España, en cuatricomía     
 
 Diario 16.    12/06/1987.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

España, en cuatrícromía

O que marca verdaderamente el to-L/ no del suceso electoral del miércoles son los comicios municipales,

sin duda los que más directamente afectan a la vida cotidiana del ciudadano. Por ello, para calibrar lo

sucedido con mayor exactitud, conviene hacer un repaso detenido a los resultados locales, en los que el

PSOE ha encontrado su verdadera cruz.

Lo primero que demuestran los datos municipales es que este país no es bipartidista sino multicolor, como

muy acertadamente razona Amando de Miguel en la página contigua. Con claridad, se han perfilado

cuatro grandes opciones nacionales —el centro-izquierda socialista, el centro que representa el CDS, la

izquierda de IU y la derecha ortodoxa de AP—, y una creciente opción nacionalista y regionalista, no sólo

en las viejas comunidades históricas, sino también en otras comunidades con menos tradición en este

sentido (Aragón, Valencia, Andalucía, Canarias). La táctica socialista de crear una oposición dócil

encarnada en AP, que diera lugar a un desequilibrado bipartidismo, queda, tras estas elecciones,

definitivamente fracasada. Lo más notable es la pérdida de la mayoría absoluta del PSOE en todos los

grandes municipios, lo que supone un extraordinario retroceso de este partido, cuyos excesos, errores y

arrogancia han sido severamente penalizados por los intuitivos electores. Si no fuera un tópico, habría que

hacer el elogio de la sabiduría del pueblo español, que nunca defrauda, salvo a quienes le defraudan de

antemano. Especialmente significativo ha sido el retroceso experimentado por la candidatura del

socialista Del Valle en Sevilla: pese a haber estado personalmente arropado por González y Guerra,

precisa ahora el apoyo de Izquierda Unida para gobernar en mayoría. La mayoría absoluta socialista

imperante hasta anteayer en las capitales de provincia andaluzas, excepto Córdoba, ha quedado reducida a

sólo dos provincias: Huelva y Cádiz. Pasqual Maragall, por su parte, ha conservado su mayoría relativa en

Barcelona gracias al éxito personal de los Juegos Olímpicos; sin embargo, su antagonista Cullell, de

Convergencia, ha subido espectacularmente de 13 a 17 escaños, consumando así el ya habitual ascenso

del nacionalismo en la política de Cataluña. En esta autonomía, el PSOE sólo conserva su mayoría

absoluta en Gerona, donde, sin embargo, baja un escaño, y la pierde en Lérida y Tarragona.

El fracaso de Madrid

En Madrid, el fracaso socialista es especialmente notable. De disponer de una holgada mayoría

absoluta ha pasado a una incómoda situación en la que no le vale ni siquiera el apoyo de izquierda Unida

—por otra parte difícil de conseguir— para gobernar como hasta ahora. La situación en que queda Madrid

revela la necesidad, que va a ser norma en la mayor parte de los municipios, de los pactos poselectorales.

Muy concretamente, va a ser inevitable la colaboración del centro y de la derecha en significativos

Ayuntamientos, colaboración que no es ya indeseable como antes por cuanto en Alianza Popular se ha

producido verdaderamente una renovación y la figura política que impedía los acuerdos, Manuel Fraga,

ha sido enviada a «las tinieblas exteriores» de Europa. Por seguir con el caso madrileño, la colaboración

del centro y la derecha haría posible un Gobierno de mayoría y no sería descabellado que este pacto

llevara hasta la Alcaldía a Agustín Rodríguez Sahagún. Las declaraciones de un jerarca socialista en el

sentido de que su partido impedirá por cualquier medio esta posibilidad son absolutamente vanas, pues ni

el PSOE tiene fuerza para impedirla, ni choca con los principios democráticos que el titular de una

minoría gobierne una coalición: el caso de Craxi, quien ha presidido cuatro años el Gobierno del

«pentapartito» italiano, es una prueba de ello. Punto aparte de particular importancia es el de la

posibilidad o no de acuerdo entre el PSOE e Izquierda Unida, tras la guerra de acusaciones personales que

ambos grupos se lanzaron con virulencia durante la campaña. El apoyo de Izquierda Unida podría darle la

mayoría al PSOE en algunos Ayuntamientos y Comunidades Autónomas, pero la coalición de predominio

comunista ya ha manifestado sus reservas a pactar. Se abre, pues, una etapa importantísima de cuyo

desarrollo dependerá el equilibrio de fuerzas políticas en España. Acabado el absolutismo socialista,

comienza una rica etapa de pluralismo. Del resto del territorio español no mencionado más arriba, el

PSOE conserva la mayoría absoluta en sólo dos Ayuntamientos de capitales de provincia: el de La

Coruña —en el que, como caso aislado, ha mejorado posiciones con respecto a 1983— y en el de

Badajoz. Ante tal panorama, tiene ribetes pintorescos la actitud del portavoz del Gobierno, Javier Solana,

al tratar de restar importancia a lo ocurrido diciendo que sólo se trata de unas elecciones municipales que

no cabe extrapolar. Sólo si la historia no estuviera escrita y le fuera al hombre negada la función de

recordar sería de recibo la osadía del portavoz. Pero, ¿acaso no fue Alfonso Guerra en Valencia quien

levantó en plena campaña, con sus habituales inoportunidad y ligereza, el fantasma del 31, en que el

régimen monárquico español fue derribado por obra y gracia de una consulta local?

Repercusión en el PSOE

Naturalmente, lo ocurrido a nivel municipal tendrá, es obvio, una importancia extraordinaria a nivel

municipal, pero también abrirá en el seno del PSOE una inevitable polémica, ya insinuada, sobre las

responsabilidades respectivas. Joaquín Leguina se ha cuidado de resaltar ya que los resultados obtenidos

por Barranco en Madrid no son peores que los que González logró en el 86. Y tiene razón. Y, en cualquier

caso, habrá algo que dilucidar en la polémica interna del PSOE: quién tiene la culpa de este sonoro

retroceso, si los candidatos ocasionales a las elecciones municipales y autonómicas, o la cúpula del

partido y del Gobierno, responsable de los errores y abusos que han degradado el prestigio político del

PSOE y que parecen ser la causa de la reacción popular en su contra. En lo referente a las elecciones

autonómicas, el balance tampoco es positivo para los socialistas. De las 13 Comunidades Autónomas en

disputa, el PSOE ha retrocedido en las dos que no gobernaba —Baleares y Cantabria—, así como en

aquéllas en las que gobernaba en minoría —Navarra y Canarias—. Ha perdido la mayoría absoluta en

Castilla-León, Aragón, La Rioja, Asturias, Valencia y Madrid, y probablemente perderá los Gobiernos de

Castilla-León, Canarias, Navarra y La Rioja. Sólo en Murcia, Extremadura y Cástilla-La Mancha

conserva la mayoría absoluta. Naturalmente, todo lo dicho más arriba en relación con la necesidad de

pactos en el gobierno de los Ayuntamientos tiene también aplicación en este capítulo de las autonomias.

Las elecciones europeas, por su parte, tienen un análisis menos complejo. Por ser relativamente

comparables con las elecciones generales, permiten deducir claramente la posición de las distintas fuerzas

políticas. Sin embargo, tampoco se puede hacer en ellas abstracción de la personalidad de los candidatos

ni de las condiciones en que han tenido que presentarse. Fernando Moran, hombre popular y generador de

adhesiones en la clientela socialista habitual, ha producido sin duda un importante «tirón» que ha limitado

la magnitud del descenso socialista. Eduardo Punset, cabeza de lista del CDS, ha jugado con una doble

desventaja manifiesta: de una parte, su lista no venía iniciada por un «peso pesado» (Adolfo Suárez fue

obligado a no presentarse por la oportunista legislación electoral promulgada), y, de otro lado, e! CDS no

contó ni con la televisión ni con los exorbitantes recursos económicos de que gozó el PSOE, y en menor

medida, AP. El catalanismo de Punset no ha sido, sin embargo, obstáculo para conseguir en Madrid, por

ejemplo, el 15 por 100 de los votos emitidos, lo que desmiente en apariencia que ese dato de origen tenga

gran interés político para el Cuerpo electoral. En suma, las elecciones han puesto fin a la hegemonía de un

partido que había llegado a creer que se consagraría definitivamente en España —un país que,

políticamente, es una cuatrícromía— el régimen de partido hegemónico, con un adversario

permanentemente débil e incapaz de disputarle el poder. Tal evidencia constituye una buena noticia para

todos los verdaderos demócratas, incluidos, por supuesto, los socialistas que no crean que su adscripción

ideológica debe limitarse a ser una parcela de influencia y de poder. La importancia extraordinaria de

estas elecciones se demostrará no sólo en que llevarán aire fresco a la vida municipal y autonómica, sino

en que obligarán a cambiar la política del PSOE, que es, desde el día 10 de junio, un partido más limitado

y goza, por tanto, de menores posibilidades de conducirse con arrogancia y de ejercitar su abuso de poder,

tantas veces y en tantas partes denunciado.

Diario 16

 

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