Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Franco:Una época, un reinado, una clave, una imagen     
 
 Ya.    20/11/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

FRANCO: UNA ÉPOCA, UN REINADO? UNA CLAVE, UNA IMAGEN

Cuando el profesor Ramón Tamames pensaba en un título para el período histórico que se abre en 1936 se

decidió por éste: "La era de F r a n c o". Arriesgada figura histórica quizá, pero certera descripción

política. No se puede llamar posguerra a una cosa que dura ya mas de siete lustros, y que, sea cual sea la

etapa o la inflexión o el viraje siguiente, va a marcar, históricamente, por continuidad, reacción, antítesis

o síntesis, las décadas próximas. Estamos, pues, ante el panorama de una época; porque no sólo el

periodo, sino lo que se ha dado en llamar el franquismo no es, por más que se haya in tentado en 1937 y

en 1974, un partido; ni simplemente un régimen. El franquismo es, por encima de todo, una época que, al

menos en su versión ortodoxa, irrepetible, parece en trance de penetrar, estos días, estas horas, en la

historia.

Desde el punto de vista formal se han estrellado, en la descripción política de esta época, muchas

clasificaciones. Los politólogos más ponderados, como el profesor español de Yale Juan Linz, optan por

las acotaciones negativas. El régimen de Franco se inscribe entre los de tipo "autoritario no fascista".

Cuando el propio régimen se define, desde 1947, como una monarquía, todo el mundo tiene que pensar

que se trata de la monarquía que sucederá al régimen; pero el régimen se está definiendo asimismo.

"Somos una monarquía sin realeza-decía Franco no muy lejos de esa fecha-, pero somos una

monarquía." Desde años antes adoptaba ceremonial y reclamaba privilegios atribuidos por la historia a los

reyes; aunque para hablar de nuestras dinastías-cuyos funerales gustaba de presidir- Franco solía

añadir, hasta bien entrados los años cincuenta, un inciso: "Reyes y caudillos que hicieron a España." Un

grande de España, teniente general, Ilustre historiador y académico, compañero de armas de Franco-

Carlos Martínez de Campos, duque de la Torre-, lo vio muy bien; por eso terminó uno de sus serenos

artículos de política militar con una frase que provocó anchos comentarios: el reinado de Francisco

Franco.

Este ha sido un largo reinado. A pesar de su admiración teórica por los Austrias, y de su repudio

dramático contra el siglo XVIII, Franco no ha sido un sucesor de Carlos II, sino quizá de Carlos III; no

obstante su declaración, sorprendente sólo para quienes no lo conozcan, de que "nuestra Cruzada se hizo

contra la enciclopedia". Claro que habría que matizar. Este ha sido un despotismo ilustrado sin

ilustración; o mejor, con ilustración burocrática, que no intelectual. Un despotismo ilustrado con

Campomanes pero sin Jovellanos; con inútiles nostalgias del marqués de la Ensenada; con Floridablanca

y jesuitas relativamente revueltos durante algún período; bien separados, afortunadamente, desde la mitad

y enfrentados como es debido en la recta final.

Una clave, aunque múltiple. La clave ideológica: La proclamación tan sincera como negativa del esquema

unitario joseantoniano en el discurso de la Comedia. La clave institucional: Iglesia y Ejército, con

presunta transfusión de infalibilidades y legitimaciones; por eso Franco, que enfeudó su régimen a una

concepción de la Iglesia en una ley fundamental, no pudo aceptar el mensaje del Concilio como

transfiguración, sino todo lo más como discutible paréntesis en la evolución de la Iglesia; y puede que la

reorientación de la Iglesia haya sido la conmoción más profunda e irreversible en el hermético

pensamiento de Franco. El Ejército: columna vertebral, origen de su poder personal, objeto primario de su

atención política, mucho más que de su atención militar; si el problema de la Iglesia puede plantearse en

sentido restrictivo con recurso a las vivencias de otra Iglesia mitificada como legitimadora-y

permanente por su propia esencia "anterior"-no cabe plantearse problemas políticos en torno al Ejército;

y cuando, en las primeras épocas, se quisieron plantear-1943, 1947, 1956-la solución cortó, inapelable,

el planteamiento. La clave política: lo que se llamó primero la Falange-la FET, no la joseantoniana-,

después del Movimiento, después del franquismo. Es decir, la aguerrida cohorte política inasequible al

desaliento legitimada por Raimundo Fernández Cuesta, impulsada y resucitada por José Antonio Girón,

articulada por. José Luis de Arrese, prolongada por José Solis, tenida de futuro por Alejandro Rodríguez

de Valcárcel. "Creo en España -decía Franco de esa Falange-porque creo en la Falange". Y cuarto, la

frase histórica: el análisis de la dictadura de Primo de Rivera como modelo positivo-progreso,

tecnocracia, apoliticismo-y negativo: evitar su vacío político, pasar el rubicón ante el que Primo de

Rivera se detuvo: cambiar de raíz el régimen y, por supuesto, no permitir ni la sombra de una diarquía. Ni

cuando se selecciona un sucesor a título de rey.

Una imagen, también múltiple, también contradictoria. Primero, la imagen histórica: Franco recibió una

España desintegrada, hambrienta, semianalfabeta; entregada a la sucesión política y a la reflexión

histórica una España posible, aunque cuajada de problemas; una España décima potencia industrial del

mundo, una España de la que desapareció hacia 1951 su lacra secular, el hambre y la miseria; una España

que todavía lee muy poco y que confunde el título universitario con un "status" social, pero que sabe leer

y está en una senda irreversible hacia la plenitud cultural, porque es una España escolarizada.

Segundo, la imagen política: congelada indebidamente en el interior, pero potencialmente viable gracias a

una elevación cualitativa de la infraestructura social y económica que convierte en próxima la alternativa

democrática, y concentrada en un sucesor joven, miembro y símbolo de la España joven y el Ejército

joven; capaz de dirigir, con apoyos populares y políticos suficientes, la ineludible transformación. El

sistema de pactos que fracasó en la España de 1917 a pesar de las prometedoras experiencias de la

Restauración; que apenas se planteó con motivo de la gran ocasión republicana, ahora no es solamente

una posibilidad, sino una profunda exigencia de la opinión pública: con tal que no rehuya ni un solo

problema constitutivo-el pacto social, el pacto regional, el pacto político-en orden a la articulación de

una democracia en España que no solamente seria definitiva, sino primera.

Con ello podría realzarse, después de matizarse, la imagen exterior de Franco y el franquismo, hoy en el

punto más bajo después de una larga historia de enemistad y unilateralidad. "Sucumbe la Europa liberal",

dijo Franco cuando la Europa liberal resucitaba, y esa Europa-que es la nuestra-no se lo ha perdonado

jamás, ni en vísperas de la tercera lucha de Franco con la muerte, después de 1916 y 1974. Ante esa lucha

Europa inunda con sus corresponsales los accesos de El Pardo y, preocupada quizá por lo que pudieran

ser también sus excesos de simplificación, los sustituye casi morbosamente por un desbordamiento de

curiosidades.

Personal y constitucionalmente Francisco Franco se ha declarado responsable ante Dios y ante la historia.

Quienes conocemos con alguna aproximación su larga vista de marino frustrado, su incomprensible

amalgama de fuego y de hielo, no podemos vislumbrar el juicio de Dios ni, en momentos como éstos,

debemos anticipar el de la historia, que probablemente se producirá, durante un primer periodo de resaca

emocional, en sentido reactivo de signos diversos. Pero aunque esto pueda provocar, aparte de la

conformidad interior, algunas sorpresas exteriores, estamos absolutamente seguros, histórica y

biográficamente seguros, de que Francisco Franco Bahamonde ha aguardado durante largos años esos dos

juicios con una inalterable serenidad.

Ricardo DE LA CIERVA

 

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