Autor: Montaner, Carlos Alberto. 
   La inteligencia de los políticos     
 
 Diario 16.    04/10/1982.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

CARLOS ALBERTO MONTANER

Escritor

La inteligencia de los políticos

Para unos la inteligencia es una condición importante para el desempeño del poder político. Para otros,

con el sentido común basta. Finalmente están aquellos que, basándose en su representatividad, defienden

el derecho de los necios al poder.

El señor Fraga ha acusado al señor Suárez de que no le cabe el Estado en la cabeza. Tal vez la acusación

no sea tan grave. Junto a Suárez suele aparecer el señor Rodríguez Sahagún, ciudadano al que bastaría

depilar ligeramente para abrirle espacio al Estado, a la nación y posiblemente a la España eterna. De esta

suerte, cuando al señor Suárez se le pregunte dónde tiene el Estado, le bastará con señalar a la cabeza de

Rodríguez Sahagún. A fin de cuentas, ya se sabe que el Gobierno moderno es cosa de equipos.

Sentido común

Pero lo sorprendente es que a la acusación de Fraga el ex presidente Suárez ha respondido con una melan-

cólica admisión de culpas. Algo así como: «Muy bien, no soy inteligente, pero tengo sentido común.»

¿Cuánto sentido común? ¿Cuan poca Inteligencia? De todo este enredo a lo mejor resulta que tenemos

que añadirle a la Constitución una batería de tests mentales y otra de medición del sentido común para

autorizar a un señor de Murcia a que sea candidato al Congreso de Diputados. Si para vender calzoncillos

en El Corte Inglés hay que saoer, en tres minutos, por favor, cuáles figuras del cuadro número uno se

repiten en el tercero, pero de forma inversa, no hay razón alguna que exima a un procer de la patria de

aportar parecidas muestras de lucidez.

Necios al poder

Vamos al fondo de la cuestión: en las elecciones de octubre se miden cuatro políticos y Carrillo. Excluyo

de la reflexión a don Santiago, porque don Santiago es otra cosa, y porque octubre para los comunistas no

es un mes de elección. En octubre siempre se deben hacer revoluciones, ver «El acorazado Potemkin» y

releer las memorias de aquel inolvidable idiota que fue Mr. Reed. De estos cuatro caballeros, dos son

públicamente reconocidos como personas inteligentes (Fraga y Lavilla), uno ha aceptado humildemente el

sambenito de un I.Q. modestillo (Suárez), y el último —González— es una absoluta incógnita. A Felipe

lo han acusado de astuto, de hábil, de buen orador, pero nunca de inteligente. Tampoco —seamos

justos— de lo contrario. Es como el asunto de las nacionalizaciones: no se sabe. Si uno habla con

Castellano, le dicen una cosa si uno habla con Guerra, le dicen otra. No se sabe.

¿Y qué? Parece que al electorado de todos los países le importa un pimiento la capacidad intelectual de

sus gobernantes. La gente vota por otras razones. Al ex presidente norteamericano Ford, famoso por su le-

gendaria escasez de neuronas, lo llegaron a defender con un argumento increíble: si el noventa por ciento

de los norteamericanos no sabe nada de nada, ¿por qué no va a presidirlos un representante genuino de

esa enorme franja ciudadana? Era otra forma extraña de combatir la oligarquía. Algo así como el tierno

grito de todo el poder para los necios. Lo malo fue que ganó Cárter.

En todo caso: ¿por qué diablos votarán los españoles en octubre? Me temo que la inteligencia de Fraga y

de Lavilla no será suficiente. Me temo que el «charm» de Suárez no basta para borrar la memoria de su

último año de gobierno. Me temo que tendremos que averiguar el volumen de masa gris del señor

González una vez que contemplemos cómo intenta introducirse el Estado en la cabeza. Y con nosotros

dentro, claro.

 

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