Autor: Gutiérrez, José Luis. 
   Perfiles de la campaña     
 
 Diario 16.    04/10/1982.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 22. 

Diario 16/4-octubre-82

NACIONAL

5 DE LA CAMPANA

Guillermo Galeote, médico, 41 años, socialista, sevillano—

EL TERCER HOMBRE

José Luis Gutiérrez

EL PSOE, al igual que los demás partidos, es todo un recital en ese camaleónico y divertido

maoísmo en los ademanes, en el mimetismo gestual. Los «tics» del «gran timonel» González son

repetidos hasta la saciedad por los que le rodean. Cuando Felipe suelta en una reunión ese rui-dito,

especie de risita inacabada, algo así como un... ¡mmmmmmah!, hay una respuesta inmediata y

multidireccional: ¡Mmmnnmmah!, ¡mmmmmmah!, ¡mmmmmmah!...

O esa postura de Felipe, en la tribuna de oradores, que es ya marca de la casa socialista: la mano izquierda

en el bolsillo para sugerir una aparente despreocupación y una cierta y descuidada seguridad, una

displicencia; el arco dorsal abombado en una leve curva praxiteliana, una tenue joroba; el cuello en

curioso escorzo, muy taurino, rondeño se diría, y el dedo índice de la derecha apuntando al cielo como un

Pantocrátor bizantino. Se hacen fotocopias, se distribuyen entre el subconsciente parlamentario S

socialista y cualquier di- o putado de provincias ya w puede comenzar su dis- 9 curso: «Bueno, yo diría >

que...»

Tan pormenorizada introducción nos sirve para presentar a este señor enjuto, de leve cojera y estampa a

medio camino entre los aires de un guardabosques escocés y un inspector provincial de la Organización

Nacional de Ciegos, que es Guillermo Galeote, William para los amigos, uno de mis socialistas favoritos.

Si es cierto que, como dicen los cronistas, Galeote es un hombre de Alfonso Guerra, la precedente reseña

de inconscientes mimetismos podría ampliarse con la misteriosa semejanza muscular y metabólica de

estas dos esbelteces acecinadas: la de Alfonso y la de Guillermo.

Constatada la sospecha, una posterior indagación fisonómica nos descubre una dentadura atribulada por

pertinaces «ducados», y un diente secreto, surgiendo del paladar inferior —quizá el lejano vestigio

genético de algún antepasado acantopterigio —, una estalagmita córnea en la que se enroscan, como en el

huso de una hilandera, los algodones del discurso, para salir finalmente hijos, convertidos en las hebras de

un suave seseo sevillano.

Digamos también que Guillermo Galeote es el más visible y aproximado «tercer hombre» —y su

condición de dirigente discreto y en voluntario segundo plano nos acerca al Inolvidable film de Carol

Reed— en los oscu-ros escalafones del PSOE, tras el «vice» Alfonso Guerra y la incuestionable potestad

de Felipe. La secretaría de imagen que detenta planea sobre las áreas de prensa de Pedro Bofíll, la propa-

ganda, la publicidad y — atentos— el comité electoral que diseña la campaña.

La pasión médica

Pero se lo ha ganado el muchacho, a pesar de sus cuarenta y un años. Guillermo renunció al prometedor

futuro cordobés, ejerciendo la medicina— internista, digestivo e intensiva IUVIS).

«Me gustaba, me gusta, me entusiasma mi profesión. Una de mis grandes pasiones era la investigación, la

biología molecular. Y hasta la "intensiva", ese apasionante y esforzado mundo, en el umbral de la vida y

la muerte...»

La galaxia socialista

Pero lo dejó todo para embarcarse en la proteica aventura andaluza de un socialismo meridional lleno de

incertidumbres.

«Lo abandoné todo. Mi consulta privada en Córdoba, mi puesto en la Seguridad Social, para venirme a

Madrid, ganando en aquel entonces treinta mil pesetas, pero eso no lo pongas, hombre...»

Porque el PSOE ^ue hoy conocemos se formó como las galaxias de Carl Sagan, a base de cataclis-

mos, casualidades cósmicas y tenacidad juvenil. Nadie hubiera sospechado que aquel puñado de jóvenes

sevillanos —apenas media docena—, inmersos en el mundo imberbe, culturalmente provinciano y

elemental de un par de cine-clubs y un ingenuo grupo de teatro aficionado de los primeros sesenta, serían,

pocos años después, la muy probable alternativa de poder, desplazando a las semiclandestinas y pode-

rosas turbulencias políticas e ideológicas del rojerío madrileño.

Guillermo era uno de ellos, junto con Guerra, Felipe, Luis Yáñez y Rafael Escurado. Y poco más.

«Comenzamos formando las Juventudes Socialistas en Sevilla. Clavero era uno de nuestros catedráticos,

junto con el que había sido ministro en la República Jiménez Fernández. Esto era en Derecho. En

Medicina estábamos solamente Luis Yáñez y yo...»

Y entre todos le buscaron las vueltas al viejo Llopis, en Surennes, y se trajeron las siglas del socialismo

histórico, el puño, la rosa y los archivos de Francia ai interior, y allí comenzó todo.

Accidente

El férreo hermetismo que Guillermo guarda sobre la organización quizá tenga algo que ver, además de

con su bendito y saludable amateurismo, con un cierto «síndrome patrimonial» sobre el partido, o quizá

sea una secreta convicción de que el universo socialista todavía es un simple e improvisado torbellino de

polvo galáctico; muy lejos aún del sólido y armónico sistema planetario que ha de ser todo partido fuerte,

estructurado y dispuesto a gobernar.

Pero Guillermo sigue adelante. Nunca los hados democráticos habían ordenado la carta astral de un

partido con tan afortunados diseños, como si al conjuro de los extraños y telúricos mandatos todo se

dispusiera a su favor.

Tan sólo su pierna derecha se adivina como una premonición de mal fario. Un viaje en coche durante la

campaña, un choque, un vuelco y la rotura múltiple del fémur, los dos tobillos y el cuadríceps — músculo

frontal del muslo— atrofiado. La lesión es venturosamente reversible, pero su recuperación llevará años.

Desde entonces, Guillermo, cuando camina, pica biela.

Su experiencia médica le sirvió entonces para que, quizá, la lesión no fuera irreparable, y, de paso, para

inventar un procedimiento quirúrgico revolucionario: la autoo-peración.

«No. Sencillamente lo único que hice fue dirigir mi propio traslado al hospital y entablillarme yo mismo

la pierna con el respaldo de un jeep, rechazar los coches y esperar a que pasara una furgoneta, en la que

pudiera ir tendido...»

Ahora, Guillermo, mientras tanto, vigila como un ganadero el corral socialista, avizorando complaciente,

hermético y desconfiado el rebaño de votos que cada atardecer llegan con la resignada mansedumbre de

las ovejas.

Al igual que Alfonso, cuando habla de aficiones revela quizá una secreta voluntad de esculpir su propia

imagen —como lo hiciera el vitriólico, rasposo e imaginativo vicesecretario^ por los derroteros de la

cultura, y muy especialmente de la música y la lírica. Los Machado y Gustav Mahler de Alfonso, en

Guillermo se sustancian en la pasión por la ópera y la lectura recóndita de Hólderlin, en los versos

vigorosos del poeta de las aulas de Tubinga, acaso en las raras lecturas —cuando la congestionada agenda

de trabajo lo permite— de las páginas del «Hyperion».

A Guillermo pronto le veremos de ministro, o quizá en RTVE, o en la Secretaría de Estado para la

Información, aunque eso de la prensa, ay, Gulllermo no lo ha entendido todavía, al igual que la inmensa

mayoría de sus compañeros. Pero de eso hablaremos otro día. Hoy, como epílogo, digamos que Guillermo

es un muchacho de alma limpia y buenas intenciones, con tan escaso pasado como

 

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