La pequeña empresa: Razones para su protección     
 
 Arriba.    09/11/1977.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

La pequeña empresa: Razones para su protección

SI bien es cierto que los acuerdos pluripartidarios de la Moncloa explicitan, esencialmente, un

compromiso político, puesto que han sido las fuerzas políticas —los partidos con

representación parlamentaria— sus gestadores, perfiladores y signatarios, no cabe olvidar que

el programa económico concordado es una convocatoria a la ciudadanía y a los sectores e

intereses empresariales, sindicales y laborales que concurren en la actividad del país. Las

grandes organizaciones empresariales y los sindicatos de mayor relieve, por el número de sus

afiliados y su potencialidad específica, han celebrado sesiones informativas y analíticas

conjuntas con el Gobierno y expresado a la opinión pública determinadas salvedades y

matices, que tienen el valor implícito de un acatamiento esencial.

Desde la derecha a la izquierda, todos los partidos coinciden en la necesidad de salvar las

empresas, de cuyo hundimiento masivo sería ilusorio que nadie esperase ventajas para el

modelo democrático de convivencia ni, mucho menos, para el perfeccionamiento del nivel de

vida. Puesto que vivimos inmersos en un sistema de economía de mercado, las correcciones

sociales necesarias sólo podrán ser eficaces y progresivas sobre el desarrollo de la producción

y, por tanto, de sus entidades operativas que son las empresas.

Sucede, sin embargo, que mientras las grandes empresas tienen medios y métodos no sólo

para su defensa, sino para la exposición de sus razones, la mediana y pequeña empresa

padecen con frecuencia —y mucho más en épocas de cambio— un desasistimiento tan injusto

como penoso, máxime cuando constituyen un fenómeno socializador y propiciador de

estabilidad social, de primera magnitud.

El hecho es que las unidades de producción de reducidas dimensiones han podido sobrevivir

en las modernas economías industrializadas y seguirán subsistiendo siempre. En la totalidad

de los países industrializados la participación relativa de la pequeña empresa en el empleo

industrial, comercial y de servicios se mantiene estable o incluso creciente. En cambio, los

países en vías de desarrollo descuidan con mucha frecuencia este tipo de explotaciones,

concentrándose en las grandes unidades, a pesar de que las pequeñas empresas ofrecen

posibilidades constructivas mucho más estimables, sobre todo a largo plazo.

La pequeña empresa puede competir con éxito en muchos sectores en los que las dimensiones

reducidas puedan facilitar la racionalidad en la producción: la posibilidad de instalaciones

locales lleva aparejada una reducción del coste general al economizarse el transporte; la

flexibilidad mayor de que disponen les permite una especialización mucho más concreta; la

menor incidencia de los gastos generales en sus costes, les permite acometer una producción

casi individualizada. Las razones podrían multiplicarse.

Otro importantísimo papel que juega la pequeña empresa es el de complementar a la gran

industria, tanto en su función de suministradores especializados, como en la de colaboradores

al proceso de comercialización de la producción de las grandes unidades. Esta función auxiliar

de la pequeña empresa no debe ser descuidada por quienes tienen la responsabilidad de

planificar la economía. Existe tal grado de dependencia recíproca entre las grandes y pequeñas

empresas que cualquier desajuste puede resultar desastroso.

En el campo de la investigación, lógicamente es la gran empresa quien ocupa la vanguardia,

pero también en la pequeña industria pueden darse con mayor facilidad nuevas ideas y pueden

observarse nuevas oportunidades. Sirven para el entrenamiento de las facultades

empresariales y pueden llegar a convertirse racionalmente en grandes unidades, caso que

sucede con bastante frecuencia.

Una empresa, en suma, que está más cerca del mercado, que sirve para mantener la

competencia, que es creadora de capital y ahorro y que contribuye a sostener la democracia

política, en cuanto mantiene la tradición de iniciativa e independencia, debe ser estimulada con

ambiciosos programas. Hay que esperar que esto no se descuide por quienes, en los próximos

meses, tienen la responsabilidad de traducir en normas y programas eficientes los acuerdos de

la Moncloa.

 

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