Autor: Romero, Vicente. 
 El voto del silencio. Por Galicia, la que mira las cosas con ojos realistas. 
 "Cuando el referéndum era más fácil decidir"  :   
 Los socialistas de El Ferrol - los socialistas del PSOE- están muy disgustados con la dirección central de su partido. 
 Pueblo.    15/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 25. 

"Cuando el referéndum era más fácil decidir"

Los socialistas de El Ferrol —los socialistas del P. S.O.E.— están muy disgustados con la dirección

central de su partido:

—Es que aquí nació Pablo Iglesias. Y parece mentira que Felipe González no haya encontrado un hueco

en su calendario electoral para venir a la patria chica de nuestro fundador. Tierno Galván y Carrillo, por el

contrario, sí se acordaron de El Ferrol, y el pueblo respondió llenando los locales de sus mítines. Sin

embargo, Felipe...

—Felipe, no se animó, visto que Pablo Castellanos había tenido una floja acogida en El Ferrol —me

explicaba un miembro del P. S. G.—, y «pinchar» una campaña brillante en la cuna de Pablo Iglesias ha-

bría sido muy desagradable. Ser profeta en tierras del fundador debe ser más difícil todavía que serlo en la

propia tierra. Y esto, que siempre resulta complicado, lo es más en Galicia. Que los gallegos saben mirar

las cosas con ojos realistas y juzgar sin apasionarse.

—Mire, el propio Franco nunca tuvo un recibimiento monstruo en El Ferrol, a diferencia de los que tema

en otras capitales gallegas. Si no, que se lo pregunten a Fraga. Que tampoco parece que el líder de

Alianza Popular vaya a conseguir que Villalba, su propio pueblo, le reconozca como profeta del futuro

español.

—Fraga nos construyó un parador nacional cuando era ministro, sí, señor. Y es un hermoso edificio,

pero... ¿qué quiere que le diga? ¡Tiene sólo seis habitaciones! A Fraga, los más viejos del lugar le

conocen por Manoliño; los de su quinta y clase le llaman Manolo, y la gente humilde, don Manuel. Para

los más jóvenes es El Fraga.

—Fraga es popular. Pero no sabe él cuántos votos le costó su campaña por aquí. Eso de quitarse la

chaqueta en Lugo y hacerle frente al público cayó muy mal —me contaba una señora, precisamente

fraguista—. Porque este país precisa políticos de nervios templados.

—¿Y usted qué va a votar?

—Ahora sí que no sé. Estoy hecha un lío.

Abundan los ciudadanos que están hechos un lío. Sobre todo, en los pueblos pequeños. Es lógico. Porque

la Televisión, antes tan inquisitorialmente prudente, ahora suelta cada día mensajes partidarios, lemas

electorales, programas políticos en aluvión...

—Cuando los referendums, ya sabíamos lo que teníamos que votar; vamos, lo que querían que

acabáramos votando. Le decían a usted: «Vote usted que sí, por esto y por aquello. Pero, ¿y ahora?

¡Cualquiera sabe!

La democracia está muy lejos de ser la costumbre que debe ser. Y aunque se predique oficialmente el

respeto por todas las ideas, todavía hay quien no lo i acepta y trata de ahogar las voces de ios demás

gritando. O cantando, como en Santa Marta de Ortigueira, donde una señora al frente de una veintena de.

colegialas interrumpió un mitin entonando aquello de «Yo pecador, me confieso.» Otras veces son las

cuentas pendientes las que salen a la luz. Y los; viejos odios obstaculizan la pacífica convivencia que

debe ser propia de la democracia. Así fue en Boiro, donde los asistentes a un mitin casi terminan o

bofetadas unos con otros, mientras los oradores del P. C, E. se esforzaban pidiendo orden y respeto

mutuo.

—Aquí solemos hacer sesiones de discusión, respondiendo preguntas dé los asistentes, en vez de largaiieé

uní discurso—me explican—. Y en Boiro nos encontramos con que varios campesinos empezaron, a

acusarse públicamente de acciones cometidas en la guerra y durante la posguerra; que si matasteis a

fulano, que si os quedasteis con mis instrumentos de trabajo, que si... Fue una ocasión para llevar a la

práctica la política de reconciliación nacional, superando las viejas diferencias.

Después de tantos años escuchando definir a la política como un vicio social, que dividía y enfrentaba a

los hombres, o como un demonio maligno con el que se había terminado oficialmente en beneficio de to-

dos, ahora resulta que los españoles están descubriendo todo lo contrario, Y en cada pueblo se da un caso

distinto, siempre ejemplar, de alguien que siente haber recuperado su identidad gracias a la campaña

electoral. En El Ferrol me contaban de un alcohólico, célebre en su barrio por sus constantes borracheras,

y cuya vida había sido un desastre, el día en que fue ´legalizado su partido se presentó con el parné de su

padre en la mano, para afiliarse, y dicen que desde entonces no ha vuelto a probar el vino, dedicando

todas sus energías a la propaganda electoral.

—El otro día sé nos presentó un hombre con mil quinientas pesetas y ha-ciendo grandes elogios del

partido —contaban—, pero cuando le propusimos afiliarse, rehusó, explicando que él era un delincuente

común, que había matado y que robaba. No quería comprometernos con su presencia entre nosotros ni se

consideraba digno de llevar un carné en el bolsillo...

La política apasiona y arrastra. El alcalde de Moya creyó que si autorizaba un mitin «rojo> a la misma

hora que el partido de fút-bol entre los eternos rivales Moya y Ribeira —con el ascenso a Tercera

División en juego—. el campo estaría lleno, y el mitin, vacío. Pero se equivocó. La gente abandonó el

partido antes de que terminase, para llegar a tiempo a la cita con la política. Y dos mil quinientos hombres

y mujeres escucharon, hablar de socialismo, de libertad y de futuro sin preocuparse por el balón maldito

que tan-tos años sustituyó al débate público entre nosotros.

—La cantidad de gallegos que nos quedaremos sin votar... —se quejaba un hombre en la barra da un bar

de Orense—. Unos, porque no pueden, desde la emigración. Otros, porque aunque hayan vuelto para ello,

como yo, no tienen los papeles a punto y no les dejan ya solucionarlo. Dicen que somos casi un millón de

gallegos los que no podremos votar. A esto no hay derecho, Hay otros, por el contra-rio, que todavía no

sienten la necesidad de expresar sil voluntad en las urnas, como los habitantes de San Andrés de Teixidó,

la aldea a cuyo santuario «vai de morto quem non vai de vivo».

—Aquí no sabemos nada de política.

—Pero votarán. ¿O no?

—A ver, qué vamos a hacer... No queda otro remedio.

La iglesia de Sari Andrés .está llena, de ofrendas de los promesantes, desde ataúdes infantiles hasta

pequeñas formas de cera,con piernas, cabezas o figuras humanas. Hasta su altar llegan, bajando el monte

de rodillas, numerosos peregrinos que esperan el milagro o la intercesión del Santo. Ahora la visita ya se

puede hacer en "coche. Pero hace tan sólo cinco años había que llegar andando o a caballo.

—Hemos mejorado mucho, ¿sabe usted? Ahora tenemos de todo. Hasta viene un panadero de Ortígueira

en coche cada tres días para vendernos pan fresquito...

15 de junio de 1977

PUEBLO

 

< Volver