Autor: Dávila, Carlos. 
   La transición coronada     
 
 Diario 16.    26/11/1982.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

D 16/26 noviembre-82

NACIONAL

LA TRANSICIÓN CORONADA

Car/os DAVILA, corresponsal político

Madrid — Cuando el Rey terminó su discurso, dirigió su mirada al balconcillo central del hemiciclo; allí,

su padre, don Juan de Borbón, asintió complacidamente con la cabeza: era la muestra más evidente de que

Don Juan Carlos había acertado en el canto democrático que, en diecisiete minutos, había leído ante un

Parlamento, mayoritariamente socialista, que aplaudió con más justeza y fuerza que lo había hecho en las

dos anteriores ocasiones: 1977 y 1979. El Rey daba por terminada la transición; la transición habla sido

coronada.

Tres veces el Rey se había referido al mandato libre y pacífico del pueblo soberano. Fue el suyo un

discurso esperanzado y de integración, como luego reconociera el futuro presidente del Gobierno, Felipe

González. En las Cortes, los miembros más destacados de su Casa aseguraban que la columna vertebral

del texto era de la exclusiva responsabilidad del Rey, aunque la redacción final se debía, muy

probablemente, a la pluma de un periodista: Carlos Luis Alvarez (Cándido).

El Rey, a mi juicio, hizo una presentación perfecta de la legislatura: no es exactamente lo mismo un

discurso anual de la Corona, al uso y costumbre de los que pronuncia la reina de Inglaterra, que una inter-

vención escrita para inaugurar una nueva época parlamentaria. En España, todavía no exite costumbre de

que el jefe del Estado se comprometa verbal y públicamente con los planteamientos políticos de la ma-

yoría parlamentaria. Por eso, los discursos son distintos.

Puede decirse en cualquier caso que el de ayer fue el día de la consagración política de la Monarquía

parlamentaria.

El PSOE, en boca de su presidente de las Cortes, Gregorio Peces-Barba, ha pasado oficialmente del

«juancarlismo», como expresión reconocida de los valores democráticos del Jefe del Estado, al compro-

miso con un sistema constitucional que, según afirmaba el presidente del Congreso, trasciende de la per-

sona que coyunturalmente encarna la Corona.

Esta es la principal valoración que puede hacerse de las palabras del presidente de las Cortes Generales,

que fue más extenso que el propio Rey y que construyó un discurso a medio camino entre lo erudito y lo

pretencioso, en el que abundaron las citas germanas y faltaron las españolas. Peces-Barba pidió a los

expertos, a los técnicos, que se empleen en la tarea de «hacer una teoría genera! de la Monarquía

parlamentaria», una labor que puede quedar como aportación original en los manuales modernos de De-

recho Político.

El Rey había llegado al Palacio de las Cortes con veinte minutos de retraso. Antes, habían ocupado sus

lugares protocolarios personajes de la diplomacia, la política, la cultura, la milicia y la Iglesia. El Rey se

encontró, esta vez, con un Parlamento diferente, ocupado por una gran masa de diputados socialistas,

vestidos mayoritariamente de azul, salvo la aportación obrerista y atípica del «sin-corbatísmo» de Nicolás

Redondo. En la derecha del ´hemiciclo, los parlamentarios de Alianza Popular, de edad más bien

avanzada, recordaban los tiempos felizmente olvidados de las Cortes orgánicas; tanto es así, que un

socialista sugería: «Sólo faltan los obispos y los procuradores saharauis.»

Juntos los dieciséis de-mocristianos de Osear Alzaga, figuraban una isleta en la enorme mancha con-

servadora. En la cabecera presidencial, el nuevo escudo constitucional inscrito brillantemente en un re-

postero de la Real Fábrica de Tapices, que ha sustituido con ventaja al antiguo bordado por la Fundación

del Generalísimo. Era, pues, una escenografía diversa que el Rey llenó con un discurso de mayor tras-

cendencia que en ninguna otra ocasión.

Aplausos

El único aplauso fue, esta vez, iniciado y luego seguido por una «claque» reducida, que´ respondió cuando

Don Juan Carlos se refirió al «mutismo glorioso» de unos Ejércitos, de unas Fuerzas de Seguridad, que no

contestan a la violencia infame del terrorismo con la sinrazón irracional del justicialismo de propia mano.

Algunos quisieron ver en esta llamada del Rey una alusión directa a los últimos comportamientos del

empresario Otarra, o al apoyo del líder de la minoría, Manuel Fraga, pero, a mi juicio, y aunque justo es

reconocer que este discurso real estaba plagado de mensajes oportunos, no estaba escrito para contestar

indirectamente a los deslices de políticos venales o empresarios filogolpistas.

El gran mensaje del Rey puede resumirse en tres conceptos: prudencia, libertad y normalización.

Prudencia solicitó de los nuevos gobernantes para responder a la confianza que en ellos ha depositado el

pueblo español. Libertad — dijo — , para replicar desde la moderación a las minorías que quieren em-

plear procedimientos violentos para imponer sus ideas, las ideas que había entrecomillado Peces-Barba

para descalificar las pretensiones políticas de simples liberticidas. Y normalización, reclamó el Rey, para

construir el futuro y asentar, firme y permanentemente, el Estado democrático.

Tranquilidad

En el momento clave de su discurso, el Rey interpretó cuál era la aspiración del pueblo mismo: el ro-

bustecimiento de su tranquilidad. No era ésta una palabra vana dicha en un escenario que en la anterior

legislatura sufrió el asalto agresivo de los violentos.

El realizador de la televisión prestó un homenaje a la paz cuando dirigió sus cámaras hacia la techumbre

horadada del hemiciclo, en la que aún restan los destrozos de los tiros de Tejero. La tranquilidad popular

puede establecerse definitivamente cuando este país, antiguo y escép-tico ante todas las promesas, vea

que sus instituciones se consolidan con seguridad, como también pidió el Rey en su discurso de la

esperanza. No fue casual que toda la salutación real estuviera teñida de un color confiado en el porvenir

más inmediato y que Don Juan Carlos felicitara y se felicitara «porque tenemos motivos para estar

agradecidos y satisfechos por la forma ordenada, libre y pacifica en que se ha manifestado la voluntad de

los españoles».

Las Cortes de ayer representaban, en resumen, el triunfo de la legitimidad democrática y de la Monarquía

parlamentaria, dos conceptos que trascienden el lenguaje técnico del constitucionalismo legalista y se

enraizan en los sentimientos más nobles, y ya duraderos, del pueblo español.

 

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