Autor: Flores, J.. 
   Hay que acabar con Dalí     
 
 El Alcázar.    26/03/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

HAY QUE ACABAR CON DALI

EN una de esas revistas, mitad señoras en cueros mitad letra imprensa en basura rencorosa, comencé a

leer un artículo sobre Salvador Dalí. El tal artículo se iniciaba con unas frases insultantes contra el pintor

de los bigotes engomados al que venía a denominar como pésimo pintor y payaso franquista. Miré la

firma del "genial" articulista y al comprobar que se trataba de ese individuo que ni es escritor, ni artista, ni

play boy, ni nada, pero que es un poco como raspaduras de todo eso, llamado José Luis de Vilallonga, ya

no leí más, porque hasta las tragedias tienen un límite.

Salvador Dalí era ya alguien mucho antes de que elogiara al Caudillo y muchísimo antes de que a

Vilallonga le comenzara a oler la cabeza a pies. Y Salvador Dalí, excentricidades astutas aparte, es

alguien que tiene acreditado un puesto en la historia del arte. No del arte comprometido y oportunista

político, sino del otro, del arte-arte.

No es cosa de hacer una biografía de ese pequeño Grande de España, renegado él y sanguijuela de la

sociedad capitalista desde los tiempos en que lo destetaron, pero conviene hacer una reflexión sobre

la importancia que tiene la prensa manejada para arrojar a una personalidad a las tinieblas exteriores o al

silencio más absoluto que es otra especie de muerte. Y el silencio-ley impuesto por la internacional de

turno pretende acabar con Dalí, porque Dalí no ha hecho más política que la suya propia, se ha declarado

español y catalán, ha dicho que admira al Caudillo, no ha firmado papelitos pidiendo cosas ni se ha

agarrado al carro de los neopolíticos para sustituir la falta de categoría con la propaganda y la demagogia.

Dalí es Dalí desde hace tiempo y su "inteligente paranoia" es mas fuerte que todos los Vilallongas y

demás hienitas literarias que pretenden sepultarle artísticamente en vida.

Creo que Vilallonga debería dedicarse a su habitual vida de gorrón profesional y en todo caso a escribir

libros que dedique a elementos sublimes como El Campesino, a quien dedicó un libro en su día, o a La

Pasionaria o al hijo de Wenceslao Carrillo. Y así el ridículo lo hace por zonas menos comprometidas.

Hacer lo contrario es querer derribar las pirámides de Egipto a cornadas.

Imagino que si Dalí se enterara de lo qué Vilallonga dice de él.

comentaría la hazaña del afrancesado poco más o menos así: "Como hipotética hipérbole freudiana, el

páncreas del erizo de mar vate más que la indescriptible y apergaminada piel de ese rascaplumas" Y se

largaría a pintar "el nacimiento de Venus" al Machu Pichu.

J. FLORES

 

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