Autor: Vicent, Manuel. 
 La victoria socialista. 
 Felipe y la computadora     
 
 El País.    30/10/1982.  Página: 25. Páginas: 1. Párrafos: 53. 

EL PAÍS, sábado ¿U de octubre de 1982

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La victoria socialista

ESPAÑA

Crónicas urbanas. Fuma puros habanos y cree en la bondad universal. Este joven andaluz, vestido de pana

progresista, ya figuraba, con ficha propia, en una computadora de la planta 72 de un rascacielos de Nueva

York desde donde se divisa La Meca, la VII Flota y las multinacionales se controlan con un piloto

automático. En aquel tiempo, Felipe González era un muchacho de ceño concentrado que estudiaba

Derecho en la Universidad de Sevilla, un rojo un poco dulce. Cuando la democracia rompió aguas

apareció Felipe con pinta de macho sureño, con el habla en plan melodía pegadiza. Entonces, el

socialismo no era nada. Tras un período de transición y consenso, Felipe apareció en los carteles con ojos

soñadores mirando a un horizonte incierto. Y un día te levantas y, de repente, te encuentras con un día

histórico.

Felipe y la computadora

MANUEL VICENT

Hacía más de un año que en la planta 72 de aquel rascacielos de Nueva York la computadora estaba,

funcionando, conectada directamente con otro ordenador instalado en un despacho del Pentágono en

Washington. Las dos máquinas formaban triángulo con un condensador de órdenes en la cancillería de

Bonn y entre ellas se mandaban impulsos electrónicos con un diálogo cifrado que, traducido en plata,

venía a decir:

—Un joven andaluz, vestido de pana progresista, anda por España vendiendo ética como si fuera jabón

fino de tocador.

—¿Qué hacemos con él?

—Parece buen chico, fuma puros y cree en la bondad universal.

—¿Nada más?

—También juega a la petanca los domingos en Miraflores.

—Que siga.

En aquella planta 72 del rascacielos de Nueva York habita un dios rubio que come palomitas de maíz,

asomado al ventanal ahumado. Desde allí divisa La Meca rodeada de pollinos cargados con cajas de caca-

colas, controla la espuela vengativa de Pinochet o la gomina del bigote del último general argentino,

regula la tripa llena de oscuros humores del judío Ariel Sharon y le cambia los pañales al heredero de un

jeque del desierto. Cualquier madre patria nace en este piso 72 del rascacielos de Nueva York, donde

ahora mismo está sentado en la poltrona ese dios gordiflón y geopolítico, que picotea palomitas de maíz

en un cucurucho mientras acaricia con la diestra, blanda y anillada, un globo terráqueo. La madre patria

arranca de su mesa y pasa por las Azores, seguida de cerca por la VI Flota, se adentra en Portugal, cruza

la Península Ibérica, se va por Italia hacia Grecia y Turquía con un ramal en dirección a Arabia, atraviesa

Pakistán, India, Australia y Japón. Allí le espera la VII Flota, con más acorazados. Y así hasta dar la

vuelta al mundo para volver a la planta 72 del rascacielos de Nueva York y caer en el cucurucho de

palomitas del regazo de ese señor gordito en forma de dividendos, que son los únicos valores eternos

cotizados en la Bolsa de Wall Street. El triángulo de computadoras se envía entre sí latidos de rayos láser

con interrogantes herméticos.

—¿Cree usted que ese tal Felipe González lo sabe?

—Con toda seguridad.

—Procure que no se salga de la ética.

—No hay peligro. El chico está bien aleccionado.

—¿Quién se ha encargado de eso?

—Nuestro criado, el señor Willy Brandt.

—Okey.

En cambio, hay todavía muchos patriotas. Son precisamente aquellos que no se han enterado de que la

patria sólo es un oleoducto y andan por ahí dando palos de ciego con el bate de béisbol en busca de un

salvador de opereta. Pero el Gobierno no es más que una estación de seguimiento, la Moncloa o Robledo

de Chávela, gestores del paso de las multinacionales o de una cápsula espacial por un determinado terri-

torio de la geopolítica. Existe un piloto automático. No hay que tocar nada. En cierto modo, gobernar

consiste en hacer alguna leve corrección de vuelo y vigilar la posición correcta de las agujas o las señales

luminosas del panel.

—Júrame que Felipe González lo sabe.

—Te lo juro. El sólo habla de moral.

—¿Y eso qué es?

—La moral es un aceite refinado que sirve para que funcione bien la máquina del capitalismo.

—Me quitas un peso de encima.

Los políticos se dividen en dos: los que saben que la patria ha muerto y los que aún lo ignoran. Franco no

lo supo hasta 1959, cuando se lo contó Ullastres en una cacería. Déjese de autarquías, excelencia, y abra

los lindes de su finca a Persil activado, Avon llama a su puerta, ding-dong. Franco, que fue el primer

antipatriota, con las virtudes menores del olfato muy desarrolladas, cayó en la cuenta en seguida. A partir

de entonces se decido a disparar contra todo lo que se movía: rebecos, demócratas, perdices, masones,

conejos, rojos, ciervos, cachalotes, palomas de correos y a echar un vistazo cada trimestre al piloto

automático, dirigido ya desde aquella planta de Nueva York.

En aquel tiempo Felipe González era un muchacho de ceño concentrado, que estudiaba la carrera de

Derecho en la Universidad de Sevilla. Tenía esa pureza de sangre, un poco ruda, que se deriva del pueblo

llano. Ya se sabe. Otros se dejaban la piel a tiras en la clandestinidad más dura, los comunistas eran

piezas muy cotizadas y recibían las patadas directamente en el paquete intestinal o en la otra bolsa que

pende un poco más abajo, y en los sótanos de la tortura se entraba por riguroso escalafón, se exigía mucho

protocolo para subir al potro. Pero había también otra clase de oposición, no demasiado subterránea. Era

aquella leva de estudiantes rebeldes, con pantalón de pana rayada y matinal de cineclub, lectores de

Antonio Machado, que husmeaban la trastienda de las librerías buscando La peste, de Albert Camus,

aquellos que un día adoptaron el acto heroico de dejarse barba inconformista.

Unos rojos un poco dulces

Ellos también jugaban con una multicopista secreta, fabricaban panfletos y corrían delante de los

guardias. Eran unos rojos un poco dulces, muy inofensivos, aunque apaleados igualmente en las algaradas

por la libertad. Llevaban una pastoral censurada en el bolsillo, redactaban manifiestos, firmaban cartas de

protesta y ejercían el marxismo sólo como hipótesis de trabajo. Podría decirse que se sentían casi felices

bajo los golpes. Después de una carga policiaca, ellos se refugiaban en una tasca para enumerarse entré sí

las leves moraduras con la vanidad de la herida y narraban hermosas historias de martirio, que siempre les

sucedían a otros.

—A un amigo mío le han puesto electrodos en los testículos.

—¡Qué horror!

—Y a un auxiliar de Sociología lo han ahogado en la bañera.

—No sigas.

—A un delegado de la Perkins le han partido la espina.

—¿Qué van a tomar?

—Traiga un vino con una ración de boquerones.

—Marchando.

Cuando la democracia rompió aguas apareció el rostro de Felipe González. Tenía una pinta de macho

sureño, con la nariz pellizcada hacia arriba y el hocico inflamado, la ceja espesa, el antebrazo peludo, una

nobleza de novillo en la mirada y esa forma de hablar según la escuela andaluza, que utiliza un tono

medio para decir verdades suaves, pero a medias, con una melodía pegadiza como una canción de verano,

agradable de oír y fácil de tragar si se ayuda con un rosado clarete. Entonces el socialismo no era nada.

Sólo una marca comercial que había prescrito en el registro político y un sentimiento difuso de bondad en

la calle. El rostro de Felipe González sintetizó muy pronto esa pasión colectiva. Y después de algunos

meses de mercado ya se podía afirmar sin error que el socialismo era sólo él.

Alrededor de su imagen comenzaron a aglutinarse aquellos muchachos de pana y cineclub, los penenes de

barba y jersei de punto gordo, las chicas de poncho peruano, oficinistas rebeldes, funcionarios cabreados,

técnicos que entendían de resistencia de materiales y habían leído a Neruda, mujeres de clase media que

lo encontraban hermoso, e incluso obreros con nevera y lavaplatos, aparte de la nostalgia de cuantos

oyeron contar a sus padres la guerra desde el otro bando. Pero el primer problema nacional consistía en

dilucidar la famosa alternativa, o sea, si realmente Felipe era más guapo que Adolfo Suárez. Cada uno

tenía sus partidarios, según gustos, entre la belleza de un píllete de billar o el atractivo de un cortijero

agreste. Así estaban las cosas.

Era un gozo supremo ver a esta pareja durante el entreacto de una sesión parlamentaria en ej ángulo

oscuro de un salón. Felipe y Adolfo componían la escena política del sofá, se musitaban amores y cuitas,

tú me das un pedazo de ética y yo te doy un trozo de consenso, todo iluminado por los relámpagos de los

fotógrafos. Pero eso sucedía en los momentos más bellos, porque e! amorío establecido entre los dos

galanes estaba sujeto a una corriente alterna con algún chispazo que fundía los plomos. A veces se

sonreían mutuamente, come diciendo: somos jóvenes y hermosos, somos los amos del cotarro, este asunto

hay que arreglarlo entre amigos, aunque a la semana siguiente se miraban como si ambos estuvieran solos

en medio de la plaza del poblado, la mano tentando la culata, atentos a cualquier gesto sospechoso, para

que todo el mundo pudiera comprobar quién era más rápido. Era una ficción del Oeste.

El señor gordito de Nueva York ha tenido la ficha técnica de Felipe González todo el año sobre su mesa y

en ella ha ido anotando las sucesivas correcciones. Si un día este muchacho tan puro podía quitarle la

sardina de la boca a la derecha española, había que pulirlo un poco más. A veces apretaba el botón de la

computadora, ur ida a otro ordenador del Pentágono, y en el condensador de órdenes instalado en la

cancillería de Bonn los dígitos salían en pantalla con la última voluntad del amo.

—Lo queremos totalmente suave.

—¿Más todavía?

—Nada de marxismo.

—Eso se arregló hace dos años.

—Que venda ética. Sólo ética.

—¿Como si fuera un jabón de tocador?

—Exacto.

Últimamente te levantas de la cama y, de repente, te encuentras con un día histórico. El 28 de octubre ha

sido la fecha señalada desde hace siglos para que alcancen su sueño de oro aquellos chicos que jugaban

con la multicopista, leían a Machado, vestían zamarra y bufanda de barrio latino, asistían a la matinal de

cineclub y llevaban a una novia, con los dedos manchados de bolígrafo, a ver la película Nueve cartas a

Berta. La mañana era radiante y había un sol románico sobre las hojas de otoño, con todos los ruidos

cotidianos: se oyó al tendero levantar el cierre a las nueve, el tintineo de las botellas de leche sonó en el

rellano a la hora justa, el alarido del chatarrero, que compra colchones y hierro viejo, pasó con el pollino

sorteando los atascos de coches. Los gritos rituales con que se animan las primeras luces se habían

producido a su debido tiempo. La calzada estaba llena de papeles con todos los augurios políticos. Fue el

día en que, después de mil años, a la derecha española se le cayó la sardina de la boca. La llevaba entre

los dientes desde el tiempo de Recaredo y se la ha arrebatado un chico de pana, que juega a la petanca los

domingos en Miraflores.

A Felipe González se le veía en el cartel con los ojos soñadores bajo el entrecejo obstinado mirando un

horizonte incierto, lleno de cacerolas. Había sido vendido como un producto moral según las técnicas más

sofisticadas del mercado, el hijo de un lechero sevillano convertido ahora en símbolo de honestidad. En

las paredes de la ciudad había más carteles con la imagen de otros políticos junto a las vallas publicitarias

de nuestra patria verdadera. Fraga y la Westinghouse, Felipe y la Standard, Carrillo y la Philips,

Landelino Lavilla y Persil activado, Adolfo Suárez y Unilever. El ciudadano se ha puesto en la cola del

colegio electoral. Después de una breve espera se ha metido detrás de unas cortinas de ducha donde había

un taburete para pensar, pupitre para escribir y un estante con las papeletas de su destino. Se ha limitado a

votar por el aire puro.

El dios gordito de Nueva York ha pulsado otra vez la computadora, conectada con el Pentágono, y ha

mandado las últimas señales a Bonn.

—Recuérdenle a ese muchacho cuál es su papel.

—Felipe ya lo sabe.

—Aquí manda la máquina. Que se entere bien.

—Okey.

—Lo suyo es la moral.

Felipe González ha sido invitado por el dios gordito a sentarse frente al piloto automático en una pequeña

terminal de Occidente. Sólo tendrá que vigilar las agujas y poner un poco de ética, a modo de aceite, para

que la máquina funcione con más suavidad. Pero en este país la ética simple aún puede ser revolucionaria.

 

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