Autor: Gutiérrez, José Luis. 
   El desastre comunista     
 
 Diario 16.    03/11/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

José Luis Gutiérrez

GRITOS Y SUSURROS

El desastre comunista

LA mágica noche electoral, lectores, tuve yo un brevísimo y ligero rifirrafe con Santiago Carrillo en la

radio. Mis queridos amigos de la Cadena SER iban a entrevistarme, mientras, paralelamente, Santiago,

desde la sede del PCE, hablaba del resultado de las elecciones. Me invitaron a formularle una pregunta, y,

tras el saludo de rigor y un breve comentario mío sobre lo obsoleto de sus propuestas, y antes de que le

hiciera la pregunta, Santiago me llamó «impertinente».

Y yo, lectores, que soy un mamífero de sangre bastante caliente, sentí unas enormes ganas de crujirle. Y

no lo hice en atención a la hospitalidad de la SER, por una parte, y, por otra, porque, súbitamente, me

embargó un hondo sentimiento de piedad hacia el pobre Santiago. De modo que, en lugar de hacerle la

pregunta que tenía pensada —¿No cree usted, don Santiago, que al país no le favorece nada el hecho de

que el PCE no tenga grupo parlamentario propio?—, le solté una leve maldad estableciendo un

paralelismo entre sus estrategias y las de Di-mitrov en el año 35. O sea, una cosa moderna.

Santiago me respondió con esa mamarrachada de siempre, que te dice que eso son argumentos de las

derechas, la típica injuria ideológica para descalificar de los comunistas de viejo estilo para que, a estas

alturas de curso y en boca de Santiago, suenan a auténtica mentecatez de clown.

Luego sentí una honda pena, de verdad, lectores. Y hasta me arrepentí de mi leve tono beligerante hacia

Santiago, que vivía en aquellos momentos una de sus noches más tristes.

POCO antes, ante cerca de un centenar de periodistas, el mismo Santiago, desquiciado y nervioso por el

desastre —cinco diputados, de veintitrés obtenidos en el 79 — , había soltado otra grosería, ordenando a

mis colegas que guardaran silencio, con un tono intemperante y malhumorado. Pero también era

comprensible, aunque ni Landelino ni Adolfo reaccionaron así. Lo malo es que los que conocen a

Santiago bien y le han tenido que soportar durante años, dicen que éste es el estilo habitual que utiliza con

sus subordinados, a los que maltrata y humilla constantemente.

Lo que ocurre es que, en esta ocasión, la hecatombe ha sido tan desproporcionada que no creo que ni el

propio Santiago sea capaz de capear el temporal y resistir sus consecuencias. A pesar de que ya se ha

apresurado a declarar que no dimitirá, los conflictos han comenzado a surgir en él seno del PCE, incluso

entre sus hombres más próximos. Así, Romero Marín tuvo un serio enfrentamiento con él, pocas horas

después de conocerse el desastre, y del entorno de Marcelino Camacho —que se abstuvo, muy

previsoramente, de participar a fondo en la campaña electoral comunista— surgen críticas furibundas

hacia la responsabilidad de Santiago en los resultados. Pues resulta que al PCE le ha costado cada acta de

diputado más de cien millones de pesetas, es decir, que después de la UCD, el PCE ha pagado por el kilo

de escaño el precio más alto, como si fuera merluza.

Por su parte, el hombre más atractivo con que actualmente cuenta el PCE, Nicolás Sartorius, uno de los

pocos dirigentes comunistas con cabeza y «look» modernos, atraviesa por momentos de reflexión y de

crisis posiblemente irreversibles, tras su choque con Carrillo y su dimisión como vicesecretario general

del PCE.

Hace escasas noches, Sartorius cenaba con un nutrido grupo de comunistas y ex comunistas, y en la

sobremesa de los licores se hicieron algunas quinielas para ver quién acertaba el tiempo que el partido

tardaría en echar a Santiago de la secretaría general. Nicolás, con su habitual flema, no sólo se negó a

participar en el juego de adivinanzas, sino que guardó el más sepulcral de los silencios.

Sin embargo, se espera que Sartorius dé la espantada de un momento a otro. Por ahora, y pensando en

cómo se va a ganar la vida, está desempolvando sus conocimientos de abogado, y un día de éstos

comenzará a trabajar como pasante en el bufete de un amigo suyo.

Otra persona que puede seguir caminos de reflexión parecidos es el joven y brillante delfín Enrique

Curiel, a quien toda la vieja guardia intentará destruir en las próximas semanas. Y así estamos. Santi,

Santi, si nos hubieras hecho caso hace un par de años...

 

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