Autor: Dávila, Carlos. 
 La investidura. El candidato a la presidencia y el líder de la oposición mantuvieron un duro duelo verbal. 
 Felipe se guardó para el final del debate sus mejores argumentos     
 
 Diario 16.    02/12/1982.  Página: 4-5. Páginas: 2. Párrafos: 27. 

NACIONAL

2 diciembre-82/DÍario 16

El candidato a la presidencia y el líder de la oposición mantuvieron un duro duelo verbal

Felipe se guardó para el final del debate sus mejores argumentos

Aquí va a haber intervencionismo, no cabe duda, aunque en menor proporción del que aprovechonamente

intentó demostrar Fraga y en buena parte Roca y hasta Landelino Lavilla en su foral y desmayado

discurso.

Carlos DAViLA, corresponsal político

Madrid — ¿Trampa o habilidad dialéctica? Las dos son lícitas en puro parlamentarismo y a ellas se atuvo

el presidente González cuando el martes nos dejó con las ganas de conocer cuáles eran sus auténticos

planes.

Ayer se comportó como todo un presidente. Tenía razón el buen congresista que es Miguel Roca cuando

dijo: «Usted se ha reservado para el turno de réplica y para él se ha guardado sus mejores argumentos.» Y

es que un debate parlamentario, por libre y limpio que resulte, no es ningún plato de gusto para un can-

didato que tiene que examinar todo el programa.

Como en las oposiciones, Felipe González rectificó y se presentó ante un tribunal sesteante al principio y

excitado en los finales con grandes conocimientos. Y aprobó. ¡Vaya si aprobó! Con nota alta.

Su gran contrincante, el jefe institucional de la oposición, se había preparado para comparecer ante la te-

levisión en el debate que no pudo sostener en la campaña electoral.

Fraga, menos ocurrente en chascarrillos que otras veces, fue lo suficientemente eficaz como para

conseguir dos cosas: que el PSOE pateara algunos pasajes de su atropellado discurso y que ios más fieles

entre sus diputados hicieran de sumisa «claque» y feste-jaran como es debido las ocurrencias del jefe.

Fraga se quedó apenas sin denuncias, porque la suya era una intervención basada precisamente en las

carencias de que había hecho gala el candidato en su presentación. Felipe González le ganó por la mano y

hasta le anunció el Gobierno. Mil veces publicado, minutos antes de que el líder de la «leal oposición»

subiera al estrado.

Para entonces, Felipe González ya había —esta vez sí— presentado su programa, quizá lo de menos sea

que sus planes resulten ortodoxos o posibles, lo demás es que el espectador que tuviera ayer la sin par

paciencia de aguantar siete horas ante la pantalla de televisión o pegado al altavoz de la radio, pudo

enterarse de lo que se propone el Gobierno socialista .

Allá cada cual con su opinión y con la denuncia oportuna de las contradicciones — algunas escanda-

losas— del programa feli-pista-socialdemócrata, pero hay programa en campos tan importantes como la

justicia, la economía, la seguridad ciudadana, la Administración Pública, la política exterior, la enseñanza,

la agricultura o las autonomías.

No existen, sin embargo, calendarios, y bien que lo recordó el presidente de ¡a minoría catalana, Migue!

Roca, al candidato. Ni siquiera existen plazos en el tema concreto de la OTAN, organización de la que

España — si se cumple el plan socialista— saldrá más c menos tarde cuando, más bien a! término de esta

legislatura, se plantee el referéndum. Mientras tanto, «congelación a toda costa», decía Felipe González,

mientras su canciller Moran sonreía complacido.

Fraga, en una licencia hábil, pero políticamente deshonesta, estrelló sobre la cara del presidente del

Gobierno una bofetada dialéctica intolerable. Le dijo más o menos: «Su promesa de congelar el ingreso

en la OTAN, puede interpretarse como el primer éxito en España de Yuri Andropov.» Dubinin, el

embajador soviético no estaba en los balconcilios, pero sí presenciaban e! debate alguno de sus lacayos

más circunspectos.

Grandes leyes

Las grandes concreciones de Felipe González intentaron cubrir las lagunas de suprimir discurso. Hay que

destacar grandes leyes que, de cumplirse, pueden revolucionar —eso es cierto— el panorama político

español.

Es, por tanto, de verdad, la hora del cambio Dudo, sin embargo, que la refor-ma del Código Penal, que

Felipe González anunció como imprescindible antes de suprimir la legislación antiterrorista, sea

suficiente para terminar con la lacra acostumbrada del asesinato espeluznante, del chantaje o del tiro en la

nuca.

No lo creo. Pienso que esta concesión socialista a la minoría vasca se quedará — si no al tiempo— en

mero deseo por la presión indeseable de la realidad terrorista.

Otras leyes parecen más probables y, desde luego, más factibles, corno la orgánica del Poder Judicial, la

Electora!, ¡a de Libertad Sindical, ¡a de Principios Generales de Ordenación Urbana, el Estatuto de

Centros Docentes o la del IVA, la ley-controvertida que nos acercará definitivamente al Mer-cado

Común, y sobre la cual pesa, como una losa impopular, su fama polémica de inflacionista.

Intervencionismo

Por los demás, las grandes palabras de ayer fueron por este orden: Intervencionismo y concerta-ción

Como se observa, vocablos mucho más prácticos y pegados al terreno que los hermosos utilizados en el

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discurso inaugural. Es curioso que los socialistas renieguen, con evidente mal gusto, del tufo socialdemó-

crata, justo y oportuno, que se desprende del programa económico ideado por sus expertos. Con palabras

quieren desmentir planes adecuados.

Aquí va a haber intervencionismo, no cabe duda, aunque en menor proporción del que aprovechonamente

intentó demostrar Fraga y en buena parte Roca y hasta Landelino La-villa en su foral y desmayado

discurso.

Los socialistas hablan y no acaban de respetar todas las libertades y fundamentalmente la de enseñanza,

aunque a la hora de pronunciarse por un tema clave como es el de la televisión privada los socios de

Felipe González y el propio presidente se hacen un pequeño lío y responden con un galleguismo impropio

de sus matizaciones de ayer.

Nosotros —dicen— apoyaremos la calidad de la televisión pública ¿Pero es que los demás nos oponemos

a ello? No, que una cosa no quita la otra. Ahí, en ese terreno, Fraga derrotó a Felipe González,

Debate animado

El «ricirace» final entre el presidente, ya casi electo, y el jefe de la minoría mayo-ritaria animó los

tediosos principios del debate. Es una lástima, porque a esa hora es muy probable que los ciudadanos

españoles se hubieran apartado definitivamente de la televisión.

Hay entre las dos posiciones, la socialista y la fra-guista (el grupo parlamentario de don Manuel es una

mera trasposición política de su persona), una sima, casi imposible de llenar; por | eso me temo que la

política generosa de concertación anunciada y ofrecida por el presidente no tenga demasiado futuro.

Desde luego para las grandes leyes sería muy deseable. Inevitable.

Felipe González, el primer presidente socialista en la historia de España, volvió ayer a recuperar su

ingenio repentizador y con él agredió humorísticamente a Fraga cuando ya en las pos-tremerías del debate

le espetó: «Yo reconozco que de la televisión privada, el señor Fraga sabe más que yo.»

Era el momento de las puntadas finales y se aprovechaba cualquier oportunidad para picar un «touche» en

el rostro del adversario. Otros lo intentaron a lo largo del debate, pero con evidente menos éxito.

Penosa impresión

No vale la pena perder un solo momento en recordar la penosa impresión que causaron los Suárez y

Camilo leyendo sus aburridísimas y tópicas intervenciones, o los lugares comunes expuestos por Vizcaya

y Bandrés. para los que no parece existir más problemas que la desgraciada LOAPA. No vale la pena.

Al final, casi se estropean las formas. Peces-Barba se enfrentó con Fraga en una interpretación legalista

del reglamento, que al líder de Alianza Popular le sentó francamente mal. -Fue un término de fiesta duro

que resulta un anticipo de lo que pueden ser las sesiones entre Gobierno y oposición en esta legislatura.

Fraga destapó la caja de los truenos, proclamó no sé qué riesgos de ruina para España e incluso se permi-

tió dibujar, más que nada para distender el ambiente, su inevitable y sajón chiste final.

Por lo visto según se desprende de él, los técnicos o los desmanes legislativos del PSOE nos van a condu-

cir a la hecatombe política. Veremos quién tiene razón. A Felipe González ahora se la dan 207 diputados,

la mayoría más amplia que se haya dado nunca en el parlamentarismo español.

 

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