Autor: Fernández-Cuesta y Merelo, Raimundo. 
   Reflexión sobre el 18 de julio     
 
 ABC.    18/07/1976.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

MINGO 18 DE JULIO DE 1976. PAG. 4.

REFLEXIÓN SOBRE EL «18 DE JULIO»

Por Raimundo FERNANDEZ-CUESTA

El correr inexorable de los tiempos nos trae otro aniversario del 18 de Julio de 1936, y con él, la

conmemoración de uno de los acontecimientos más decisivos de nuestra historia, con el que nos

declaramos absolutamente identificados.

Ese 18 de Julio no tiene el significado que le han querido dar, dentro y fuera de España, interpretaciones

interesadamente tendenciosas, que le presentan como la rebelión de unos militares y grupos reaccionarios

contra la legalidad constitucional republicana —infringida mil veces por sus mismos partidarios—; como

un ataque a la libertad, la democracia, la justicia social; como el propósito de imponer un régimen

totalitario absorbente del hombre y de la sociedad. Bien lejos de tales propósitos, el 18 de Julio de 1936

tuvo una causa inmediata y aparente, y otra más profunda. La primera, terminar con la situación caótica a

que había conducido a España el enfrentamiento de los grupos políticos, la lucha de las clases y la

disgregación separatista. La segunda, realizar la transformación, que en todos los órdenes, España venía

reclamando desde hacía muchos años. El 18 de Julio de 1936, pues, fue el impulso vital de un pueblo para

convertir en realidad un haz de posibilidades: armonizar la libertad con el orden; hacer que la dignidad y

derechos de la persona humana fueran respetados de manera eficaz y no mera retórica: implantar la

justicia social más avanzada posible en lo económico y en lo cultural, liberadora de la tiranía comunista y

del egoísmo del capitalismo; en definitiva, no el comienzo de una lucha fratricida, sino el inicio de una

revolución nacional para lograr la integración de los españoles mediante una política de unidad lo más

amplia posible, que sólo dejase fuera aquellas zonas infrahumanas del crimen y de la inmoralidad, e

incluyera, en cambio, todo lo limpio y valioso que en el orden del pensamiento y de la acción se dijera o

hiciese en España, pues ésta no es patrimonio de unos o de otros, sino de todos.

El 18 de Julio buscaba, pues, que la savia nacional pudiera llegar al corazón de España no por un solo

conducto, sino por varias arterias y canales. Y buscaba también que los españoles, a quienes los avatares

de la vida o de la guerra, una vez ésta terminada, dejara a la intemperie política o ideológica, pudieran

encontrar en el nuevo Estado la posibilidad de recobrar su equilibrio íntimo y espiritual, y que, a su vez,

ese Estado aprovechase cuanto de noble y honesto en ellos se diera.

Durante cuarenta años los resultados obtenidos en esa línea política han estado en armonía con ella, claro

que con el margen de imperfección que toda obra humana lleva consigo. Por eso no es lícito, ni admisible,

hacer creer a los españoles que en el 18 de Julio de 1936 empezó una etapa árida de su vida ciudadana

que ahora va a transformarse en otra ubérrima y floreciente en derechos y justicia. Si esta última etapa se

convirtiera en realidad, entonces no se podría negar que había sido consecuencia de esa anterior, tan

injustamente juzgada por algunos, y que es precisamente la que la ha hecho factible. Sin ella, la actual no

existiría o sería muy diferente.

De aquí que, para consolidarse, la etapa ahora iniciada no se debe desviar en lo fundamental de la línea

del 18 de Julio. Si lo hace, los frutos esperados no llegarán a alcanzarse, agostados por sequía espantosa,

o tronchados por vientos de huracán análogos a los que desencadenaron el 18 de Julio.

 

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