Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   La balada de investidura     
 
 ABC.    01/12/1982.  Página: 11-12. Páginas: 2. Párrafos: 8. 

OPINIÓN

ABC/ 11

Escenas políticas

La balada de investidura

Acabo de escuchar a don Felipe González y lo primero que se me ocurre decir es que el candidato a

presidente del Gobierno no ha pronunciado un discurso de investidura, sino un concierto para oboe. Ha

interpretado una partitura para un inocente, innocuo, candido, albo, floral y colombófilo instrumento de

viento. Don Felipe nos ha obsequiado con una balada para flauta pastoril en la feliz Arcadia. Ha hecho un

discurso que no es ni épico r>i lírico, ni técnico ni científico, ni teórico ni pragmático. Más bien nos ha

leído una epístola moral. Si en algún momento ha hecho referencia a la Constitución se podía pensar que

estaba citando no la Constitución del 76, sino aquella Constitución de los doceañistas que nos invitaba a

los españoles a que fuésemos benéficos.

Dice e) refrán que dos no se pelean si uno no quiere, y don Felipe González ha hecho imposible la pelea

parlamentaria. O sea, ha impedido el debate. Ha hablado con grandes palabras indiscutibles, inobjetables,

que nadie podrá rechazar o reargüir. Austeridad, ética, solidaridad, esfuerzo, unidad, paz, progreso,

justicia. Bellas palabras, pero bellas palabras a tas cuales el señor González ha dejado vacías. Llenas sólo

de viento. Si el señor González hubiese sido no un candidato a la Presidencia de Gobierno con mayoría

asegurada, sino un examinando o un doctorando, el Tribunal habría tenido que interrumpirle y decirle

dulcemente: «Por favor, cíñase al programa, señor González.» Y si hubiese pronunciado este discurso

teóricamente programático ante una audiencia de campesinos o ante un corro de gentes del pueblo, de las

que Hablan en plata y entienden de aguas claras y de palabras concretas, alguien del corro le habría

pedido: «Al grano, al grano.»

Don Felipe no ha expuesto un programa de Gobierno. Ha leído sosegadamente un prólogo hinchado de

imprecisiones ,y de dwxfncreciones. Ha enunciado un catálogo y un muestrario general de buenos deseos,

de excelentes intenciones y de plausibles propósitos. Cosas todas ellas que a veces empujan al paraíso y a

veces terminan por empedrar el Infierno. Más de una hora ha disertado don Felipe González en la tribuna

de oradores del Congreso de Diputados. Los taquígrafos tomaban sus notas apresuradamente, sin levantar

cabeza. Los padres de la patria escuchaban en religioso silencio. Las cámaras de televisión no apartaban

el ojo de la americana cruzada, y de la corbata a rayas, y de las sienes plateadas, y de las manos levísima-

mente temblorosas, y del rostro serio y casi abrumado. Se notaba el peso de la púrpura. Don Felipe ha

pasado del sayal a la púrpura en estos años iniciales de la democracia. Leía sin énfasis, sin entusiasmo y

casi sin intención, como si adrede hubiese querido dejarse en casa la vehemencia y hasta la convicción

para recitar con tono monocorde de lectura escolar. Prefería despabilar el bostezo antes de despertar la

controversia. Toda esa disertación de más de una hora sólo se puede contestar con tres palabras: «Bien.

¿Y cómo?»

Hay que lograr la paz social, que es un concepto más amplio o más profundo que la seguridad ciudadana.

Bien, ¿y cómo? Hay que dar trabajo, reducir la inflación, aumentar el producto nacional bruto, estimular

la inversión, ayudar a las empresas, desarrollar algún sector público. Bien, ¿y cómo? Hay que dejar claro

que la violencia no es sistema para alcanzar los objetivos políticos. Muy bien, ¿y cómo? Hay que poner a

España en el lugar que le corresponde en el concierto internacional. De acuerdo, ¿y cómo? Hay .que

terminar de construir el Estado de las autonomías. Pues bueno, ¿y cómo? Etcétera, ¿y cómo? .

Después/de escuchar atentamente a don Felipe un servidor ha creído entender que hay que buscar un

tesoro, pero el señor González no ha enseñado el croquis, ni ha explicado dónde se halla, ni qué dirección

se ha de tomar, ni dónde guarda la brújula. Este discurso, o sermón, o balada, -de la investidura, es como

si alguien nos hubiese invitado a comer y nos ofreciera un poco de viento entre dos platos. Un plato dé

sosiego, otro plato de moderación, y en medio, un soplo de aire, un suspiro de éter, un paste! de viento,

pero casi sin viento. Parece que don Felipe González se encontrase en este trance de la investidura como

la princesita de Rubén, persiguiendo por el cielo —tampoco se sabe si de Oriente o de Occidente— la

libélula vaga de una vaga ilusión. Una nube, un copo, un ala, un halo, un sueño, un vago deseo de

perfección y de cambio, eso ha sido apenas e) discurso de don Felipe.

Era inevitable. Uno se acordaba de don Adolfo Suárez, sólo que don Adolfo Suárez se vestía de azul

oscuro y ponía ¡a voz un poco más trascendente, como si fuese a decir algo. Al final del discurso las

cámaras de televisión han enfocado a los representantes de los demás partidos. Los interrogados adopta-

ban una primera actitud como para encogerse de hombros. ¿El discurso? Bueno, bien, es decir, ya

veremos, claro, en principio... Eran respuestas que también se iban por las ramas. Don Manuel Fraga

señalaba más claramente las inconcreciones. Y el pragmatismo catalán de ese único ejemplar de Esquerra

Republicana de Cataluña que hay en el Congreso, ese señor de barba gris y alta estatura, que parece

escapado de una estampa de la primera República, don Francesc Vin-cens. expresaba su perplejidad.

«Nosotros somos un partido de izquierda. Pero estoy en un mar de dudas. No sé qué hacer. Necesito

aclaraciones del candidato." Porque el candidato lo había dejado todo en el aire. No sé si alguien se

atreverá a decir que éste es un discurso realista, pero será porque dentro de él cabe toda la realidad. Y

también toda la irrealidad. Dentro de ese discurso cabe todo. Su espacio íntegro está todavía sin ocupar.

Don Felipe tampoco ha hablado de la herencia. Ya habrá tiempo de eso. Se ha ido por la tangente y nos ha

dejado sin inventario, sin diagnóstico, sin pronóstico y sin remedio. Don Felipe ha llegado a casa del en-

fermo, se ha acercado a la cabecera, ha echado una ojeada a la cama y ha recomendado al paciente una

enorme verdad que no sé cómo no se le ocurrió a Hipócrates: «Hay que tener salud.» Anota, eso sí, se lo

ha dicho en un discurso que ha durado más de una hora.

¿Programa? El del partido. ¿Cambio? E! que ha votado el pueblo. ¿Objetivos? Los propuestos. ¿Modos?

Los democráticos. ¿Libertades? Las consabidas. ¿Medidas? Las necesarias. Cuando don Felipe ha vuelto

a su escaño, don Alfonso Guerra se ha levantado de su asiento y ha comenzado a aplaudir cerca del rostro

del señor candidato. Los demás diputados socialistas, también. En los bancos de la oposición, silencio.

Alguien se había levantado, había subido a la tribuna de oradores y les había dicho solemnemente:

«Toma. Para una ventana.» Y íes había dado el hueco.—Jaime CAMPMANY.

 

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