Autor: Cabanellas, Guillermo. 
 Se constituye una Junta Nacional de Defensa. 
 Un programa que no se cumpliría     
 
 Ya.    26/09/1976.  Página: 4-5,7. Páginas: 3. Párrafos: 29. 

HACE CUARENTA ANOS (I)

Un programa que no se cumpliría

Nuestro colaborador Guillermo Cabanellas ha escrito dos artículos con el título de "Cuarenta

años después", en los que da su versión sobre cómo se produjo la designación del general

Franco como generalísimo y jefe del Gobierno del Estado español, acontecimiento histórico del

que el próximo día 28 de septiembre se cumple el cuadragésimo aniversario. Hijo del general

Miguel Cabanellas, presidente de la Junta Nacional de Defensa, que firmara aquella

designación, fue testigo excepcional de los acontecimientos que relata, sobre los que hasta

ahora difieren los testimonios y se oponen entre sí las versiones de los pocos protagonistas que

participaron en las ya históricas reuniones de Salamanca. El autor de "La guerra de los mil

días" y de "Cuatro generales" ha vivido de cerca muchos de los acontecimientos que narra y ha

tenido la oportunidad de, por excepcionales circunstancias, conocer importantes entretelones

relativos a lo lucha par el poder iniciada el 18 de julio de 1936, que culminó con la exaltación, el

1.º de octubre de ese año, a la jefatura del Gobierno del general Franco.

Cuarenta años después de esos acontecimientos, destruidos mitos, se intenta descorrer el telón

de hechos que han permanecido ocultos, apareciendo sus protagonistas tal como ellos fueron,

como hombres de carne y hueso.

EL alzamiento militar se inicia al grito de "¡Viva la República!", aunque muchos de los que

se adhieren lo hagan con serias reservas mentales y no sean pocos los que, de haberse

proclamado sus auténticas intenciones, se habría traducido por un "¡Muera la República!",

mucho más sincero y espontáneo que el ¡viva! Como Serrano Súñer señalara, el

alzamiento "pudo tomar espontáneamente un carácter democrático, republicano, liberal o

populista". Se hace en defensa del régimen republicano, según se afirma en los bandos que

en las diversas capitales declaran el estado de guerra. En esos bandos suena vibrante el

"¡Viva la República!", con el que Cabanellas, Queipo, Mola, Franco, Saliquet, Orgaz, Fanjul y

Goded, entre otros generales, rubrican la sublevación. Tal como el general Mola había

programado, con el alzamiento militar se perseguía el propósito de derrocar al Gobierno del

Frente Popular, disolver las Cortes, declarar fuera de la ley a los partidos políticos y centrales

obreras que apoyaran al Frente Popular y restablecer el orden público quebrantado,

manteniendo, hasta que pudiera lograrse la normalidad constitucional, un régimen de

dictadura dentro del sistema republicano. Jefe del Gobierno, ya que del Estado no habría de

cubrirse por el momento, debería ser el general José Sanjurjo, en tanto que el Ministerio

de la Guerra lo asumiría el general Miguel Cabanellas, reservándose Mola el de Gobernación.

Las instrucciones dadas por este último como director determinaban que el alzamiento militar

debería hacerse al grito de "¡Viva la República!" y con la enseña bicolor.

Al iniciarse el alzamiento militar se esperaba que, tras breve interinidad de Sanjurjo, un

plebiscito decidiría la forma de Gobierno. El trono de España se encontraba desde el 14 de abril

de 1931 libre, pero sin titular, por haber renunciado el monarca Alfonso XIII, aunque no en

forma definitiva, su ejercicio.

Una muerte no prevista

A las cuatro de la tarde de ese aciago día 20 de julio de 1936, aprisionado en su asiento,

Sanjurjo muere carbonizado, en tanto que el avión que iba a conducirle hasta Burgos ardía

como una antorcha. Como habría de escribir Ansaldo, sólo quedaron "hierros retorcidos y

huesos calcinados". Sanjurjo no tomaría posesión de su "cargo" de jefe del Gobierno español.

Los sublevados no habían previsto en sus planes la posibilidad de que Sanjurjo falleciera y de

verse obligados a designar su reemplazante. La muerte del jefe de la sublevación se produce

cuando ya en España se conoce el fracaso del alzamiento militar, tanto en Barcelona como en

Madrid, lugares claves para el éxito de la sublevación. La posibilidad de cristalizar la proyectada

dictadura republicana, que condujera a la salvación del Régimen como institución, en la que se

encontraban unidos Cabanellas, Queipo de Llano y Mola, parecía que habría de tener,

desaparecido Sanjurjo, mayor viabilidad.

La muerte de Sanjurjo desmoronaba el plan esbozado, dentro del cual había sido posible aunar

criterios tan antagónicos como los de un Goded y un Cabanellas y los de un Fanjul y un Queipo

de Llano. Se había aceptado a regañadientes el plan propuesto por Cabanellas para

incorporarse a la sublevación: una dictadura republicana. La sublevación, hasta entonces, tenía

por programa el de restablecer el quebrantado orden público, silenciar el diálogo de las pistolas

y poner término a la pequeña guerra civil que había estallado.

Con la muerte de Sanjurjo, los generales que se consideraban sus herederos directos no

estaban ya dispuestos a respetar compromisos. Mola y Cabanellas iban bien pronto a ser

rebasados.

Franco da un paso en falso

La lucha por el poder la inicia Franco tan pronto como toma posesión de la jefatura de las

fuerzas militares de España en Marruecos, lo que es casi simultáneo con la muerte de Sanjurjo.

Pretende inmediatamente sustituirlo como presidente de directorio, que se va a constituir. Ya se

habla de un gobierno de Franco. Ignora que Mola ha decidido que se constituya una junta de

defensa, y así, en forma inmediata, cubre la dirección del alzamiento con un gobierno de hecho.

Está probado que a las diez de la noche del día 22 de julio, Franco se entrevistó en Tetuán. con

el jefe local del Partido Nazi Adolf Langnhein, a quien le hizo saber su propósito de constituir un

directorio con tres generales. Poco después partió el agente nazi a Alemania, entrevistándose

con Hitler y Goering, a los que dio cuenta de la conversación sostenida con el general Franco,

en la que éste le había afirmado, para la seguridad del Gobierno alemán: "El futuro gobierno

nacionalista de España ha sido organizado en forma de directorio de tres generales: Franco,

Queipo de Llano y Mola, con el general Franco presidiéndolo." (1).

Franco fracasó en ese momento porque en el norte de España, sin tenerlo a él en cuenta, se

había constituido una junta que, presidida por Cabanellas, representaba a los alzados en armas.

Por su parte, Mola cumplía con los compromisos que había contraído al organizar la sublevación

mi-litar. La Junta Nacional de Defensa era un serio opo-nente a Franco.

Ambiente de derrota

Pero el problema más grave estaba en el hecho de que, aparentemente, la sublevación

había fracasado. El optimismo de un fácil golpe de Estado desaparecía. Cuando Mola,

en las primeras horas del día 21, recibe la noticia de la muerte de Sanjurjo, el pesimismo lo

abate; parece ahogado por la desesperación, aniquilado por la magnitud de la tragedia que esta

viviendo. La situación es desesperante. Sus fuerzas han sido detenidas en el Guadarrama,

en tanto que columnas anarquistas avanzan ya por tierra de Aragón; Franco está paralizado

en Marruecos, la Escuadra se ha puesto casi íntegramente al lado del Gobierno; Queipo,

acorralado en Sevilla, se defiende a duras penas, utilizando como arma la radio. Valencia

no se decide a unirse al alzamiento; en Madrid y en Barcelona, la derrota

(1) Esta versión ha sido recogida, entre otros, por Galinsoga: "Centinela de

Occidente", pág. 251; Crozier: "Franco", tomo I, pág. 251 Claudio Martín: "Franco, soldado

y estadista", página 190; también Bolín, quien en representación del futuro Caudillo se

entrevistó, en los primeros días del alzamiento militar, con el conde Ciano, ministro de

Relaciones Exteriores de Mussolini, pudo afirmar a éste que, muerto Sanjurjo, el caudillo

indiscutible seria Franco ("España. Los años vitales", págs. 177 y sig. ).

YA — Pág. 4

26. IX . 1976

SE CONSTITUYE LA JUNTA NACIONAL DE DEFENSA

El 22 de julio, el general Cabanellas asumió la presidencia de la Junta Nacional - La primera

Junta Nacional de Defensa era un serio oponente a Franco - Franco era, sin duda alguna, el

único seguro para los leales a Alfonso XIII - Franco, como miembro de la Junta Nacional, pidió

una reunión de generales para plantear el mando único - Acertadamente se adjudica a Kindelán

la idea de designar a Franco generalísimo y jefe del Gobierno

ha sido completa; en Burgos y en Valladolid, falangistas, monárquicos, alfonsinos y

tradicionalistas se pelean por el poder, formulando cada uno exigencias.

El día 21 de julio, Mola se traslada a Burgos desde Pamplona. Encuentra que se ha constituido

una junta en la que sus componentes se han autodesignado y en la que, reservando para él el

puesto de ministro de la Guerra, se han distribuido los cargos de la siguiente forma: Estado,

general Dávila; Hacienda, Eduardo Serrano; Justicia, Antonio de Vicente Tutor; Comunicaciones,

Antonio Bravo. Como secretario, el que iba a ser jefe de Estado Mayor de Sanjurjo, coronel

Fernando Moreno Calderón.

En esa noche del 21 de julio, Mola titubea y vacila, convencido de que la sublevación está

vencida, y que poco o nada queda que hacer. Acaricia con la mano la culata de la pistola, en la

que, como su hermano dos días antes, cree encontrar la solución. Un ambiente de pesimismo

abrumador se extendía y eran muchos los que creían que con la derrota de Barcelona y Madrid

la situación estaba irremediablemente perdida.

Cuando en la noche de ese 21 de julio, en el edificio de la antigua Capitanía General de Burgos,

se hace el balance de la jornada, hay la seguridad del fracaso. En la reunión participan las

figuras más destacadas que se encuentran en la capital castellana, y, entre otros, el conde de

Vallellano, Goicoechea y Yanguas Messia. Es entonces cuando se busca a la persona sobre la

que habrá de hacerse recaer el peso de esa situación. Son el conde de Vallellano y Goicoechea,

que pocos meses antes, en el Parlamento, habían acusado públicamente a Cabanellas de

masón, los que toman su nombre para, apoyándose en él, salir adelante en un momento en

que el alzamiento militar se considera vencido. Mola ratifica lo que los otros proponen. Es de

esta forma como Vallellano le indica la necesidad urgente de constituir, bajo el nombre de Junta

de Defensa Nacional de España, y bajo la presidencia del general Miguel Cabanellas, el

organismo que asuma las funciones de gobierno en la España que ha surgido de la sublevación.

Vallellano ha descrito cómo se llegó a la solución en la siguiente forma: "Dejándome en su

despacho (Mola), me dio tiempo a que pensara. Me acordé de la guerra de la Independencia y

de la famosa Junta de Defensa del Reino. Propuse la creación de la Junta de Defensa Nacional.

Pasamos revista a todo el generalato. Yenguas y Goicoechea asistieron a la idea y reforzaron,

perfeccionándola. Y esto, unido a la conveniencia de nombrar a Cabanellas para su presidencia,

hizo que naciera bajo la misma la famosa Junta de Defensa Nacional."

Los monárquicos eligen un general republicano

Siendo castrense la empresa de la guerra, tenía necesariamente que ser un militar el que

asumiera el mando supremo. No se pensó en ningún momento poner al frente del Gobierno a

ningún civil. Pero son civiles, y, además, calificados monárquicos, quienes consideran que debe

ser asumida la jefatura del Estado por un militar, y estiman lo más conveniente ofrecérsela a

Cabanellas. No es éste que se autoproclama. Todos los que propician su candidatura saben de

su filiación republicana y ninguno desconoce, por haberse hecho pública, la imputación que de

masón se le adjudica. Pero saben todos bien que sólo por esa designación el alzamiento militar

podía tener una entre cien probabilidades de éxito. Mola, sin consultar con los demás jefes de la

sublevación, decidió hacer suya la propuesta formulada por los jefes monárquicos y proponer a

Cabanellas la creación de esa Junta.

La designación de Cabanellas como jefe de la Junta Nacional de Defensa, que asume el 22 de

julio todos los poderes del Estado, fue hecha en la necesidad de superar, en forma inmediata,

una grave situación de hecho. Predomina un simple precepto reglamentario: el de ser el general

más antiguo de los que participan en el movimiento, y, por esta condición por él impuesta y

garantía de lo que representaba, habérsele reservado el Ministerio de la Guerra en el Gobierno

que, de triunfar el alzamiento, se formaría.

El día 22 de julio, Mola se traslada a Zaragoza y se reúne en el despacho del jefe de la quinta

división con Cabanellas. En un verdadero golpe de audacia, Cabanellas acepta hacerse, cargo

de la presidencia de esa Junta, la que actuará como órgano de coordinación en la faz política,

con reserva de autonomía plena, en el aspecto bélico, para los jefes de los Ejércitos.

El día 23, Cabanellas, ya investido de su cargo de presidente de la Junta Nacional de Defensa,

se trasladaba en avión desde Zaragoza a Burgos, cesando en el mando de la quinta división

orgánica. Desde entonces no habría de tener más mando de fuerzas. Tenia entonces sesenta y

cuatro años de edad.

El mismo día se constituye la Junta Nacional de Defensa, y el 24 aparece el decreto número 1,

por el que son designados sus componentes. A ella se incorporaría más tarde, el 3 de agosto, el

general Franco, y pocos días después, Queipo de Llano.

Un hombre sin compromisos

En aquellos primeros días de septiembre, Cabanellas, que no tiene mandos de fuerzas, ha

perdido el control del Ejército; Mola mantiene un pesimismo desesperante; Queipo de Llano

está aislado en Sevilla y tampoco cuentan con valedores suficientes en el Ejército.

Queda solamente Francisco Franco, que no se define, que oculta como el más riguroso de los

secretos, hasta a sus más íntimos, sus verdaderas intenciones. El penúltimo en el escalafón de

los divisionarios constituía una incógnita. De los tres comandantes en jefe del Ejército es Franco

el último que se incorpora al alzamiento militar, en tanto que de los cuatro generales, posibles

candidatos a ejercer el poder supremo, Franco era, sin duda alguna, el único seguro para los

leales de Alfonso XIII. Ni Queipo, que el 15 de diciembre de 1930 se sublevara en Cuatro

Vientos, declarándose enemigo del monarca; ni Cabanellas. que quería con el alzamiento militar

afianzar la República; ni Mola, que había tenido expresiones durísimas contra Alfonso XIII. Sólo

restaba Franco como una esperanza de que, en un futuro más o menos próximo, cedería el

paso a un monarca.

Franco cuenta, además, con el ejército de España en África: legionarios y marroquíes. Fuerzas

de choque, de vanguardia en la guerra, le apoyan decididamente; también cuenta con aquellos

generales de filiación monárquica, que creían ver en él un agradecido y fiel soldado del último

monarca.

Convertido el alzamiento militar en guerra civil, se esfuma el acuerdo previo de llamar a Cortes

Constituyentes. La unión del ejército del Sur con el del Norte obliga a volver sobre la

designación hecha unilateralmente por Mola al iniciarse el alzamiento militar. Una asamblea de

generales, de la que la mayoría de sus integrantes son decididamente de extracción

monárquica, será la que resuelva el problema.

Actúa Franco en su ascensión al poder en la forma que siempre ha seguido; esto es: en tiempo

lento, poniendo voluntad y perseverancia y teniendo el apoyo de la suerte. Franco hace

concebir esperanzas a monárquicos alfonsinos, tradicionalistas, falangistas y demócratas

cristianos. En ningún momento se define. Es hombre que calla y deja que todos y cada uno lo

tengan por suyo, sin contraer compromiso con nadie. Son los monárquicos alfonsinos los que

mejor ven en él al posible artífice de su anhelo, ya que sabían cómo había sido favorecido por

el régimen depuesto el 14 de abril de 1931, a cuya sombra cumplió su vertiginosa carrera

militar. Pudo forjar, además, una leyenda: la de que no ambicionaba en absoluto el poder para

sí. En ese momento. Mola se habla formulado claramente

(Continúa en la pág. 7)

El general Franco, en Burgos, el 16 de agosto de 1936, se entrevistó con el general Mola

El 1 de octubre de 1936, la Junta Nacional de Defensa nombró a Franco generalísimo y

Jefe de Gobierno del Estado. En la foto, junto a Franco se pueden ver, entre otros, a los

generales Cabanellas, Mola, Orgaz, Queipo de Llano y Saliquet.

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SE CONSTITUYE LA JUNTA NACIONAL DE DEFENSA

El 1 de octubre de 1936, en Burgos, Franco recibió el mando supremo. En la

foto, de izquierda a derecha, el general Cabanellas, el Generalísimo Franco y el

general Queipo de Llano

(Viene de la página 5)

contra la restauración monárquica, al igual que Queipo de Llano y Cabanellas. Franco aparenta

ser un puente entre la República y la Monarquía, que será restaurada una vez concluida la

guerra. De los cuatro generales, Cabanellas, Queipo de Llano, Mola y Franco, sólo este ultimo

no había sufrido persecución ni por la Monarquía ni por la República, y en ambos regímenes

había obtenido ascensos y cargos de privilegio. Queipo de Llano y Cabanellas habían sido

pasados a la reserva durante la dictadura de Primo de Rivera y reincorporados en actividad al

Ejército al proclamarse la República; Mola sufrió en carne propia traiciones y vilezas y pasó

también a la reserva en los primeros tiempos de aquélla.

Se cierra la conspiración

La conspiración se centra en un equipo integrado por el general Alfredo Kindelán, el teniente

coronel Yagüe y Nicolás Franco Bahamonde. Cada uno de ellos iba a ser factor decisivo en la

exaltación de Franco a la jefatura del Gobierno.

Kindelán movería a los generales que tenían en su mano la elección; Yagüe, jefe del Tercio,

representaba el peso de los mandos africanos, que inclinaría decisivamente la balanza a su

favor; en tanto que Nicolás Franco, que se había entrevistado con Mussolini en Roma, hizo

cundir como iniciativa del Duce, y condición necesaria para su ayuda, de que al frente del

nuevo Estado se colocara un jefe con plenos poderes. La ayuda militar de Alemania e Italia

quedaba así supeditada a esa designación. Junto a Nicolás Franco actúa, como eminencia gris,

José Sangronis, miembro del Cuerpo Diplomático español, cuyo pasaporte había utilizado

Franco durante su vuelo de Canarias a Tetuán el 18 de Julio.

Acertadamente se adjudica a Kindelán la paternidad de la idea de designar a Francisco Franco

"generalísimo y jefe del Gobierno". En páginas que son el texto clásico en la materia refiere

Kindelán: "Franco no se decidía a abordar la solución del problema y la dilataba día tras día."

"Tenía el temor de que la cosa no estuviese aún madura y un apresuramiento imprudente

hiciese fracasar el propósito y provocase incluso suspicacias..." La intervención de Nicolás

Franco no fue suficiente para disipar los temores que abrigaba el futuro Caudillo. Siente el

general Franco temor de que un paso en falso le haga perder las posiciones que ha logrado.

Cuando Kindelán le propone para que recoja en sus manos los poderes y la conducción de la

guerra, no vacila en aceptar la propuesta, pero teme que el momento no sea el oportuno. El

apoyo inicial logrado de los generales Kindelán, Orgaz y Millán Astray lo consideraba

insuficiente. Para él, el voto que necesitaba sería el del general Mola.

La decisión final vendría impuesta por Yagüe, que aportaba el peso de la Legión. A la invitación

de éste, que si no habría que pensar en otro nombre, Franco aceptó ser propuesto como jefe

supremo del alzamiento militar (2).

Tanto Yagüe como Francisco y Nicolás Franco habían pensado para imponer esa candidatura no

en una compañía de legionarios, sino en las fuerzas del Ejército de España en Marruecos. Tal

situación la ignoraban los integrantes de la Junta de Burgos, pero no Mola. Este último, pocos

días antes de su muerte, se sinceró con Cabanellas y le expuso los motivos por los cuales dio su

voto a Franco.

El mando único

Franco, como miembro de la Junta Nacional de Defensa, solicitó una reunión de generales, en

la que, entre otros asuntos trascendentales, debía tratarse lo relativo al mando único. Pi-

de que en dicha reunión, además de los integrantes de la Junta, participe el general Kindelán,

que no formaba parte de ésta. El hecho de que Franco hubiera tenido incidentes con Queipo de

Llano y las circunstancias de haber chocado Mola con Yagüe cuando éste, en su avance hacia

Madrid, no acató órdenes de aquél, parecía justificar la petición de Franco (3).

El cantonalismo también se daba entre los sublevados. Pesaba en el ambiente la necesidad de

que el mando, centralizado, se impusiera a los nuevos señores de la guerra, que querían

hacerla por su cuenta y riesgo. No se trata de poner en discusión una forma de gobierno ni la

persona que habrá de asumir éste. No se pretende, en principio, más que lograr la necesaria

unificación de los mandos, que evite los frecuentes incidentes que se producen al carecer la

Junta Nacional de Defensa de facultades, por no ser órgano militar y sí político. Franco, al

principio, no tenía aparentemente otra aspiración que mantener al Ejército disciplinado. Era una

sola guerra y un solo mando. Esta exigencia, que parecía ser razonable, dejaba de serlo cuando

aparecía inminente y segura la caída de Madrid y, en consecuencia, el término de la guerra. Se

plantea uno solo de los aspectos, el técnico militar, y se esconde el otro, el político. El programa

y la bandera es la necesidad de designar un generalísimo de los Ejércitos que unifique los

mandos, evitándose fricciones como las que ya se han producido.

Guillermo Cabanellas

(2) Es fundamental, en relación al relato, la obra de Kindelán "Mis cuadernos de guerra", pág.

50, y la de José Ignacio Escobar "Así empezó...", págs. 149 y 150. De este último sacamos el

siguiente diálogo:

"A los pocos minutos volvía Nicolás Franco a la estancia de Yagüe dando muestras de gran

alborozo, y, tuteándole por primera vez, le dijo:

—Pero, Juanita, ¿qué le has dicho que le has convencido? ¡Acepta! ¡Acepta! ¡Qué éxito has

tenido y qué gran servicio le has hecho a la Patria!

Yagüe sonreía, orgulloso de sus dotes persuasivas.

—¿Y no crees —añadió Nicolás— que Mola y los de la junta de Burgos promoverán alguna

dificultad?

—En último caso —repuso Yagüe—, estoy dispuesto a todo. Me bastaría con una compañía de

legionarios para convencerles también. —¡Eres una gran figura! —concluyó admirativamente

Nicolás."

(3) Las relaciones entre Franco y Queipo no eran, ni con mucho, cordiales. Si bien en público en

Sevilla aparecían juntos para recibir aplausos, en privado discutían prioridades que Franco se

arrogaba en perjuicio de aquél.

Franco era jefe de las fuerzas expedicionarias en el sur de España, en tanto que Queipo de

Llano mandaba el Ejército del sur. Facultades discrecionales que cada uno de ellos se atribuía

dentro del mismo territorio provocaron una situación violenta; para resolverla, el 24 de agosto

Cabanellas se trasladó desde Burgos a Sevilla; dos días después, Franco dejaba la capital

andaluza y se instalaba en Cáceres, en el palacio de los Golfines de Arriba. Le acompaña su

hermano Nicolás.

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