Autor: Arroitia-Jáuregui, Marcelo. 
   Música mísera     
 
 El Alcázar.    15/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

MÚSICA MISERA

RECORDABA, el lunes por la noche, jnientras los respectivos y sucesivos líderes políticos iban

desgranando su inepcia ante las cámaras de televisión, una conversación que mantuve, no hace muchos

días, en una sobremesa apacible, con un buen poeta y dos excelentes escritores. El poeta, a propósito del

momento político español actual, recordó unas frases de José Antonio Primo de Rivera, lamentando que

sus textos, tras haber sido copiosamente e ignorantemente explotados, fuesen tan poco frecuentados. Por

supuesto, el poeta no apostillaba al José Antonio Primo de Rivera jefe de un movimiento político, sino al

intelectual, de raza que, además, era un escritor exigente, y que, junto a un puñado de hallazgos políticos,

había sido capaz de formular algunos principios de validez universal. Concretamente a su formulación de

que los momentos políticos importantes necesitan tener buena música, y a aquella que señalaba la

importancia de dar con la palabra justa para el momento justo.

Recordaba esa conversación en tertulia, porque a través del último programa de propaganda electoral en

RTVE, estaba claro que el momento político español carece de buena música. Yo no diría que esa música

exacta, capaz de alumbrar una nueva fe y una nueva esperanza en medio del barullo exterior de esta hora,

no exista. Lo que sí es cierto es que no se manifiesta. Los tenores políticos eluden la partitura solista, y

buscan todos una identificación en la melodía. Una melodía ramplona, monótona y monocorde.^ Todos

dijeron lo mismo, y todos procuraron decirlo de la misma manera. Muchas veces, incluso, se les notaba

que llevaban otra canción por dentro, pero que hacían esfuerzos porque no se transparentase. De esta

forma, las propuestas diferentes se reducían a una sola, confeccionada con tópicos irrelevantes, con

invocaciones machaconas, con recursos a una sola nota reducida a falsete. Todos desgranaron una suerte

de sermones laicos, con los latiguillos disfrazados de quienes se empeñan en no latiguillear, adornados

con promesas uniformes y expresados sin ningún aliento. Todos, por supuesto, sacaron a relucir la

reforma fiscal —que lleva camino de convertirse en un sucedáneo de la reforma agraria, desaparecida por

consunción tras seculares periplos electorales—> y todos adjuraron de los pasados errores de nuestro

vivir colectivo.

Si la impresión general no hubiese resultado especialmente penosa, cabría ejercer el humor despiadado

sobre la serie de monólogos y los gestos que los acompañaron. Cabría señalar el cambio de maquillaje en

Don Adolfo Suárez y la acentuación del tono humilde y fervoroso de su discurso. Cabría señalar que Don

Enrique Tierno Gaíván, nuevamente presentado como "El Presidente", parecía haber escalado un tramo

en la carrera eclesiástica, y de obispo haber pasado a cardenal. Cabría señalar que a Don Santiago Carrillo

le habían montado la intervención en tono y luces de comedia americana, con paseito por el decorado

incluido. Cabría señalar que Don Felipe González actuó con cierto aire temeroso, como si tuviera miedo a

que se le escapase otra vez lo de que somos la ´décima potencia industrial del mundo, con las inevitables

reflexiones históricas que la expresión conlleva, a la vez que dejaba adivinar el triunfalismo de las

encuestas. Cabría señalar que Don Manuel Fraga arrugó el ceño para no dejarse arrastrar por su natural

arrollador. Cabría decir que don Manuel Cantarero actifó desentonado y desenfocado. Que la fórmula

arbitrada para la actuación de la Federación Democrática de Izquierdas y Falange Española de las JONS

(auténtica), resultaba notablemente ineficaz. Y que la sonrisa con zureo de palomas con que adornaron

sus tópicos los demócrata-cristianos era la típica sonrisa para el No-Do de los chistes colegiales. Pero,

como digo, ni uno solo encontró acentos personales ni formulaciones atractivas para lo que decían, acaso

porque tenían excesivo cuidado en callar cosas. Particularmente, lamenté que tal actitud presidiese las

intervenciones de Don Felipe González (que, por otra parte, bajó de los cielos), de Don Pedro Conde, y de

Don Eladio García, que seguramente, hablando con el lenguaje de su tiempo, hubiesen dado a la

necrológica sesión un interés que no tuvo.

La nueva era, en fin, vino pobre de música, sin aliento y sin gancho popular.

El panorama, ay, no pudo ser más desalentador.

Marcelo ARROITA-JAUREGUI

 

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