Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Epístola a los filipenses     
 
 ABC.    07/11/1982.  Página: 20. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

OPINIÓN

DOMINGO 7-11-82

Escenas políticas

Epístola a los filipenses

Demasiado bien sé yo, y algunas veces escribo de ello, lo amigos que somos los españoles de meter la

religión y la política dentro de la misma artesa. La Historia nos las ha dado juntas tantas veces que

parecemos incapaces de separar al agua del aceite. Ocho siglos de reconquista en guerra santa. La cruz y

la espada. Obispos que se arremangan la sotana para montar el caballo del guerrero. El martillo de herejes

y la luz de Trento. El brazo armado de la Cristiandad. El Cristo de las Victorias en la nave capitana.

«Estos son mis poderes», y el cardenal enseña los cañones. Don Fernando el Católico ordenando a su

embajador en Nápoles que si aparece correo del Papa con bula de excomunión, «ahórquesele en seguida»,

que hasta Quevedo tuvo que venir con el árnica. Las «dos banderas» de Ignacio de Loyola. «Mueran los

liberales» y «Vivan los curas». Y así hasta casi nuestros días. La pastoral conjunta y la boina de monseñor

Añoveros. Y ayer no más el «Tarancón al paredón», el fajín de capitana generala de la Virgen del Pilar, o

el viaje de don Francisco Fernández Ordóñez a Toledo, que se quedó repicando, pero sin ir en la

procesión. Y por el otro lado, la viceversa. -Si los curas y frailes supieran la paliza que les van a dar», y la

que les dieron, madre. Y don Manuel Azaña anunciando «urfici et orbe» que España había dejado de ser

católica, que Santa Lucia le haya conservado la vista.

Don Felipe González, que tanto ha bebido estos pasados días electorales en el manantial de Azaña, habrá

tenido quizás ocasión de encontrarse con la frase. Y después se habrá encontrado con que el Papa ha

venido, y Madrid era una fiesta, y Sevilla era una feria, y Ávila era una pascua, y Javier, un jubileo, y

menos mal que ha venido cuando ha venido y no cuando iba a venir. Y nosotros con estos concejales. Al

menos el señor alcalde, viejo profesor de leyes y humanidades, inclina la cabeza en ángulo de veinte

grados y musita latines de !a liturgia preconciliar, pero estos zoquetes de concejales que no aprenden

manera y saludan con la siniestra en el lumbago y la derecha de trapo, mientras su pueblo grita y clama y

vitorea y llora y enronquece, y el delirio, que torpes, que no saben estar con compostura en la crónica, ni

siquiera un instante para que los saque la televisión, que parece que se han puesto aquel corsé de

Goicoechea para hablar en el Congreso, pasando ante Juan Pablo II, hola, buenas, qué tata de cura polaco,

mientras las pancartas y las músicas escribían en el aire el «Tú es Petrus», aquel pescador que no llegó a

concejal.

Demasiado sé yo todo eso, y seguramente por saberlo, no quería escribir del Papa en un papel que lleva

por título el de «Escenas políticas». Pero lo han metido, no a él, sino su nombre, en la política, primero

porque venía cuando íbamos a votar y ahora porque habla después de haber volado. Y mientras las gentes

escuchan y aclaman, tres o cuatro le desmenuzan las palabras y le califican los discursos como si el Papa

hubiese venido, como ellos, a ganar las elecciones. El Papa les dice a las familias que no rompan el

matrimonio, y a las madres que no maten a sus hijos, y a los padres que no pierdan la libertad de educar

en sus convicciones morales a los que han traído al mundo, y se ponen a ver si eso coincide o no con lo

que han metido don Alfonso Guerra o don Pablo Castellano en el programa de las elecciones. Y después

habla de la explotación del hombre por el hombre, y del derecho que todos tenemos al trabajo, y del deber

de respetar las leyes de la convivencia, y de la violencia que degrada al que la padece y al que la practica,

y entonces el Papa ya no es una antigualla moral, ni un cura rural que viene desde el medioevo, ni un cura

polaco que llega con los prejuicios de aquel marxismo que mandó a los soldados a arrancar las cruces,

sino un progresista que vive en su tiempo. Y cuando a los periodistas nos dice que conservemos el secreto

profesional, hay algunos que reciben la doctrina como si fuese una bula para injuriar sin pruebas y para

calumniar sin pena, y escondemos en la letra pequeña la exhortación a que no disfracemos la verdad.

Algunos parecen pedir al Papa que antes de repetir esas palabras que la Iglesia viene predicando desde

hace veinte siglos las ajuste a ese programa que los socialistas improvisaron anteayer. Algunos están

queriendo pasar al Papa por el tribunal de la inquisición política, como si, de aquí en adelante, los

católicos españoles no tuvieran derecho a escuchar la doctrina de la Iglesia y la verdad del Evangelio en

aquello que se oponga a los programas de su partido. Algunos se han confundido y se han llenado de

susto porque creen que cuando el Papa citaba la «Epístola a les filipenses", estaba dictando una epístola a

los felipistas.

Las gentes, el pueblo, por otro camino, por otro camino más ancho y más alegre, y más emocionante, qué

maravilla, el Papa está en Sevilla, en la Sevilla de Felipe, pero eso es otra cosa, tío, o está en el estadio

que revienta de juventud, que allí está escuchando el viejo programa de las bienaventuranzas, la

buenaventura de los pobres, de los mansos, de los que sufren, de los limpios de corazón, y a uno se le

caen los palos del sombrajo, porque otra vez los políticos van por un lado y el pueblo va por otro, y ellos

los políticos se asustan y se ponen pálidos a! ver a este Papa que no empieza sus discursos con el «yo

diría» ni con el «vamos a hacer», sino con el «Jesús dijo» y el «vamos a rogar», y que sólo pide amor a

los demás y no ofrece otra cosa que puñados de luz, y que predica un cambio que viene desde los siglos y

que con sólo esas palabras llena las calles, convierte las plazas en hormigueros, y convierte los campos en

ciudades.

Está bien que la política y la religión vayan por caminos diversos. Está bien que el Papa no haya venido a

España cuando las ciudades, los pueblos y las aldeas estaban llenas de esas «mentiras electorales» de que

habla don Enrique Tierno, para que nadie cayese en la tentación de tomar las verdades evangélicas para

echarlas a luchar en la brega electoral contra las mentiras políticas. Pero también sería bueno que nadie

quiera ahogar con palabras políticas, que ayer no eran nada y mañana serán verduras de las eras, las

palabras que desde los padres de nuestros padres pasarán a los hijos de nuestros hijos.

Dicen que los españoles somos más papis tas que el Papa, y seguramente es verdad En esta ocasión, los

más papistas, por más intransigentes y más inquisitoriales, son esos que han creído que la epístola a los

filipenses era una epístola a los felipistas. Aunque también es verdad que a les felipistas les vendría bien

leer la epístola a los filipenses.—Jaime CAMPMANY.

 

< Volver