Autor: Jáuregui, Fernando. 
 La victoria socialista. 
 Felipe González, la biografía de un hombre corriente     
 
 El País.    30/10/1982.  Página: 26-27. Páginas: 2. Párrafos: 10. 

ESPAÑA

POLÍTICA

La victoria socialista

EL PAÍS, sábado 30 de octubre de 1982

Felipe González, la biografía de un hombre corriente

FERNANDO JAUREGUI, Madrid

El 24 de octubre de 1.981, el 29 congreso del PSOE reelige, por unanimidad, a Felipe González como

secretario general. Siete años antes, también en octubre, y un poco por casualidad, González, entonces 32

años y conocido tan soto como Isidoro, tomaba las riendas del partido, en el congreso de Suresnes. Pocos

imaginaban entonces que aquel joven, que ingresaba en la clandestinidad, sería, ocho años después, el

primer jefe de Gobierno socialista que España tuviese tras casi medio siglo con la derecha en el poder.

"Mi biografía es la de un hombre corriente, no tiene ningún aliciente". Felipe ha repetido esta frase hasta

!a saciedad a cuantos periodistas se le acercan tratando de indagar revelaciones sensacionales en su

pasado: ni fue monaguillo, ni estuvo en el Frente de Juventudes, ni aprendió jamás el Cara al Sol

"tampoco sé muy bien la letra de La Internacional" , ni protagonizó nunca las rocambolescas aventuras

que otros hubieron de correr durante el franquismo.

La biografía de Felipe González Márquez es la de un hombre como tantos otros, que jamás buscó el poder

en varias ocasiones, incluso, huyó de él , y a quien el destino ha colocado donde está. El, que parece

considerar un handicap la falta de atractivo periodístico de su vida, tampoco puede ignorar que el hecho

de ser un hombre corriente, sin números uno en oposiciones, le acerca al común de los españoles,

demasiado acostumbrados a otras lejanías biográficas. Hasta la calificación de su cartilla militar es la de

tantos otros oficiales de complemento: "manda bien, poco efectivo, disciplinado y falto de práctica".

Ahora, a sus cuarenta años, esta a punto de convertirse en el presidente del Gobierno más joven que

España haya tenido jamás. Llega al poder con una imagen pública irreprochable y difícilmente atacable,

hecho admitido incluso por sus adversarios. Tal vez su falta de ambición política y la innegable impresión

de honestidad consigo mismo y veracidad con los demás que comunica, sean los responsables de esta

imagen. Pocos políticos habrán llegado al frente del Ejecutivo con un caudal semejante: los periodistas,

en su mayoría, le miman, a! menos hasta ahora; los otros lideres le respetan; el pueblo le quiere. Ni

siquiera parece ser el blanco favorito de algunas fuerzas recalcitrantes hacia la democracia, que, al menos,

le aceptan, por el momento.

Un desconocido entusiasta y servicial

La aventura personal de este hombre corriente comenzó un 14 de octubre de 1.974. Nicolás Redondo, un

metalúrgico a quien gusta luchar desde la sombra, acaba de rechazar la secretaría general que se le ofrece

en el XIII congreso del partido, celebrado en Suresnes. Los otros dos militantes del interior que podrían

aspirar al cargo, Múgica y Pablo Castellano, quedan descartados, por su anterior mili-tancia en el PCE el

primero, por ser calificado de sacialdemócrata el segundo. Solo queda un candidato posible, y ni siquiera

está presente en la Casa de la Cultura del pequeño municipio francés: permanece en el hotel, aquejado de

un oportuno dolor de estómago. De él se sabe que le llaman Isidoro, que procede del pequeño, pero

activo, núcleo sevillano del PSOE, que contribuyó decisivamente a la escisión respecto a Llopis y su nú-

cleo de Tolouse y que el día anterior había presentado un gran informe político ante los asistentes al

congreso. Además, el prestigioso Redondo le apoya, lo mismo que Guerra (entonces, solamente conocido

por El Canijo, a causa de su extrema delgadez), e! hombre que había precipitado, mediante un artículo en

El Socialista, la ruptura con Rodolfo Llopis.

Hasta aquel momento, Felipe González no pasaba de ser un entusiasta militante de las Juventudes

Socialistas, más por adscripción personal que orgánica; la estructura del PSOE en el interior era casi

inexistente, e incluso los periodistas mejor informados tan solo podían citar media docena de nombres

Pablo Castellano, Peces-Barba, Gómez Llórente o el propio Múgica como representantes oficiales del

partido socialista dentro de España. Probablemente, la policía franquista supo pronto cuál era la verdadera

personalidad de Isidoro. Pero el dato no trascendería a la opinión pública hasta un año después.

No mucho antes de ser nombrado secretario general del partido, Felipe era el chico servicial que, en su

seiscientos, llevaba a los dirigentes del partido en Sevilla como Alfonso Fernández hasta Madrid. Allí, el

joven Felipe era excluido de las reuniones en la capital, y tenía que aprovechar el tiempo viendo alguna

de las películas aún no estrenadas en su ciudad. Aquel Felipe González acababa de abrir un bufete

laboralista en- la calle Cabeza del Rey don Pedro, y jamás había adquirido la más mínima notoriedad, si

se exceptúa el haber protagonizado un sonoro abucheo en la Universidad sevillana al ministro de

Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne.

Y, sin embargo, desde que inició los estudios de Derecho, Felipe González había adquirido un

compromiso. No, al principio, con un partido concreto. Pero sí, según explica é) mismo, con una cierta

forma de entender la vida, la sociedad, la justicia. El, explica, se debía a sus compañeros del barrio

sevillano de Bella Vista, que nunca llegarían, lo mismo que sus propios hermanos, a la Universidad. Por

ello, tras una breve etapa dando clases de Derecho Político, a su regreso de Lovaina, se decidió por abrir

un despacho laboralista. No era, al iniciar sus tareas, un bufete comprometido políticamente. Por

entonces, la oposición se centraba en el Partido Comunista, y a Felipe González nunca le propusieron

entrar en el PCE.

La soledad de los emigrantes

Puede que la idea le rondara alguna vez por la cabeza, pero las expulsiones por Carrillo de Fernando

Claudín y Jorge Semprún, de las que se enteró estando en Lovaina, le apartaron definitivamente de la

senda comunista.

Como a cualquier otro joven universitario encerrado hasta entonces en la irrespirable atmósfera

franquista, el ambiente europeo de

EL PAÍS, sábado ¿U de octubre

Lovaina, donde acudió becado para seguir un cursillo de economía, le fascinó y le abrió nuevos campos,

influyendo decisivamente en su compromiso: "qué decepción de Europa, qué inmensa soledad la de los

emigrantes. Están desamparados, oprimidos, explotados y, para colmo, odiados como seres inferiores,

como raza maldita. Mi decisión se completó aquí, el camino emprendido he de recorrerlo como sea, y

pronto" (carta a su novia, noviembre 1.965).

Felipe González cree en los horóscopos. Sabe que los Piscis, como él, son introvertidos y, como él,

reacios a hablar de su vida personal. Sin embargo, esta vida personal y familiar del secretario general del

PSOE marca muchas de sus actitudes. Confiesa que aflora los tiempos colegiales de libertad y sabe que

nunca recuperará los años invertidos en la política, años sin los flirteos, sin las novelas, sin las películas,

sin la libertad de movimientos que tuvieron, en cambio, otros jóvenes de su edad, no sometidos al mareaje

de la escolta policial. Su mujer, Carmen Romero, dice entenderlo, y compartirlo. Se casaron entre dos

viajes a Francia, él sin corbata, provocando no cierto disgusto en la familia de la novia, hija de un coronel

médico. Carmen compartirá las primeras conversaciones con Llopis, el congreso de Suresnes. Después,

Pablo, David, María. Carmen no se ve como primera dama´, alimenta la imposible esperanza de mantener

sus clases de inglés en el Instituto, su revista Nuestra Escuela, su Federación de la Enseñanza de UGT.

Será ella la principal responsable de imprimir un estilo nuevo.

Era previsible: todo va a cambiar en la vida, pese a todo nada corriente, de Felipe. Ya no volverá a su

despacho de Santa Engracia, ni a su casa de Pez Volador. La transformación, incluso física, se ha

consumado y Felipe González, ex Isidoro, escuchará dentro de pocas semanas cómo el impasible ujier de

azul le dice´, tras subir la escalinata: "Buenos días, presidente".

 

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