Síntesis de una doctrina política  :   
 antología del pensamiento de José Antonio. 
 Arriba.    18/07/1961.  Página: 6-7. Páginas: 2. Párrafos: 19. 

SÍNTESIS DE UNA DOCTRINA POLÍTICA

ANTOLOGÍA DEL PENSAMIENTO DE JOSÉ ANTONIO

España es una unidad de destino en lo universal. La Patria es una unidad total en que se integran todos los

individuos y todas las clases; la Patria no puede estar en manos de la clase más fuerte ni del partido mejor

organizado. La Patria es una síntesis trascendente, una síntesis indivisible con fines propios que cumplir.

El Estado será un instrumento totalitario al servicio de la integridad patria. Tendrá dos metas bien claras:

una hacia afuera, afirmar a la Patria; otra hacia adentro, hacer más felices, más humanos, más

participantes en la vida humana a un mayor número de hombres.

Nosotros consideramos al individuo como unidad fundamental, porque este es el sentido de España, que

siempre ha considerado al hombre como portador de valores eternos. El hombre tiene que ser libre, pero

no existe la libertad sino dentro de un orden.

La riqueza tiene como primer destino mejorar las condiciones de vida de cuantos integran el pueblo. No

es tolerable que masas enormes vivan miserablemente mientras unos cuantos disfrutan de todos los lujos.

Yo quisiera, de ahora para siempre, que nos entendiéramos acerca de las palabras. Cuando se habla del

capitalismo, no se hace alusión a la propiedad privada; estas dos cosas no solo son distintas, sino que casi

se podría decir que son contrapuestas. Precisamente uno de los efectos del capitalismo fue el aniquilar,

casi por entero. la propiedad privada en sus formas tradicionales. Esto está suficientemente claro en el

animo de todos, pero no estará de más que se le dedique unas palabras de mayor esclarecimiento. El

capitalismo es la transformación, más o menos rápida, de lo que es el vínculo directo del hombre con sus

cosas en un instrumento técnico de ejercer el dominio. La propiedad antigua, la propiedad artesana, la

propiedad del pequeño productor, del pequeño comerciante, es como una proyección del individuo sobre

sus cosas. En tanto es propietario, en cuanto puede tener esas cosas, usarlas, gozarlas, cambiarlas. Si

queréis, casi en estas mismas palabras ha estado viviendo en las leyes romanas, durante siglos, el

concepto de la propiedad; pero a medida que el capitalismo se perfecciona y se complica, fíjaos en que va

alejándose la relación del nombre con sus cosas y se va interponiendo una serie de instrumentos técnicos

de dominar; y lo que era esta proyección directa, humana, elemental de relación entre un hombre y sus

cosas, se complica; empiezan a introducirse signos que envuelven la representación de una relación de

propiedad, pero signos que cada vez van sustituyendo mejor a la presencia viva del hombre; y cuando

llega el capitalismo a sus últimos perfeccionamientos, el verdadero titular de la propiedad antigua ya no

es el hombre, ya no es un conjunto de hombres, sino que es una abstracción representada por trozos de

papel: así ocurre en lo que se llama la sociedad anónima. La sociedad anónima es la verdadera titular de

un acervo de derechos, y hasta tal punto se ha deshumanizado, hasta tal punto le es indiferente ya al titular

humano de esos derechos, que el que se intercambien los titulares de las acciones no varía en

nada la organización jurídica, el funcionamiento de la sociedad entera

(9IV35. Conferencia pronunciada en el Círculo Mercantil.)

La milicia no es una expresión caprichosa y mimética. Ni un pueril "jugar a los soldados". Mi una

manifestación deportiva de alcance puramente gimnástico.

La milicia es una exigencia, una necesidad ineludible de los hombres y de los pueblos que quieren

salvarse, un dictado irresistible para quienes sienten que su Patria y la comunidad de su destino histórico

piden en chorros desangrados de gritos, en oleadas de voces imperiales e imperiosas, su encuadramiento

en una fuerza jerárquica y disciplinada, bajo el mando de un jefe, con la obediencia de una doctrina, en la

acción de una sola táctica generosa y heroica.

La milicia iza su banderín de enganche en todas las esquinas de la conciencia nacional. Para los que aún

conservan su dignidad de hombres, de patriotas. Para los que en sus pulsos perciben todavía el latido de la

sangre española y escuchan en el alma la voz de sus antepasados, enterrados en la patrio solar y les

resuena en el corazón el eco familiar de las glorias de los hombres de su nación y de su raza que claman

por su perpetuidad.

Es la Patria quien necesita de nuestro esfuerzo y de nuestros brazos; ella es quien nos manda uniformar,

formar todos como uno, vestir las azules camisas de la Falange. La Patria es quien borda con mano de

mujer —de madre, de novia— sobre el pecho, exactamente encima de la diana alborozada del corazón,

ansioso de lucha y de sacrificio, el yugo y el haz, las flechas simbólicas de nuestro emblema.

(15VII5. Revista "Haz".)

* * *

Ser jefe, triunfar y decir al día siguiente a la masa: "Sé tú la que mande; aquí estoy para obedecerte", es

evadir de un modo cobarde la gloriosa pesadumbre del mando. El jefe no debe obedecer al pueblo; debe

servirle, que es cosa distinta; servirle es ordenar el ejercicio del mando hacia el bien del pueblo,

procurando el bien del pueblo regido, aunque el pueblo mismo desconozca cuál es su bien, es decir,

sentirse acorde con el destino histórico popular, aunque se disienta de lo que la masa apetece.

(12X35. Revista "Haz".)

El Estado liberal—el Estado sin fe, encogido de hombros—escribió en el frontispicio de su templo tres

bellas palabras: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Pero bajo su signo no florece ninguna de las tres.

La libertad no puede vivir sin el amparo de un principio fuerte, permanente. Cuando los principios

cambian con los vaivenes de la opinión, sólo hay libertad para los acordes con la mayoría. Las minorías

están llamadas a sufrir y callar.

Así concluye la Libertad bajo el imperio de las mayorías y la Igualdad. Por de pronto, no hay Igualdad

entre el partido dominante, que legisla a su gusto, y el resto de los ciudadanos que lo soportan. Más

todavía: produce el Estado liberal una desigualdad más profunda: la económica. Puestos, teóricamente, el

obrero y el capitalista en la misma situación de libertad para contratar el trabajo, el obrero acaba por ser

esclavizado al capitalista. Claro que éste no obliga a aquel a aceptar por la fuerza unas condiciones de

trabajo, pero le sitúa por el hambre; le brinda unas ofertas que en teoría el obrero es libre de rechazar,

pero si las rechaza no come, y al cabo tiene que aceptarlas. Así trajo el liberalismo la acumulación de

capitales y la proletarización de masas enormes. Para defensa de los oprimidos por la tiranía económica

de los poderosos hubo de ponerse en movimiento algo tan antiliberal como es el socialismo.

Y, por último, se rompe en pedazos la Fraternidad. Como el sistema democrático funciona sobre el

régimen de las mayorías, es preciso, si se quiere triunfar dentro de él, ganar la mayoría a toda costa.

Cualesquiera armas son lícitas para el propósito; si con ello se logra arrancar los votos al adversario, bien

está difamar de mala fe sus palabras. Para que haya minoría y mayoría tiene que haber por necesidad

división. Para disgregar al partido contrario tiene que haber por necesidad odio. División y odio son

incompatibles con la Fraternidad.

(16III33. Revista "El Fascio".)

El bolcheviquismo es en la raíz una actitud materialista ante el mundo. El bolcheviquismo podrá

resignarse a fracasar en los intentos de colectivización campesina, pero no cede en lo que más importa: en

arrancar del pueblo toda religión, en destruir la célula familiar, en materializar la existencia. Llega al

bolcheviquismo quien parte de una interpretación puramente económica de la Historia, De donde el

antibolcheviquismo es, cabalmente, la posición que contempla el mundo bajo el signo de lo espiritual.

Estas dos actitudes, que no se llaman bolcheviquismo ni antibolcheviquismo han existido siempre.

Bolchevique es todo el que aspira a lograr ventajas materiales para sí y para los suyos, caiga lo que caiga;

antibolchevique el que está dispuesto a privarse de goces materiales para sostener valores de calidad

espiritual. Los viejos nobles, que por la religión, por la Patria y por el rey comprometían vidas y

haciendas, eran la negación del bolcheviquismo. Los que hoy, ante un sistema capitalista que cruje,

sacrificamos comodidades y ventajas para lograr un reajuste del mundo, sin que naufrague lo espiritual

somos la negación del bolcheviquismo. Quizá por nuestro esfuerzo, no tan vituperado, logremos

consolidar unos siglos de vida, menos lujosa, para los elegidos; pero que no transcurra bajo el signo de la

ferocidad y la blasfemia. En cambio, los que se aferran al goce sin término de opulencias gratuitas, los

que reputan más y más urgente la satisfacción de sus últimas superfluidades que el socorro del hambre de

un pueblo, esos intérpretes materialistas del mundo son los verdaderos bolcheviques. Y con un

bolcheviquismo de espantoso refinamiento: el bolcheviquismo de los privilegiados.

(31VII35. Diario "A B C".)

Pronto, por mucho que nos retraiga de la decisión última el supremo pavor de equivocarnos, tendremos

que avanzar sobre España. Los rumbos abiertos a otros países superpoblados, superindustrializados,

convalecientes de una gran guerra, se abrirían mucho más llanos para nuestra España semipoblada y

enorme, en la que hay tanto por hacer. Sólo falta el toque mágico —ímpetu y fe— que la desencante.

Como en los cuentos, España está cautiva de los más torpes y feos maleficios; una política confusa,

mediocre, cobarde, estéril la tiene condenada a parálisis. Y se alistan paladines para acudir en su socorro

y una mañana —oficiales, soldados, españoles— los veréis aparecer frente a vuestras filas. Ese será el

instante decisivo; el redoble o el silencio de vuestras ametralladoras resolverá si España ha de seguir

languideciendo o si puede abrir el alma a la esperanza de imperar. Pensad en estas cosas antes de dar la

voz de "Fuego". Pensad que por encima de los artículos de las Ordenanzas asoman, una vez cada muchos

lustros, las ocasiones decisivas en la vida de un pueblo. Que Dios nos inspire a todos en la coyuntura.

¡Arriba España!

(Carta a un militar español. 1936.)

 

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