de Nixon y que, como

el ministro Moran, se sentía víctima de conspiraciones periodísticas contra su persona.

Trascendiendo las anécdotas de una política informativa salpicada de picaresca, ocultaciones,

manipulaciones e incluso falsedades, que permite, por ejemplo, al portavoz de) Gobierno

utilizar la Radio oficial para insultar soezmente a un periodista, lo preocupante es (a tendencia

a convertir la información en propaganda, y la concepción de la comunicación informativa y

cultural, como instrumentos al servido de la ideología en el Poder.

Algunos dirigentes socialistas muestran ciertas tentaciones totalitarias ante la información y

cierta incapacidad para entender que la crítica al Gobierno democrático no es fruto de la

animadversión personal o de la hostilidad ideológica, sino algo consustancial a la democracia.

La identificación que hacen aquéllos entre Gobierno legítimo, mayoría electoral y pueblo, les

hace valorar toda crítica como un ataque antidemocrático a la voluntad popular. Los mismos

que cuando estaban en la oposición consideraban no democrático criticar a la alternativa,

ahora, desde el Gobierno, rechazan por antidemocrática la crítica al Gobierno salido de las

urnas.

Ante esta situación, la oposición democrática tiene la obligación, sin que sea honesto acusarla

de oportunismo, de plantearse el problema de la información hoy en España como algo grave,

preocupante y urgente. En una situación política caracterizada por el dominio hegemónico del

partido gobernante, el contrapeso de una Prensa, Radio y Televisión libres, fuertes,

independientes y con sentido crítico, es esencial para la existencia misma de la democracia. En

un sistema de libertades, y más aún si, como en el nuestro, se produce una tremenda

concentración de Poder, la Prensa no sólo cumple una función informativa, sino que actúa

como conciencia critica de la sociedad y es, también, un mecanismo esencial de control social

del Poder. Por eso no son de recibo las afirmaciones —frecuentes en boca del

vicepresidente— de quienes ven la Prensa como mera transcrip-tora de informaciones, teoría

que sirve de fundamento a la gubernamentalización de la Radio y la Televisión del Estado.

Esta crisis de información que padecemos es grave, también, porque se halla debilitado y

disminuido el canal informativo, institucional y preferente, de comunicación entre el Gobierno y

los ciudadanos: las Cortes. El Gobierno, apoyado en un reglamento que encorseia la vida

parlamentaria, interpretado restrictivamente, ha prescindido de esta vía natural de información

contrastada mediante el debate y la ha sustituido por continuos y aburridos monólogos

ministeriales por televisión, sin discrepancia posible. El presidente del Gobierno no se dirige al

país en donde debe hacerlo: el Parlamento, contestando a preguntas y aceptando réplicas, sino

en improvisados y fragmentarios comentarios de pasillo. Desde el debate de investidura el

presidente González sólo ha subido una vez al podio para contestar muy brevemente a una

pregunta no esencial, mientras en este país sucedían acontecimientos graves y

trascendentales.

Finalmente, hay que señalar con preocupación que la perceptible irascibilidad de ciertos

dirigentes socialistas ante la crítica crece a medida que se manifiestan errores y

contradicciones del Gobierno y que se perciben fracasos. La agresividad dialéctica y de forma,

practicada desde la oposición, contrasta, una vez en el Poder, con la escasa permisividad y

tolerancia ante la crítica, la tendencia a culpar a ésta de las dificultades propias y la tendencia a

dividir a los periodistas en adictos o adversarios. Hace pocos días un portavoz anónimo del

Partido Socialista —sin duda un oficioso que deseaba paliar las críticas internas a la pérdida de

reflejos del PSOE— calificaba de cínicas e histriónicas unas frases mías críticas hacia el

comportamiento del partido en el Gobierno en cuanto a libertad de expresión, que en ocasiones

es inconstitucional. Responder a la crítica con el insulto descalificador sólo puede aumentar

nuestras preocupaciones. Me abstengo de referir las numerosas ocasiones en que destacados

representantes del Gobierno y su partido han dado muestras de un cinismo casi pueril para

describir sus relaciones con la televisión pública y sus directivos. Pero sí recordaré, a título de

ejemplo, que el mantenimiento de la negativa, contra toda lógica democrática y pese al clamor

existente, a regular el pluralismo de emisoras de televisión supone un incumplimiento de la letra

y del espíritu de la Constitución, tal y como lo ha interpretado una célebre sentencia del

Tribunal Constitucional.

Todo esto constituye sobrado motivo de reflexión y debiera dar lugar a una rectificación de la

Presidencia del Gobierno, en vez de persistir en el error del sostener y no enmendar que lleva,

pongo por caso, a mantener en sus puestos a ciertos cargos en el ámbito informativo

notoriamente gastados en su credibilidad. Me consta que existen numerosas personas en la

izquierda, y no faltan ministros, preocupadas por la trayectoria que lleva la política informativa y

por la inclinación de ésta a contundir la critica al Poder, que es fundamento de toda Prensa libre

e independiente, con conspiraciones desestabilizado-ras. Si el Partido Socialista aspira a que

quienes te votaron, viendo en él un defensor de las libertades públicas, no experimenten una

tremenda decepción —y con ellos sufra uno de los fundamentos del sistema—, es necesaria la

autocrítica sincera en el seno de sus órganos.

 

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