El relanzamiento nacional     
 
 Diario 16.    30/10/1982.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 21. 

30-octubre-82/Diario 16

EDITORIAL

El relanzamiento nacional

UN análisis profundo de los datos, la significación y las consecuencias de los resultados electorales nos

llevaría a colocar los comicios del 28 de octubre de 1982 bajo un signo tan esperanzador como difícil y

tan arriesgado como definitorio: el relanzamiento nacional.

Tres elementos marcarían con toda claridad ese profundo movimiento de la sociedad española. En primer

lugar, la energía con la que la sociedad ha respondido al reto gol-pista, acudiendo masivamente a las

urnas en un acto que no es sólo defensivo ante esos pocos galones sin sentido, sino de auténtico

contraataque popular y democrático, y ello tanto por la derecha como por la izquierda. Esa energía

democrática ha dejado en ridículo a los padrinos de Tejero y hará meditar seriamente a cualquier militar

de alta graduación tentado por la salvación de una patria que no quiere que la salven de sí misma.

En segundo lugar, como motor espiritual de este relanzamiento, sobresale la capacidad de ilusión y

confianza que el pueblo español tiene y exige de sus líderes. Lo prueba el modo en que se ha volcado

sobre las alternativas que ofrecían algo más que gobernabilidad estatal: horizonte y sentido para la

comunidad histórica hispana.

En tercer lugar, y fruto de la energía y (a confianza en sí misma de España, es de señalar la profunda

reorganización de las fuerzas políticas nacionales, que prueban la enorme vitalidad de nuestra política,

tanto la profesional como la de pura opinión. Este elemento sociológico es el más complejo de analizar,

porque todavía no está totalmente concluido.

La alternativa nacional del PSOE

Si se contemplan despacio el programa expuesto y los electores conseguidos por el partido vencedor, el

PSOE, se comprobará hasta qué punto el elemento nacional y popular ha sido decisivo en la

configuración de su victoria.

La tradición federalista del PSOE le permite, además, mantener, especialmente en las comunidades

autónomas más nacionalistas, un «españolismo» que se diferencia del de la derecha por su nulo

exclusivismo y su intachable raíz democrática.

Hasta el poco aceptable componente aislacionista de su programa —dificultades para la integración

militar en la OTAN, etcétera— va revestido por una retórica del «interés nacional», que ha prendido en lo

que se ha revelado como su gran filón electoral: el centrismo.

Los principios de su alternativa partían precisamente de una negativa al colectivismo acentuando el

carácter colectivo del esfuerzo a realizar «para sacar a España adelante». Ello les ha proporcionado un

apoyo mesocrático en zonas agrarias históricamente «impermeables», como Castilla y Aragón.

Esa proyección del carácter nacional de la alternativa socialista ha quedado paladinamente demostrada en

el ámbito discursivo, con la progresiva imitación, por parte de Felipe González, del estilo ético

nacionalista de la oratoria de Manuel Azaña, particularmente en sus últimas intervenciones por TVE y en

directo. Lo mismo ha sucedido en el aspecto simbólico, reclamando la propiedad legítima de la bandera

nacional (a la que se empeñan algunos en llamar constitucional, cuando lo único constitucional sería, en

todo caso, su nuevo escudo). Y en la asimilación de su victoria ha privado el anticlasismo sobre el

obrerismo y hasta sobre el populismo barato.

Por ota parte, basta comprobar sus casi diez millones de electores para entender que el PSOE ha con-

seguido o ha recibido el empujón, el voto de confianza y el respaldo del grueso de la nación. Un

movimiento de votos de este calibre sobrepasa cualquier ámbito ideológico, de interés o de procedencia.

Es de esperar que, cuando los líderes del PSOE analicen su éxito en Canarias, Andalucía, el País Vasco y

Cataluña, sepan comprender hasta qué punto está ahí el pensamiento profundo de un colectivo histórico

que ha entendido que o nos salvamos juntos o no nos salvamos.

La segunda fuerza política. Alianza Popular, recoge, evidentemente, parte de ese impulso histórico del

pueblo español, y, en concreto, et de los que, participando de las mismas inquietudes que sus

compatriotas, entienden que la alternativa socialista no es la solución al desgobierno centrista.

Aunque la agresiva figura de Fraga pueda concentrar la crítica de los observadores, es importante

constatar que ese aspecto caudillista —paralelo al de Felipe González— va acompañado, en la respuesta

general obtenida, por un notable esfuerzo sociológico, visible en la mayor parte de los organizadores del

partido en los pasados dos años y en los refuerzos del PDP y otros.

Acaso lo más importante del éxito fraguista, aparte de la dimensión personal, estribe en que su oferta

conservadora no se plantea como revanchista en que no tiene una base sólo rural, sino urbana, y en que ha

sabido captar muchas inquietudes juveniles provenientes del nacionalismo ultraderechista, dejando así a

los pinares y tejeros desprovistos no sólo de base social, sino también de base intelectual, emocional e

ideológica.

Es importante que el PSOE sepa entender este fenómeno importantísimo del surgimiento de un bloque

genuinamente conservador y que institucionalice con énfasis y hasta con halago esa «leal oposición de Su

Majestad» que ha de asumir el tremendo político gallego.

Defunción centrista y funeral comunista

Sobre los grandes derrotados, los centristas —empezando por el partido de Suárez— y los comunistas, no

cabe si no decir cosas crueles y, seguramente, innecesarias. Cuando un líder no sabe retirarse

definitivamente —como Carrillo—, su partido acaba por pagar las consecuencias. Cuando un líder que se

ha «quemado» en su función histórica —como Adolfo Suárez— se empeña en aprovechar los elementos

adjetivos de su imagen y sus relaciones particulares para volver a demostrar a la nación su garbo político,

merece de sus compatriotas el solemne revolcón que ha recibido. En su haber queda el apuntillamiento

del centro institucional, de la extinta UCD, que, si hubiera podido sumar a sus votos los del suarismo

andante y ambulante, tendría dos docenas de parlamentarios y estaría en disposición de emprender la

reorganización del centro incorporando a los intelectuales y profesionales moderados que no queden

embaucados por el fraguismo rampante.

Por el momento, tanto el futuro del centro como el de los comunistas —la liquidación del PSUC merece

honores ucedeos— está en manos ajenas o enajenadas.

Cuando Carrillo entienda que el voto de izquierda va más allá del rojerío de antaño y que eso es uno de

los frutos históricos del PCE, emprenderá la retirada política a su domicilio. Cuando Suárez entienda que

todos los que se presentan a las elecciones son líderes del poder civil, tal vez entienda que el valor de un

día no hace la política de un año. Y si los budas centristas descalabrados aprenden la lección y pasan unos

años estudiando sus errores, tendrán la satisfacción de que nadie los eche de más, si es que alguien

pudiera echarlos de menos.

La esperanza catalana y la clavo vasca.

Importantes en extremo son los resultados en las comunidades autónomas catalana y vasca. En ambas se

advierte, particularmente en Barcelona, un despertar del voto «españolista» contra el infantilismo

nacionalista y excluyente del PNV y de CIU. Ello no obsta para que ambas se consoliden como grandes

fuerzas sin las que resulta impensable gobernar bien España.

En Cataluña, el refrendo popular a una mayor y mejor colaboración con Madrid es doble: «nacionalista» y

«estatalista», por lo que cabe esperar una profunda reintegración de raíz camboniana, del catalanismo a

las labores estatales. En el País Vasco, junto a la «bunkerización» de Herri Batasuna, se abre la

posibilidad de una negociación a tres bandas: Madrid-París-Vitoria. El afianzamiento de Euskadiko

Ezkerra debe llevar al PSOE a la generosidad y la eficacia de un gran pacto anti ETA que consiga el

apoyo eficaz de París a cambio de la colaboración leal en Madrid y Vitoria. Pero la filosofía de este pacto

debe ser humilde y sin reticencias. La LOAPA deben redactarla en cualquier caso las fuerzas que deben

asumirla, si es que se considera que debe existir. Aunque lo más sensato para todos quizá sería conservar

el espíritu a cambio de la letra.

Ahí, en el País Vasco, puede comenzar el relanzamiento político de la nación. Porque sobre la base de que

todos somos pocos para sacar a España adelante es fácil hoy llegar a un acuerdo sobre el problema

terrorista y su tratamiento político. Y porque todo éxito en ese terreno traerá consigo inmediatamente más

tranquilidad en los cuarteles y más confianza empresarial.

El PSOE ha sido elegido por el pueblo español para buscarle esos tres pies al gato de la crisis nacional.

Tiene con él un enorme capital político que administrar y ante él un pueblo que, como ha dicho su líder,

«merece todo nuestro sacrificio».

 

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