Autor: Crémer, Victoriano. 
   La confianza y las encuestas     
 
 Informaciones.    09/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

LA CONFIANZA Y LAS ENCUESTAS

Por Victoriano CREMER

CIERTAMENTE, no tengo nada en contra del procedimiento de las encuestas para intentar averiguar, con

alguna aproximación, tanto el estado del tiempo económico que nos va a corresponder soportar, como

el grado de euforia del español medio o del medio español, como se prefiera.

Me parece el sistema de auscultación pública, tan bueno como otro cualquiera. Lo que sucede es que,

salvo en muy excepcionales circunstancias, o por motivos muy concretos y perfectamente conocidos por

el común de vecinos, la credibilidad que las encuestas producen —hablo de los clanes próximos a los que

observo—. es más bien escasa. No diré que generalmente se tomen a pitorreo, pero sí que se contemplan

con una cierta carga de irónico escepticismo. Alguien, sin duda, cree en las encuestas. Pero no es el

pueblo el creyente.

Yo no sé si para alcanzar un cierto grado de confianza, en las llamadas clases medias, o medias clases,

según se miren, sería menester modificar el sistema y en lugar de recurrir al cuestionario y a las calicatas

a boleo entre distintas parcelas, bien diferenciadas, para establecer los cómputos apreciables, fuera más

veraz, y, por tanto, más representativa la ^encuesta que abarcara cuestiones más apremiantes, más

directas: Algo parecido a lo que en alguna publicación se ha ensayado, en relación con el año 1978, de tan

claros signos negativos en el firmamento nacional: "¿Cómo ve usted, cómo se imagina usted, cómo cree

usted que será el año en el que estamos sumidos y hasta subsumidos?"

Entonces, si los interrogados no corresponden a una determinada clase, interesada en imponer ciertas

características en el cuadro general, para disimular sus trampas o para prevenir futuras maniobras, lo más

probable es que, sin justificación quizá, ofrezcan, con la respuesta a palo seco, algunas razones que les

apoyen.

Pero téngase muy en cuenta que lo que importa, para que la encuesta ofrezca un mínimo repertorio de

sinceridades aceptables para intentar el análisis final, es que los encues-tados, los seleccionados por los

agentes encargados de la investigación, estén libres de culpa, es decir, que no figuren sometidos

económicamente, políticamente, socialmente, a unos condicionamientos preñados de prejuicios, de

conveniencias o de intereses que invaliden de hecho cualquier forma de respuesta.

¿Es posible alcanzar este grado de autenticidad en la España de hoy? Sospecho que resultaría

impracticable una encuesta en la que de antemano se descargara del compromiso de la respuesta a todo

aquel que no se considerara realmente libre de cualquier forma de compromiso... Cuando no fuera la

afinidad política la que tirara de él, sería la defensa de sus fortalezas económicas. Y en esta búsqueda del

hombre libre, del hombre despojado de condicionamientos negativos, se nos pasaría la vida, sin conseguir

hallarle.

De modo que toda encuesta adolece en esencia de la supeditación del seleccionado a fuerzas que le

disciplinan, que le obligan; y, por tanto, las respuestas que pudieran obtenerse estarían marcadas por el

estigma de su bastardía, de su insinceridad, de su fidelidad a opiniones y a comportamientos políticos y

económicos que en vano se pretenden desgajar del ser humano. Y menos del español, que es, por

naturaleza, un ente pasional, mejor dispuesto a ser guiado por los sentimientos que por los pensamientos.

Los resultados de las últimas encuestas realizadas bajo estos signos, no pueden ser más pesimistas. La

mayoría de la población registrada opina que el año 1978 resultará abrumador, dramático. (Lo estamos

comprobando.) Y que durante su transcurso se verán en España sucesos de muy temerosas

consecuencias... En algunos apartados de la encuesta se anotan los datos significativos que dan la razón

de este hundimiento del ánimo español: "La desconfianza."

Desconfiamos los unos de los otros, sin rodeos, sin eufemismos. Nos imaginamos rodeados de tahúres, de

timadores, de rateros. Nos sentimos abrumados por la amenaza, por la tenebrosa llamada anónima, por la

siniestra catadura de nuestros prójimos, como cabe pensar que lo mismo sentirá el vecino ante nuestra

presencia... Desconfiamos como miseros perseguidos, como concentrados en un campo de exterminio,

como arrojados al desaliento por una mala conciencia colectiva... En esta situación, cualquier intento de

encuesta no es sino un juego frivolo, una nueva mentira o una maliciosa maniobra.

La desconfianza nacional es evidente, es cierta, es sensible. Pero no porque nos lo descubra ninguna

encuesta, sino porque esta desconfianza general, esta actitud del hombre español, siempre como al

acecho, la estamos sintiendo en nuestras carnes, en nuestra vida pública.

Con Constitución y sin ella, en tanto que en España no se restablezca la confianza, ni habrá paz ni

existirán posibilidades de recuperación. Digan lo que digan los extranjeros que nos homologan.

 

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