¿El inicio de la pendiente?     
 
 El País.    11/06/1987.  Página: 14. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

14

OPINIÓN

EL PAÍS, jueves 11 de junio de 1987

¿El inicio de la pendiente?

AUNQUE A la hora de cerrar esta edición el escrutinio no permite confirmar los datos provisionales que

nos llegan sobre los comicios de ayer, parece ya casi definitivo que las predicciones de las encuestas

sobre las grandes tendencias se confirman en lo esencial: el PSOE ha perdido la mayoría absoluta en casi

todas las grandes ciudades españolas. Para mantener el poder tendrá que pactar con otras fuerzas políticas,

lo mismo que en muchos de los parlamentos autonómicos.

La pérdida porcentual de votos socialistas es considerable y, en cualquier caso, resulta suficiente para

traspasar el umbral que les expulsa del control mayoritario >ie las municipalidades. En una primera

aproximación parece que el PSOE, aun manteniendo en conjunto un porcentaje de votos muy estimable,

pierde posiciones en las zonas urbanas, más politizadas y socialmente activas, y las mantiene en muchas

de aquellas en que es mayor el peso de los valores y convenciones de tipo tradicional. Es como si el

ejercicio del poder por los socialistas hubiera tenido el efecto de desengañar a las zonas más críticas de la

sociedad, mientras que, tras cinco años de comprobar que nada fundamental era puesto en cuestión,

sectores que en un principio votaron al centro o la derecha consolidan hoy su confianza en el partido que

tiene el poder. Esa impresión se confirma por los buenos resultados obtenidos —siempre según datos

provisionales— por las principales fuerzas situadas a la izquierda del PSOE, en particular Izquierda

Unida, por referencia a las legislativas del año pasado. De las anteriores municipales, los comunistas

salieron mejor parados, pero aún no se había consumado la escisión entre carrillistas y gerardistas. Este

ascenso de la izquierda, abultado por la acumulación de votos sobre Herri Batasuna fuera del País Vasco,

reflejaría el descontento con la política socialista puesto de relieve durante los últimos meses de aguda

conflictividad social. Semejante balance deja además en ridículo a los sectores de la derecha que jugaron

con fuego al querer apuntarse a su favor esa conflictividad, estimulándola incluso demagógicamente a fin

de desestabilizar a los socialistas. No se prevé que sea muy grande el retroceso de AP respecto a los

resultados obtenidos por Coalición Popular en las últimas confrontaciones. EDo parece indicar una

fidelidad fundamental del electorado de la derecha, independientemente de quién lidere el partido y de la

adjetivación que se ponga al mensaje conservador. Se pone de relieve así cuan menguada era la

aportación que los coligados democristianos y los sedicentes liberales añadían al barco aliancista.

La lenta recomposición del centro político se confirma, pero todo indica que el partido de Suárez ha

subido bastante menos de lo que las encuestas, optimistamente, prometían. Difícilmente se le puede

considerar todavía, por lo mismo, como una alternativa de poder. Su vocación de partido bisagra le obliga

a un complicado equilibrio. Por una parte, debe marcar continuamente distancias con los socialistas a fin

de afirmar su identidad, pero —si desea acreditar su imagen como partido progresista— esta identidad

sólo se cumpliría, por el momento, como eventual aliado de los socialistas y en oposición frontal a la

derecha tradicional. El empeño de la oposición en general, y de la derecha aliancista en particular, por

convertir las elecciones de ayer en una primera vuelta de las legislativas de 1990 puede ahora volverse en

su contra. Si se acepta que en las votaciones municipales y autonómicas influyen factores localistas y

psicológicos —la personalidad del candidato a alcalde, por ejemplo— que tienen menos incidencia en las

elecciones legislativas, se puede caer en la tentación de que sean Tos resultados de las europeas el índice

a considerar prioritariamente al proyectar los resultados de ayer hacia el futuro político. Si fuera así, hay

que admitir que las esperanzas de la oposición eran infundadas, porque la relación de las elecciones

europeas de ayer, aún con la baja del PSOE, no difiere escandalosamente de la resultante en los comicios

de junio del año pasado. Pero es más que difícil hacer un análisis unidireccional de estas elecciones

triangulares, pues la circunscricpión para las europeas es todo el Estado, mientras que para las generales y

autonómicas es la provincia y para las locales es el municipio. De manera que la distribución por escaños

y la eficacia de la representación y del poder político emanado de las urnas es efectivamente diferente en

cada caso. Baste señalar que, con un porcentaje de voto similar en las legislativas y las europeas,

un partido puede obtener en aquéllas la mayoría absoluta en Cortes y en las últimas no llegar a la mitad de

escaños en juego. Por eso quizá sea más significativo el número total de votos obtenido en cada caso por

cada formación política (dato que no poseemos a la hora de cerrar la presente edición). De otra parte, la

distribución del voto no es tampoco digna de desprecio. Si el PSOE pierde implantación en las zonas

urbanas, significa, dadas las características propias del partido, que comienza a descender una peligrosa

pendiente. Mucho más que si los votos los pierde en las zonas rurales. Una palabra sobre la eficacia de las

encuestas electorales. Las descalificaciones arbitrarias que los gurús de la política se permitieron hacer

desde las tribunas de campaña sólo sirven para poner de relieve la atrevida ignorancia de algunos líderes.

En primer lugar, un sondeo no es más que eso, un sondeo, y no unas elecciones. Pero en éstas, en su

conjunto, las tendencias señaladas por la mayoría de las encuestas se han concretado. Por lo que se refiere

a la del Instituto Demoscopia que publicó EL PAÍS (jueves 4 de junio), hay muchos más aciertos en la

predicción que fallos. Los principales de éstos se reflejarían en el crecimiento exagerado atribuido al CDS

—aunque el crecimiento se mantiene— y en cierta medida en el pronóstico sobre la alcaldía de

Barcelona. Pero el acierto global es evidente: el PSOE pierde la mayoría absoluta en las principales

ciudades y autonomías, AP desciende ligeramente de votos y suben Izquierda Unida, CDS y los partidos

nacionalistas. Es todavía pronto para predecir cómo se puede mover el mapa político español después de

estas elecciones, pero es indudable que se va a mover. Atendiendo a los resultados, el PSOE podría optar

por pactos estables que le facilitaran seguir en el gobierno de muchas de las alcaldías y Gobiernos

autónomos donde ha perdido la mayoría absoluta, o por formar gobiernos de minoría apoyándose

alternativamente en los diferentes grupos. De manera inevitable esto afectará también a la actitud del

partido gobernante en las Cortes, donde la aplicación automática de su mayoría absoluta no podrá seguir

si no se quiere poner en peligro la estabilidad de gobierno en municipios y Gobiernos regionales.

El aumento del voto nacionalista y e) apoyo a Herri Batasuna fuera del País Vasco hablan bien a las claras

de la desastrosa política llevada en este terreno por el partido de Felipe González. Se observa cierto

aumento del radicalismo y también de las fuerzas centrífugas del Estado. El presidente puede seguir

pensando que, después de todo esto, no necesita cambiar ningún ministro. Pero es la política de su

Gobierno la que más ha determinado los resultados de estas elecciones, adversos para él, los mire por

donde los mire. Y, sin embargo, la permanencia de un volumen de voto, todavía gigantesco y bastante

estable, a favor de los socialistas sigue dando testimonio de la confianza que una vez y otra depositan,

pese a todo, en sus capacidades muchos ciudadanos. Un capital político que no es posible dilapidar sin

culpa.

 

< Volver