Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
 Diario de un espectador. 
 Cuelgamuros o el Valle de los Caídos     
 
 Ya.    27/07/1983.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ya pág. 6

Miércoles 27-VII-1983

Diario de un espectador

EMILIO ROMERO

Cuelgamuros o el Valle de los Caídos

ESTA en danza todos estos días el asunto del Valle de los Caídos, en Cuelgamuros, a propósito de

que fue una fundación del General Franco, que allí se convocan los leales a esta figura histórica, y

que procede políticamente secularizarlo. Algunos personajes de nuestro país, que un día irrumpen

en la política desde sus resentimientos o sus ambiciones, me parecen unos imbéciles de primera

magnitud. Ocurrió algo parecido con el cambio de denominación de algunas calles, en lugar de

preocuparse de hacernos más felices a los ciudadanos. Este país nuestro es un pueblo viejo que ha

pasado por todos los avatares que se corresponden desde la antigüedad de pueblos ibéricos, a

nuestros días. La nómina de personajes que tenemos en nuestra Historia comienza desde las

invasiones, y todas ellas coronadas por Roma. Los pueblos jóvenes, como los Estados Unidos de

América, tienen las cosas bastante más fáciles.

PERO la condición elemental de un pueblo viejo es la de ser asumido y evitar las valoraciones

contemporáneas, porque siempre estarán llenas de glorificaciones y descalificaciones excesivas.

Los personajes contemporáneos necesitan el reposo de la Historia. Resulta que el General Franco ha

tenido una vida política tan extensa —y excepcionalmente— como ciertos Reyes absolutos que se

aproximaron al medio siglo. En un tiempo como este; en pleno siglo XX, y con una sociedad activa,

es natural que la contribución del régimen de Franco al progreso haya tenido que ser

obligatoriamente efectiva. Luego están los asuntos políticos, y ahí es donde los contemporáneos

cometen sus excesos a favor o en contra.

POR razones estrictamente políticas, y por admiraciones personales de carácter intelectual, se

celebra a diario la figura de Manuel Azaña, y es un personaje a quien no le dio tiempo a hacer nada

serio por el país, porque fue Presidente dos años en los momentos de la transición republicana, y

después unos meses como Presidente de la República. Y lo hemos glorificado. Pienso que está

glorificación es por lo que quiso hacer, pero no por lo que hizo, sencillamente porque no le dio

tiempo. La lista de los políticos a quienes no tocamos el pelo de la ropa, y no hicieron nada

constructivo en beneficio de los españoles, es inmensa. Hay algunos que no hicieron nada porque

no tuvieron ocasión de ser Gobierno o Poder, pero que fueron los creadores de un clima social que

ponía coto a los excesos de la propiedad o del capitalismo de la época; tal es el caso de Pablo

Iglesias. Hay una lista de españoles de todas las creencias a quienes es justo abonar la gratitud

pública por lo que hicieron en sus cátedras, en los periódicos, o en diferentes estamentos de la

vida social. A la hora de los recuerdos históricos tiene que prevalecer lo positivo sobre lo

negativo. Ahora mismo estamos tratando elogiosamente —y con justicia— a Simón Bolívar, y es uno de

los personajes más polémicos en bondades y en maldades que tuvo la descolonización. Pero lo

importante será siempre la contribución a cosas trascendentes y beneficiosas referidas a los

pueblos.

EL General Franco fue, efectivamente, un dictador con su cobertura institucional. Mi experiencia

personal me dice que había bastantes mas dictadores de métodos en determinados personajes de su

clase política, que el propio General Franco. Y tengo testimonios evidentes. El caso es que algún

día un historiador distanciado de esta figura, confió en que deje para la Historia una biografía

próxima a la realidad de esta singular personalidad española del siglo XX.

El General Franco, al terminar la guerra civil, tenía dos grandes sentimientos: el de la celebración

jubilosa de su victoria, y el del precio dramático que se había tenido que pagar por esta guerra

civil.

Parece ser que inmediatamente comenzó a imaginar ese gran monumento a los caídos en la guerra,

con la novedad de que fueran todos los caídos, y no solamente los de su ejército. Así es como salió

la construcción del Valle de los Caídos, y su localización maravillosa en un lugar de la sierra de

Guadarrama. Hay que ponerse en la época —y no verlo medio siglo después— que el símbolo

político joven de aquel tiempo era José Antonio Primo de Rivera, fusilado en una cárcel de Alicante

en el otoño del 36. Intentar valorar todo aquello, con la mentalidad de ahora, no es aceptable. La

alegría popular en toda España tras el triunfo de 1939, está registrada en toda las hemerotecas

españolas y extranjeras. El traslado de los restos de José Antonio Primo de Rivera del cementerio

del Alicante al monasterio de El Escorial, y luego al Valle de los Caídos, fue inenarrable. El

traslado se hizo a pie, y no había un solo precedente de estas características. Los pueblos se

movilizaban en las carreteras al paso del féretro. Naturalmente, era una España muy distinta a la

que hoy tenemos delante. El General Franco había dispuesto también que fuera enterrado en el

mismo lugar, y así se hizo, y también mediante un entierro espectacular. Según mis referencias

allí están enterrados también personas del otro bando, aunque la celebración de estas personas

nunca tenía lugar. Allí se celebraba solamente el símbolo representado por José Antonio Primo de

Rivera y el General Franco. La idea, sin embargo, es que el Valle de los Caídos fuera el gran

monumento de todos los combatientes —republicanos y nacionales— de aquella guerra civil.

POR eso cuando a alguien se le ha ocurrido borrar toda esta huella, y hasta sacar de sus tumbas a

Franco y a José Antonio, no se puede imputar a otra cosa que a la pasión política reinante, con todos

los acontecimientos tan próximos. La gran novedad de los enemigos de aquel régimen consistiría en

que no fuera un patrimonio único de los que lo levantaron, sino que al hilo del deseo inicial de

ser un monumento común, cualquier día se le ocurriera a alguien de nuestro mundo socialista o

comunista, llevar allí los restos de los Generales Rojo o Miaja, y cuantos se estimara que podrían

contribuir a ese patrimonio común de la Historia. En aquella guerra se batieron ejemplarmente por

sus ideas, las gentes de los dos bandos, y fueron héroes y sacrificados, unos y otros. Hay

biografías militares espléndidas de lo que se llama «zona nacional» y otras también colosales de la

identificada como «zona roja». Yo he tenido ocasión de conocer a combatientes de ambos lados, y lo

triste es que tuvieran que ser héroes, y hasta morir en una lucha entre hermanos. El tema del Valle

de los Caídos es, precisamente, el de rehabilitarlo como un monumento al heroísmo español y también

—como enseñanza— a un sacrificio intolerable y hermoso.

 

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