Autor: Montánchez, Enrique. 
 Señor Presidente. Dijo a Felipe el todopoderoso comisario Yagüe, jefe de la Social. 
 Isidoro, algun día será usted una persona muy importante en España     
 
 Diario 16.    02/12/1982.  Página: 6-7. Páginas: 2. Párrafos: 21. 

VI

diciembre-82/Diario 16

SEÑOR PRESIDENTE

EL POLITICO

La experiencia en la Universidad de Lovaina fue el choque entre el bagaje teórico de un joven

universitario de veintitrés años y la realidad del mundo marginado y explotado de la emigración andaluza

en Europa. Allí decidió su militancia en las filas socialistas para intentar cambiar las cosas. Con el

nombre de la clandestinidad, «Isidoro» inicia la recuperación del PSOE con la permanente sombra de

Guerra. Detenido en 1974 por el comisario jefe de la Social, el todopoderoso policía del franquismo le

dijo al recién elegido secretario general: «Algún día usted será una persona muy importante en España.»

Dijo a Felipe el todopoderoso comisario Yagüe, jefe de la Social

SIDORO, ALGUN DIA USTED SERA UNA PERSONA MUY IMPORTANTE EN ESPAÑA

Enrique MONTANCHEZ

Si la entrada en la Universidad supuso para Felipe González el encuentro con un mundo distinto, con la

realidad científica de los manuales de teoría marxista que se subrayaban, para ser discutidos después en

las reuniones, al margen de los «tochos» de Derecho Penal, Procesal..., su amistad con Alfonso Guerra

fue determinante para el camino que emprendería apenas concluida la carrera.

Guerra militaba ya en las Juventudes Socialistas, representaba obras de teatro de vanguardia y estaba al

corriente, por su trabajo editorial, de las novedades que se iban publicando. Felipe, de la mano de Guerra

comienza a tener una visión más real de la España que vivía. Pero todavía no pensaba en clave política.

Incluso se tomaba a broma los tejos que le echaba Alfonso para que entrase en la organización de las

JJSS.

Milicias

En el verano de 1963 inicia los campamentos de las Milicias Universitarias. Van avanzando los cursos de

Derecho. Estos años transcurren sin mayores sobresaltos, entre el grupo de amigos, las lecturas, la mú-

sica, las interminables charlas sobre política y... Carmen Romero, a quien conoce en la Universidad y no

tiene nada que ver con la novia de la adolescencia que se apellidaba igual.

Concluye las milicias con la graduación de alférez. En su cartilla militar la siguiente calificación: «Manda

bien, poca experiencia militar.» Estaba claro que no era lo suyo.

Ha acabado la carrera. Quiere salir de España, pero no haciendo auto-stop los veranos con la mochila

acuestas. Está cansado de lo que considera una lucha estéril contra una dictadura que parece sólida y sin

nin-guna posibilidad de cambiar. Le falta aire en España. Es muy joven, veintitrés años, y piensa que ya

tendrá tiempo de instalar un bufete de abogado.

Lovaina

A través de sus amigos en las JOC consigue una beca del Episcopado de la Universidad católica belga de

Lovaina para ir a estudiar un año. Ve las puertas abiertas para hacer lo que realmente quiere en esos

momentos.

Curso 1965-66. Todos sus biógrafos coinciden en señalar que ia experiencia de Lovaina fue una tremenda

sacudida, un choque entre el bagaje teórico del joven universitario y ia realidad del mundo de la emi-

gración española en Europa. Se ha escrito «conoce de cerca el submundo de la emigración, visita hogares

de trabajadores andaluces y contempla con tristeza cómo en muchos bares figura un letrero prohibiendo

expresamente la entrada a africanos y españoles. El futuro líder socialista no puede comprender cómo por

aquellos mismos días España estaba en "fiesta oficial", celebrando los veinticinco años de paz de un

régimen que lanzaba a millones de españoles fuera de sus fronteras».

A finales de noviembre de 1965 escribe a su primera novia, Concha Romero, explicándole su decisión de

militar en las filas socialistas, para luchar contra tanta explotación, opresión y odio que ha visto contra los

españoles, considerados una raza inferior, y cómo esa lucha hay que hacerla desde dentro de España.

A su regreso tiene las ideas claras. Pide a Guerra entrar en la organización del PSOE. Monta un bufete

para asuntos laboralistas y permanece vinculado a la Universidad como profesor ayudante del Derecho

del Trabajo.

Clandestinidad

Hay que empezar prácticamente desde abajo. El PSOE no tiene organización interior. Los militantes

apenas llegan a los dos millares, están incomunicadas las organizaciones entre sí por la anquilosada

dirección «exterior» del partido, que ha perdido el contacto con la realidad. Sólo hay una cierta

implantación sindical en el País Vasco y Asturias.

Guerra, Felipe, Galeote, Yáñez... El grupo andaluz decide conectar con la organización vasca de Nicolás

Redondo y Enrique Múgica, la de mayor implantación. Viajan al País Vasco. Ambas organizaciones son

coincidentes en el análisis de la realidad: la dirección exterior de Llopis es un freno para desarrollar una

estrategia de movilización y crecimiento del partido. Hay que convocar un congreso para relevar a los

viejos. Nace el «pacto del Betis».

Se celebra el XI Congreso en el feudo de Toulouse, en 1970, bajo la presidencia de Saborit. Se produce el

primer enfrentamiento entre Felipe y Llopis. Algunos testimonios socialistas no dudan en reconocer que

Felipe estuvo duro con una dirección socialista que, si bien se sabía que ya no valia, era respetada.

«Felipe fue el muchacho inexperto que fue lanzado como kamikaze para abrir el fuego por los que tenían

más costras y no querían enfrentarse abiertamente con Llopis», según la confidencia de un viejo socialista

madrileño.

Al interior

Las tesis de Felipe triunfaron parcialmente y se logró llegar a una solución de compromiso: existiría cierta

autonomía interior para plantear acciones que no era preciso consultar a la dirección exterior. Felipe fue

nombrado secretario de organización y propagante: Guerra y Pablo Castellano, de relaciones

internacionales. Hay quien afirma que a Felipe le pusieron en el cargo más expuesto de un partido

clandestino para que se quemara o fuera puesto fuera de la circulación en prisión.

Detención

El caso es que apenas unos meses después, en enero de 1971, Enrique Múgica, Nicolás Redondo y

Felipe González fueron detenidos y trasladados a la DGS. Sin embargo, ya se estaba operando un curioso

cambio en la policía política del franquismo. Se habilitaron unas habitaciones en los «pisos de arriba»

para los tres detenidos en lugar de las habituales celdas del sótano, durante las cuarenta y ocho horas que

pasaron en el viejo caserón de la Puerta del Sol. No hubo malos tratos. La Policía diferenciaba ya entre

socialistas y comunistas.

Los sectores más liberales del franquismo, y una pequeña parte del aparato de Seguridad del Estado,

llevaban preparando desde comienzos de los setenta un plan que genéricamente habían denominado

«establecimiento de las bases para el cambio». Veían próxima la muerte de Franco y la necesidad de

una liberalizaron del sistema que impidiese el estallido social «conducido por los comunistas».

El congreso de Suresnes de 1974 —ampliamente tratado en este mismo especial de Diario 16— catapultó

a Felipe a la secretaría general del PSOE. A la vuelta de Suresnes se produce la segunda detención de

Felipe, junto a otros dirigentes de la recién nombrada ejecutiva del partido.

Yagüe

El hombre fuerte de la Policía política, el comisario de la Social Saturnino Yagüe, hace conducir al nuevo

secretario general del PSOE, hasta entonces conocido con el nombre de clandestinidad de «Isidoro», a su

despacho. En muy raras ocasiones los detenidos habían flanqueado esas puertas. Felipe González reíala

que, en su entrevista, Yagüe le ofreció un puro que él declinó aceptar, no sólo como el único acto de

rebeldía que, en sus circunstancias, podía hacer, sino porque en aquel momento —explica— no me

apetecía fumar. El comisario dijo que había procedido de igual forma, momentos antes, Pablo Castellano,

pero que, quizá, en otra ocasión sí aceptaría el habano que !e tenía.

Vague entró en seguida en materia, y cuenta Felipe que el comisario le dijo: «Yo he» sido funcionario de

Policía con la monarquía de Alfonso XIII, con la República y con Franco. Cuando usted sea una persona

muy importante en España, usted, necesitará de personas como yo.»

La leyenda de esta conversación circuló en una versión libre adaptada así: «Cuando usted sea presidente

del Gobierno, usted me necesitará.» Yagüe murió hace tres años y no ha llegado a ver en la presidencia al

González Marques (un error de máquina de la Policía daba una fría entonación nobilaria a su segundo

apellido), Felipe, alias «Isidoro Leiva» de la ficha policial bajo el sello de «reservado» y a «vigilar» con

que la Policía intentaba acallar las voces del cambio. Desde la libertad conquistada, las «fichas políticas»

se constituyen en recuerdo histórico de lo que nunca debe volver.

Felipe González estrena hoy la responsabilidad decidida por la mayoría de los españoles para conducir el

cambio. Atrás quedan, en el recuerdo forjador de su experiencia y madurez, los nombres de Lovaina,

Suresnes, Isidoro, Yagüe... y tantos otros.

 

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