Autor: Santos, Carlos. 
 Representantes de todas las instituciones se dieron cita en las Cortes. 
 Calurosa ovación del Parlamento al discurso del Rey Juan carlos     
 
 Diario 16.    26/11/1982.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

Representantes de todas las instituciones se dieron cita en las Cortes

Calurosa ovación del Parlamento al discurso del Rey Juan Carlos

Diputados, senadores, presidentes autonómicos, jefes militares, obispos, magistrados y representantes de

todas las instituciones, ovacionaron ayer calurosamente a la más alta institución, la Monarquía, en el

transcurso de la solemne apertura de las Cortes.

Al finalizar el discurso del Rey Juan Carlos, el. Parlamento en pleno y los invitados dedicaron una larga

ovación a la Familia Real. Previamente, también habían sonado aplausos, cuando el Rey expresó su

reconocimiento a las Fuerzas Armadas.

Carlos SANTOS

Madrid — La «solemne sesión de apertura» del nuevo Parlamento, surgido de las urnas el 28 de octubre,

respondió al pie de la letra al adjetivo que le otorga el reglamento del Congreso y fue, desde el principio

hasta el final, un acto cargado de solemnidad.

Una hora antes de que llegara el Rey, los escaños y las tribunas comenzaron a llenarse de gente y a las

once y media, en un insólito ejercicio de puntualidad, todos los diputados y senadores estaban en sus

sitios.

No parece probable que el nuevo presidente del Congreso, Gregorio Peces-Barba, logre mantener durante

mucho tiempo estos usos y poner en hora a los miembros de la Cámara. Los diputados, acostumbrados al

timbre y a la mega-fonía («rogamos ocupen sus escaños, se va a proceder a votación») suelen tomar los

horarios como algo indicativo más que preceptivo.

El ambiente

De momento, ayer, la sesión funcionó como un reloj. Y al!! estaban todos, esperando, media hora antes

de la llegada del Monarca. Los miembros del Gobierno ocuparon por penúltima vez —aún queda ¡a

investidura— ios escaños azules de ¡a primera fila. Y Felipe González se sentó, también por penúltima

vez, en el escaño número 44, desde el que ha dirigido a la oposición durante los últimos cinco años.

Ayer ya estaba cada grupo en su sitio. El popular, a la derecha del presidente; el socialista, a la izquierda.

Las minorías, en la franja intermedia.

La nueva legislatura, que es la segunda (la de 1977 fue constituyente y la de 1979, la primera), introduce

variantes cromáticas respecto a las anteriores. Poco a poco, la vestimenta de los parlamentarios —e,

incluso, de los periodistas— se va decantando ´hacia los tonos oscuros.

El silencio

Queda ya lejos la policromía de los bancos socialistas en el verano de 1977 y se consolida de modo defi-

nitivo la corbata. Solamente Nicolás Redondo y Miguel Ángel Martínez, socialistas, se presentaron ayer

sin el socorrido artilu-gío. Martínez, sin embargo, vestía un sorprendente terno oscuro con chaleco,

superados los tiempos en que entraba al Congreso con sandalias y la camisa por fuera.

Los murmullos previos se trocaron en solemne silencio a las doce menos dos minutos, cuando el Rey, la

Reina y el Príncipe Felipe se instalaron en la presidencia del Congreso, flanqueados por los presidentes de

las dos Cámaras. Junto a ellos, ias Mesas del Congreso y Senado, y algunos ietrados.

Rompió e! silencio Gregorio Peces-Barba con un discurso denso, de ocho folios, que desarrolló en diez

minutos.

El Parlamento en pleno coreó con fuerza los tres «vivas» dados por Gregorio Peces-Barba al final de su

discurso: Al Rey, a la Constitución y a España. Luego hubo aplausos para el presidente del Congreso, su-

brayados por los ocupantes de las tribunas, con excepción de algún invitado uniformado.

El Rey

A las doce y diez minutos comenzó a hablar el Rey, que durante un cuarto de hora mantuvo el silencio y

la expectación de todos. Las dos infantas, Elena y Cristina, lo escuchaban desde la tribuna, donde había

varios miembros más de la Familia Real: El conde de Barcelona, los duques de Soria, el duque de Cádiz...

Casi al final, al hablar de las Fuerzas Armadas («desde aqu´i les expreso mi admiración, mi respeto y mi

reconocimiento»!, un diputado del grupo popular, situado inmediatamente detrás de Fraga, inició un

aplauso, inmediatamente secundado por miembros de todos los grupos, que llegó a transformarse en una

auténtica ovación.

La ovación real, definitiva y absoluta, fue sin embargo a! final, cuando Don Juan Car/os había acabado de

desarrollar su discurso, unánimemente calificado como «integrador».

La Cámara entera, en pie, lo aplaudió con fuerza, con calor, con expresividad y con emoción. Fue un

aplauso rotundo, contundente, no un aplauso de circunstancias. Solamente dos personas no llegaron a

participar: los diputados vascos Iñigo Aguirre y Carlos Robles, que permanecieron en pie, en silencio, con

actitud de respeto.

Las tribunas

Por lo demás, los aplausos ganaron terreno en las tribunas, hasta convertirse en unánimes. Las tribunas,

por cierto, presentaban ayer un aspecto especial. En contraste con otras ocasiones, en las que llegaban a

parecer mayoría las esposas y familiares de ministros y diputados, la solemne sesión de apertura contó

con la presencia de las más altas instituciones de la nación: Los miembros de la JUJEM, los cuatro

presidentes de las autonomías constituidas (Pujol, Garaicoechea, Escurado y Fernández Albor), el alcalde

de Madrid, el decano del Cuerpo Diplomático, los máximos responsables policiales, el Tribunal Supremo,

el Tribunal Constitucional...

Tierno Galván compartía tribuna con Aramburu Topete. El obispo Díaz Merchán dialogaba con eí

socialista Escuredo... y una señora, de apacible elegancia, sonreía y observaba, desde la tribuna de invita

dos varios, el solemne debut de su hijo, el presidente de! Congreso, Gregorio Peces-Barba,

 

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