El discurso de investidura     
 
 ABC.    01/12/1982.  Página: 10. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

OPINIÓN

MIÉRCOLES 1-12-82

El discurso de investidura

El pragmatismo, el juego de la posibilidades, el agobiante peso de la realidad ha sido el eje del discurso

de investidura pronunciado ayer por don Felipe González. Gladstone sostenía que había una línea, apenas

perceptible entre la oposición y el poder, la misma que separa el deseo y la realidad. Don Felipe

González, que se dirig´ía a los representantes de la soberanía nacional, era escuchado por la nación

misma, directamente, a través de la televisión. Hablaba a una nación abrumada por la crisis económica,

con un sistema democrático todavía inestable, sometida a la presión internacional y al terrorismo,

inexperta en los hábitos y seguridades de la sociedad industrial. Don Felipe González es el primer

presidente socialista, el primero de un partido que, por primera vez en cien años, llega, en solitario y por

amplia mayoría, al poder. Los problemas de la nación son tantos y tan graves que don Felipe González

cuenta, por ello mismo, con el respaldo de la prudencia colectiva que —a derecha e izquierda- habrá de

ayudar con-dicionalmente al Gobierno emanado de la elección popular.

En este marco general, la primera sorpresa que depara la intervención de don Felipe González es su

pragmatismo y su moderación. Un observador ajeno a los antecedentes del problema vería en esta lectura

de setenta y dos minutos el compromiso de un político de centro progresista, cuyo sentido de la realidad

le hace buscar como primer objetivo la supervivencia. Por eso hay que considerar aquí el eco de la voz no

transitoria, sino histórica y permanente, que resonara en la Cámara sólo cuatro días antes, reclamando por

encima de la política diaria prudencia y sentido del Estado. Don Felipe González parece haber captado

esa llamada. Por eso, lejos de todo compromiso y de todo maximalismo doctrinat, ha hablado en, desde y

para la realidad.

Como no se trataba de lograr una votación favorable para la investidura, que está suficientemente

asegurada por la mayoría socialista, el discurso ha sido mucho más circunstancial que polémico. Y ha

resultado, por ello, mucho i más rico en proclamaciones descompro-» metidas que en anuncio de un pro-

grama concreto. En este aspecto constituye una respuesta muy medida a las exigencias de la situación.

El mensaje es, no obstante, de contenido desigual. Hay que leer detenidamente, en sus giros de expresión

y en las habilidades de la omisión, los capítulos dedicados a la economía nacional y la política exterior

que constituyen, a nuestro juicio, las dos claves de éxito o fracaso para el Gobierno socialista. En la

política económica, el señor González no ha hablado de nacionalizaciones ni de intervención sindical en

la dirección de las empresas. No se ha mostrado expansivo, sino crítico al hablar del déficit público, y ha

roto vina lanza por la competitividad (frente a «las potentes empresas de los países de nuestro entorno»),

lo que equivale a reconocer la superioridad del sistema que produce más calidad, más renta, mejor

tecnología y mayor libertad. Ese tono de patente moderación empleado para el tratamiento de los

problemas económicos permitiría suscribir esta parte del discurso a un partido conservador. No lo

subrayamos como censura, porque el signo de las principales magnitudes económicas impone al nuevo

Gobierno, al menos en principio, una estrategia de colaboración con el empresariado, único sector capaz

de relanzar la economía.

En el capítulo de la política exterior, no ha habido concesiones tópicas al neutralismo, sirio una

inclinación visible hacia Europa. También aquí los hechos pesan más que las especulaciones

programáticas. Don Felipe González ha hablado de adecuar nuestra relación con el bloque atlántico y los

Estados Unidos a las necesidades de España. Pero no ha hablado de futuros referenda ni de denunciar

tratados. Ha hablado de los intereses permanentes de la nación y ha pedido que esos intereses prevalezcan

sobre las concepciones partidistas. También aquí ha imperado el pragmatismo.

El más claro mensaje de don Felipe González con ocasión de su discurso de investidura se contiene fuera

del propio discurso. Aparece en una breve declaración a los periodistas en el mismo Congreso de los

Diputados. -Necesitamos varios meses», vino a decir, «para conocer y analizar la realidad con la que nos

encontramos».

Sobre la corresponsabilidad del Partido Socialista en el lado negativo de muchas de las realidades

nacionales, resulta ciertamente difícil articular ninguna suerte de lenguaje triunfal a ! la hora del relevo en

el poder y en el ´ momento de recibir la entera responsabilidad de lo que se haga a partir de ahora.

Hay que advertir otras limitaciones impuestas por la realidad al nuevo presidente. Los diez millones de

votos conseguidos por el PSOE el 28 de octubre y a los que don Felipe González se ha referido con

reiteración no son sola-; mente la materia de una mayoría inédita; constituyen en términos de coherencia

política el formidable problema de conciliar el peso ideológico de cien mil militantes, expresado y

traducido en el programa electoral, y la gravitación de esos mismos diez millones de votos. El programa,

podría decirse, se hizo para los militantes. Para los electores se montó la campaña electoral. En la víspera

de su llegada al Gobierno, cobra todo su sentido el impreciso discurso —ni prioridades, ni plazos, ni

cifras— pronunciado por el líder socialista en la tarde de ayer.

 

< Volver