Bipartidismo y ley electoral     
 
 ABC.    10/05/1983.  Página: 15. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

MARTES 10-5-83

OPINIÓN

BIPARTIDISMO Y LEY ELECTORAL

INSISTIMOS en la necesidad de que los hechos en la política, de la economía y de la vida social se

analicen con frialdad. Y nos parece necesario seguir con el análisis iniciado ayer.

La evolución acelerada de la política española hacia el bipartidismo no es un supuesto dialéctico, sino

un hecho: no se trata de celebrarlo o deplorarlo, sino de analizar un dato de la realidad. El bipartidismo

no excluye la existencia, ni el relativo peso de otros partidos: la democracia británica cuenta con

influyentes formaciones regionales en Escocia y Gales y da cabida a un partido liberal de gran tradición,

junto a un nuevo experimento socialdemócrata. El bipartidismo no significa un cártel o doble

monopolio, sino una situación dominada por dos grandes formaciones, que cada cual desde su área

propia prestan estabilidad y flexibilidad al sistema. Un sistema bipartidista se caracteriza en primer

término —acabamos de verlo en España— por la posibilidad de que un solo partido pueda contar

con la mayoría parlamentaria: la segunda característica es la rigurosa disciplina de voto (de ahí que

UCD no propiciara, de hecho, el bipartidismo), y la tercera nota dominante es la homogeneidad de

los Gobiernos, que es la gran prueba que ahora ha de superar el PSOE.

POR supuesto que el bipartidismo constituye un modelo lleno de defectos. Pero es el que ha asegurado

al mundo anglosajón una estabilidad envidiable. En los países con bipartidismo no hay lugar para una

Prensa que, como en algunos casos españoles, lleven la adulación al poder hasta el lenguaje del

subconsciente: así el partido vencedor no triunfa, sino que arrolla o aplasta según los casos, como

hemos leído ayer. Y así hasta llegar hasta aquella graciosa fórmula o página entera: "Todo para el

PSOE". No se comprende que este alud de vilismo propician en el sentimiento colectivo un instinto de

defensa que desemboca en el apoyo al otro gran partido. Pero estas cosas son, por desgracia, motivaciones

irracionales y prepolíticas, que no suelen darse en las democracias desarrolladas. Hoy el bipartidismo,

más o menos imperfecto, evita en las naciones occidentales las sorpresas parlamentarias: un Gobierno

como el británico o el alemán se mueven en las Cámaras con un margen de seguridad, mayor claro es en

el primer ejemplo que en el segundo. En el bipartidismo clásico la confianza de la Cámara es segura,

salvo en caso de escisión de partido mayoritario.

Las ventajas de ese sistema desembocan en el reforzamiento del Gobierno frente al poder legislativo: pero

eso es lo que hace avanzar en el mundo democrático el sistema de dos grandes formaciones, mientras el

multipartidismo retrocede. La experiencia del último tercio de siglo enseña que de otro modo la nueva

democracia industrial llega a ser ingobernable. Estas realidades teóricas tienen una traducción práctica al

presente español. Posiblemente el partido del poder ha errado al intentar deshacer —con abuso de la

propia maquinaria del poder— la posibilidad bipartidista, para asegurarse una cierta comodidad (de

recordación, por cierto, alarmante) que ha dado en llamarse «partido hegemónico». Hoy no puede

ignorarse la tendencia larvada al monopartidismo que padece un sector de los militantes del PSOE. Los

atentados, a veces subterráneos del partido del poder, contra la oposición, llevados a cabo con los medios

y la influencia de ese mismo poder, encubren un modo de corrupción de la democracia ajeno a los usos de

Occidente. Quede esto claro.

Negar hoy, tras la ligera alza de la Coalición Popular y el retroceso del PSOE, la evolución bipartidista de

nuestro sistema carecería de sentido. Sobre este decisivo punto será necesario avanzar en un debate

verdaderamente nacional, útil para explicar las cosas en vez de deformarlas.

LA bipolarización que emergiera con inusitada fuerza el 28 de octubre, quebrando un escenario

multipartidista, no se la ha llevado el viento de otoño. Máxime si se tienen en cuenta todos los obstáculos

colocados para que no ocurriera así y abrir paso a una supuesta tercera fuerza. El fracaso de esa operación

es uno de los datos-clave en la jornada del domingo. Pero para medirlo en toda su intensidad hay que

referirse al obstáculo objetivo número uno: una normativa electoral proporcional que favorece el

multipartidismo. Al contrario del sistema electoral a dos vueltas que posibilita la formación de dos

grandes bloques, el sistema español tiende a la consagración de un abanico de fuerzas políticas al

provocar una dispersión de votos en lugar de concentrarlos. Y precisamente una de las excepciones que

comienzan a estudiar los profesionales de la ciencia política es la que se da en España; ayer en las

legislativas y hoy en las municipales, donde la centrifugación de opciones es más viable todavía por el

carácter local de esta última consulta electoral.

Pese a todos los obstáculos subjetivos mencionados más arriba y los objetivos referentes a las normas

electorales, la bipolarización es un hecho. La realidad social unida a la coyuntura económica es tan

potente que acaba por romper los corsés administrativos y las maniobras personales o partidistas. Un

sistema electoral tan sabio como el francés proporcionaría la eclosión total de este estado de opinión, que

se abre paso en los grandes sectores sociales; salvo organizaciones reducidas, como los nacionalismos

periféricos y el testimonialismo de la izquierda comunista que sí tienen un techo, en España no parecen

perfilarse más que dos grandes opciones, capacitadas para gobernar en estos años de consolidación

democrática.

De nada vale golpear con la cabeza el muro de la realidad. A partir de la confirmación de estos datos

bipolarizadores hay que sacar las conclusiones adecuadas. Por eso la gran cuestión de fondo que se

plantea hoy es la reforma de la normativa electoral. El ejemplo francés ha mostrado en dos décadas su

capacidad estabilizadora frente al modelo italiano. Y estos dos casos serían quizá los primeros a

considerar.

La excepción de la. regla electoral no hace más que confirmar la testarudez de los hechos.

 

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