Herrera Oria condenaría la "anarquía de nuestra vida pública"  :   
 Conferencia de Silva Muñoz en el Colegio Mayor Pío XII. 
 ABC.    06/05/1975.  Página: 13-14. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

HERRERA ORIA CONDENARÍA LA "ANARQUÍA DE NUESTRA VIDA PUBLICA"

Conferencia de Silva Muñoz en el Colegio Mayor Pío XII

Madrid. (De nuestra Redacción.) Don Federico Silva Muñoz ha pronunciado en el

salón de actos del Colegio Mayor Pío XII una conferencia sobre «Ayer y hoy de

Ángel Herrera». En el acto estaba presente el subsecretario de Justicia, don

Eleuterio González Zapatero, y entre los asistentes se encontraban don

Javier y don Alberto Martín Artajo, los procuradores Lapuerta, Pereda y Reguera,

los señores Thomas de Carranza, Vilarosau, García de Pablos, don Gonzalo Manchón

y Ferrandis, presidente y decano, respectivamente, de la Asociación de Graduados

de Icade, organizadora de la conferencia.

Inició Silva la conferencia explicando su silencio cuando era emplazado por

algunos medios informativos: «He callado durante algún tiempo consciente de que

una democracia no se improvisa, y formar una asociación como formar un partido

es empresa colectiva, lenta y complejísima de tejido de muchas voluntades, de

pactos y de extraordinaria paciencia, incompatible con alharacas, estrépitos o

precipitaciones: callé por no desorientar la opinión pública con confirmaciones

y desmentidos, que de todo pudiera haber habido, contribuyendo a una zarabanda

desinformativa, y, en fin, por respeto a los medios de información y a quienes

en el país tuvieran interés por conocer verazmente lo que no se podía explicar,

porque no pasaban de ser intentos o proyectos, rectificables siempre y, a veces,

puramente imaginativos, aunque estuvieran llenos de buena voluntad por parte de

muchos.»

«HERRERA CONDENARÍA LA ANARQUÍA DE NUESTRA VIDA PUBLICA»

Trazó a continuación una semblanza de la personalidad del cardenal Herrera, del

que dijo que «ante el cuadro sociopolítico de la España 75 afirmaría su fe una

vez más en la energía y vitalidad de nuestro pueblo y condenaría la «anarquía de

nuestra vida pública».

«Lo primero salta a la vista —continuó diciendo— cuando se observa el país real

que trabaja, de esos matrimonios jóvenes forjadores de un estilo nuevo de vida,

hombres y mujeres llenos de fe en el destino que tienen entre sus manos y que

son como un inmenso océano sobre el que están soplando los vientos de la

historia para movilizarlo en sus variadas direcciones. Ante ellos yo afirmo que

un viento sincero de fe profunda en España, de moderación condenatoria de todo

radicalismo, de seguridad para el trabajo y la convivencia que haga posible la

paz de los espíritus y la promoción de nuestro progreso económico, moverá esas

aguas y será a la vez la mejor garantía frente a los que quieren destruir sin

más horizonte que la utopía u ofrecen la imagen falsa de una nueva sociedad

fabricada a gusto y medida de sus execrables instintos de poder.

De ahí nace la segunda parte de la afirmación herreriana: la condena de la

anarquía política. Hay que terminar de una vez con los ajustes de cuentas entre

la clase política, con el revanchismo, con la altanería del "que se pacifiquen

ellos", con la idea de que el poder político es un botín a disputar entre unos

pocos y con las radicalizaciones y la violencia como instrumento.»

Tras analizar el panorama político español en tiempos del cardenal pasó al

estudio de la actitud de Herrera Oria ante él mismo. Entre otras cosas dijo:

«La reforma constitucional es para Herrera algo natural. Si la Constitución

real, lo sociológicamente vivo ha cambiado, más necesario es aún procurar

ajustar la vida nacional a la Constitución escrita y aplicada, entre otras

razones, porque sólo así podrá saberse si la Constitución vale o no vale, si se

aparta o no de la Constitución real, si ofrece o no dificultades insalvables de

aplicación.»

EL NACIMIENTO DE LA DEMOCRACIA CRISTIANA

Más adelante, el señor Silva se refirió al nacimiento de la democracia cristiana

como instrumento en el plano político capaz de comprometerse en la realización

temporal y material de las enseñanzas sociales y políticas de León XIII.

Significaba, según el propio Papa «la unidad en la acción y en la preocupación

por las instituciones en favor de la clase obrera», oponiéndose «a la democracia

social propugnada por los socialistas». Así, proseguía diciendo: «Oponed

asociaciones populares cristianas a las socialistas.» Este era el significado de

la democracia cristiana, al menos por aquellos tiempos. Estos conceptos los

predica incansablemente por España Ángel Herrera.

Es cierto que, posteriormente —dijo el señor Silva—, este significado se ha

ampliado considerablemente y hasta, en cierto modo, ha experimentado profundas

transformaciones. Los teóricos del Derecho político y los políticos prácticos

han promovido una literatura muy interesante al respecto. No la ignoro y

convengo con otras muchas personas en que la democracia cristiana en el mundo es

hoy más esta nueva concepción que la idea primaria que de ella se tuvo. De estas

nuevas posiciones comparto una buena parte de sus puntos de vista, no me seduce

una nomenclatura prestada a la confusión, y pienso que lo importante es la

inspiración política en unas ideas básicas de la ética cristiana como la

inviolabilidad de la vida humana y el respeto a la personalidad. Más si a pesar

de todo queremos seguir hablando de democracia cristiana, para entendernos, como

término hábil del léxico político, aceptemos los hechos como son.

Terminó el conferenciante recordando que la gran lección de Ángel Herrera es su

constante apelación a la ciudadanía. Fuera temores si estamos dispuestos a

actuar unidos, si sabemos organizamos, si esa poderosa corriente de pensamiento

que califican muchos de derecha, es capaz de desencadenar una acción digna de

su tradición, de a la altura de sus convicciones y de lo plausible de los

móviles que deben inspirarla. Basta de preocupaciones, susurros y suposiciones

si estamos decididos a salir a la palestra para un contraste de política

civilizada, pero bien entendido que sólo así podemos exigir la «civilización»

para todos. Basta de inhibiciones que sólo sirven para adormecer en la confianza

a quienes serían víctimas de su propia pasividad; y todo ello sin activismo ni

desgarros, tenazmente, seriamente, firmemente. Serenidad, mesura y sentido de la

responsabilidad. Integrándonos todas las fuerzas y todos los hombres de buena

voluntad cuyo común denominador sea España, la seguridad de su futuro y la

fidelidad a su profundo y verdadero destino histórico.

 

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