Autor: Gutiérrez, José Luis. 
   La victoria     
 
 Diario 16.    30/10/1982.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

GRITOS Y SUSURROS

José Luis Gutiérrez

La victoria

A medida que pasan las horas, lectores, resulta más sorprendente el abrumador resultado de las urnas.

Desde ese récord del casi ochenta por ciento de participación —más de dos puntos por encima de los

índices de 1977— hasta la victoria apabullante del PSOE, con casi diez millones de votos en sus arcas, las

cifras de estos comicios han vuelto a pulverizar los libros. La nómina de récords es inacabable.

Fraga señalaba el crecimiento de su partido —cuadruplicados los votos, y multiplicados por diez los

escaños— como sin parangón posible en la historia de los regímenes democráticos. Tenía razón, pero el

caso AP no es único, ni mucho menos. Como sigamos así, el Ginés, el «libro de los récords», acabará por

incluir a España en un opúsculo político de su próxima edición. Porque hay otros casos. Como, por

ejemplo, que de todo un Gobierno tan sólo un ministro salga elegido —¿Quién iba a ser? Pío

Cabanillas— y, más difícil todavía, que el presidente de ese Gobierno — Calvo-Sotelo, número dos por

Madrid— se haya quedado sin escaño.

Leopoldo, de todas formas, sabía va el resultado desde hace casi una semana. Todos los sondeos que

llegaban a la Moncloa apuntaban hacia este descalabro. Incluso, hubo momentos en que se temió que ni

siquiera Landelirio Lavilla obtuviera suficientes apoyos para salir elegido, al igual que Fernando Abril

Martorell, en Valencia, que se queda también sin escaño.

Así, pues, la UCD, aunque menguada a doce escaños —contando el que obtiene Marcelino Oreja por

Álava, formando coalición con AP—, dispondrá de grupo propio al rebasar el cinco por ciento de votos

exigidos.

LOS socialistas, por su parte, han logrado victorias espectaculares en circunscripciones de la meseta

habitualmente hostiles o simplemente vedados, como Valladolid, León o Palencia. Es notable su

recuperación en Cataluña, y muy principalmente en Barcelona, donde, de los 33 escaños a repartir-la

provincia de mayor número de asientos parlamentarios— han copado la cifra de 18.

De espectaculares podrían calificarse, asimismo, los resultados socialistas en el País Vasco, y en este caso

particular, el cómputo de votos final en Euskadi y la recuperación de fuerza electoral para los socialistas,

resulta tranquilizadora. No lo es tanto la otra realidad «abertzale», la de Herri Batasuna, que, aunque

pierde un escaño de los tres que obtuvo en 1979, gana, en cambio, cerca de treinta mil votos con respecto

a las cifras del mismo año.

Así las cosas, pues, los socialistas ya han anunciado, a través de Alfonso Guerra, su intención de gobernar

teniendo en cuenta a otros grupos parlamentarios.

El grupo centrista, presidido por Landelino Lavilla, es ahora tratado con una delicadeza exquisita por

parte de los dirigentes del PSOE, por lo que se presume que será potenciado frente a esa posible oposición

arriscada de los aliancistas de Manuel Fraga.

Y ahí están, por otra parte, los primeros mensajes de Felipe González y Alfonso Guerra.

Es maravilloso ese candor, la frescura de brazos abiertos de los socialistas, esa llamada a la participación

fraternal de las amplísimas capas socialistas —clases medias, trabajadores, intelectuales, pequeños y

medianos empresarios, la unánime presencia del mundo joven...— en la apasionante y sublime tarea de

sacar a este país adelante.

La juvenil contextura de la personalidad de Felipe, le hace poseer esa inusitada capacidad de absorción de

ideas y propuestas que capta y asimila con rapidez y que, con la mayor de las humildades te conoce,

cuando dice estar dispuesto a tomar nota de todas las propuestas válidas que se le formulen. Así, en sus

últimos discursos de la campaña, aparecen súbitamente los presupuestos más válidos del azañismo, la

necesidad de vindicar un nuevo impulso moral y regeneracionista, una «nueva frontera» ética que

impregne los nuevos modos de gobernar y hacer política en el cambio, propuesta recogida también en las

declaraciones de Alfonso Guerra en la noche de apoteosis.

Adelante, esperanza...

 

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