El futuro de España en la OTAN     
 
 ABC.    07/11/1982.  Página: 18-19. Páginas: 2. Párrafos: 6. 

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OPINIÓN

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El Muro de España en la OTAN

Que España se integre definitivamente en la OTAN o salga de la Alianza es hoy la primera gran prueba,

el verdadero punto de contraste del socialismo español. Y lo es a pesar de la importancia secundaria que

el elector medio da a los temas de defensa y política exterior. La condición contradictoria del partido

perdedor de las elecciones se manifiesta también en una paradoja: UCD ha sido capaz de llevar a España

hasta la Alianza Atlántica, pero no ha sabido explicar la necesidad nacional de permanecer en ella.

El resultado electoral crea un compromiso grave para la acción exterior de España, al reaparecer la

amenaza de la salida de la Alianza. Y, sin embargo, el hecho del abandono español no está ni mucho

menos claro.

Por varias razones.

En primer lugar, hay, tras la victoria socialista, una impresión entendida en el exterior acerca del carácter

más verbal que real de la política antiatlántica del PSOE; en segundo lugar, parece clara la oportunidad de

la oposición, decidida a convertir en caballo de batalla la permanencia española en la Alianza,

precisamente porque es un flanco débil del PSOE; en tercer lugar, hay un riesgo de gran desgaste político,

cuando las Fuerzas Armadas han optado institucionalmente por la integración y han levantado bandera en

el cuartel general de Bruselas; por último, existe la no despreciable y muy saludable presión exterior.

Y éste es un punto que se conoce particularmente mal en nuestro país, por la proclividad de UCD a

plantear sus campañas en el terreno de las pequeñas querellas en vez de defender las grandes opciones

nacionales, susceptibles de movilizar el voto. La cuestión de fondo, muy compleja, puede, no obstante,

resumirse: dentro y fuera de nuestras fronteras crece hoy la inquietud ante un eventual regreso de España

al aislamiento. La alianza suscrita en 1982 con Europa y Norteamérica es el paso de mayor alcance dado

por España fuera de sus fronteras desde que caen sobre nuestro país, tras la liquidación de la Europa

napoleónica y el Congreso de Viena, más de cien años de soledad. La entrada en la Alianza no es sólo el

fin de ese alejamiento: es también la superación de un pacto desigual y problemático con Estados Unidos.

Y es, en definitiva, la integración en nuestro verdadero entorno: la sociedad industrial y democrática de

Occidente. Fuera de ese marco no hay posibilidades de seguridad militar, de superación de la crisis, de

intercambio comercial, de progreso tecnológico. La dirección del Partido Socialista está, en estas vísperas

de su llegada al Gobierno, en pleno regreso, desde la antigua propuesta en favor de una España no

alineada a una occidentalización abierta. Habrá que ver cuál es la reacción de las bases y los cuadros

medios del partido. En todo caso, antes de que la polémica resurja es indispensable reconsiderar sus datos

básicos.

La OTAN es mucho más que una alianza defensiva: es una organización mancomunada para la defensa

de los países libres de Europa, frente al expansionismo de la Unión Soviética. Esa mancomunidad, creada

bajo el poder disuasorio de Norteamérica, fue vista desde el lado español, en sus primeros años, «como un

pacto que puede ser garantía de paz para todo el mundo y una promesa de libertad». Las palabras

entrecomilladas, que corresponden a Indalecio Prieto, definen, a la altura de 1952, el compromiso

fundacional de la Alianza con la defensa de las libertades. Por eso los socialismos democráticos que han

gobernado en Europa han sostenido, con las excepciones obligadas de Suecia y Austria, la razón de ser de

la Alianza, con tanta convicción como la han defendido los partidos liberales o conservadores. Un partido

europeo que se reclame defensor de las libertades no puede separar a España de la OTAN sin crear una

grave quiebra en el sistema de contrapesos sobre el que se mantiene el equilibrio internacional. El PSOE

debe valorar detenidamente ese riesgo.

El segundo argumento de la izquierda es que España, nación neutral en las dos guerras mundiales, debe

preservar esa neutralidad: pero ése es un argumento sin valor cuando España es, de hecho, una nación

comprometida con el bloque occidental por sus acuerdos con Estados Unidos. No es pensable que un

partido, que acaba de demostrar su capacidad política, pueda comprometer la relación con Norteamérica.

La separación de la OTAN nos llevaría a una auténtica ruptura exterior, pero la separación de

Norteamérica nos liquidaría como nación industrial. Sería un acto contra la naturaleza de las cosas,

impensable en una organización

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política capaz de conquistar en las urnas el Gobierno de una nación europea.

La tercera cuestión es la persistencia de la amenaza soviética: en plena crisis de sucesión de Breznev,

parece afirmarse la estrategia expansiva del aparato militar ruso, en paralelo con su influencia creciente en

las decisiones. Mientras el poder personal no sea redistribuido, los mariscales se impondrán sobre el

partido, y el conserva-tismo de los dirigentes civiles cederá, al menos durante los primeros años de la

nueva etapa, ante esa omnipresencia militar, ya evidente en Afganistán, Polonia, Vietnam o Angola.

En esta delicadísima transición el equilibrio de fuerzas puede romperse sin la reserva logística y la

plataforma estratégica de la Península suroccidental de Europa, que, con las Islas Británicas, asegura la

defensa del Continente tras una primera penetración soviética.

Queda el argumento del coste: desde las áreas más radicalizadas —sobre todo desde el PCE— se ha

insistido en el precio insostenible que la adhesión a la Alianza representa. Aquí no nos hallamos ya ante

una materia opinable, sino ante cuestiones de hecho: la única obligación económica que comporta la

integración en la Alianza es la cuota anual con que los países miembros costean la estructura de la

Alianza. Esa cuota, que es negociable, es mínima si se compara con la cifra global del presupuesto de

Defensa. España gasta en sus Ejércitos 410.000 millones de pesetas al año, con lo que el coste anual de

nuestra permanencia en la Alianza —algo más de 4.500 millones— se cifra en un irrelevante 1,1 por 100

de nuestro presupuesto militar. Irrelevante, sobre todo, si se traduce lo que en seguridad y presencia

internacional significa nuestro asiento en la mesa de las decisiones donde se juega la suerte de Europa.

 

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