Autor: Villatoro, Vicenç. 
   Elecciones a la tremenda     
 
 El Correo Catalán.    10/05/1983.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

Martes, 10 de mayo de 1983

EL CORREO CATALÁN

OPINIÓN 3

Elecciones a la tremenda

Vicenç VILLATORO

Ahora que ya han pasado las elecciones y que las palabras no están ya -espero- sometidas a los microscopios detectores de banderías, ya se puede decir: en cada campaña electoral demostramos tener, colectivamente, una concepción trágica de la vida. Las campañas electorales, que tienen algo de fiesta, de ruptura de la normalidad, de algarabía con desahogo, se presentan siempre entre nosotros como una batalla, como una fuente de desequilibrio, con un peligro potencial. Aunque los partidos vayan intentando -tal vez por influencias exteriores o por agotamiento de otras opciones- convertir sus mítines en bailongos y saraos, el sentimiento trágico, el recelo de fondo, es algo que se palpa en el ambiente.

¿Suciedad o alegría?

Permítanme un ejemplo. Ante la profusión de carteles que acompaña necesariamente a las confrontaciones electorales, la reacción del ciudadano medio -con gesto indignado, herencia de las tertulias de casino de rebotica- es decir o pensar: "Nos ensucian las paredes". Hombre, cuando nos pasamos años viendo constantemente las paredes más o menos virginales, cuando normalmente estas paredes no tienen -limpias- unos atractivos demoledores, verlas de tanto en tanto coloreadas a golpe de cartel no tiene que resultar necesariamente molesto. Ai menos a mi no me molesta. A condición, claro, que una vez pasadas las elecciones, cuando los carteles empiezan a desmenuzarse por culpa de la meteorología y entran asi en su fase vital más antiestítica, alguien se tome la molestia de desencolarlos. Ver la ciudad, en plena campaña, llena de carteles, con pancartas y cubos, con coches-loro repartiendo folletos, no me crea la sensación de estar en una ciudad sucia, sino de ciudad vi´ va, de ciudad alegre, de ciudad que celebra un tipo determinado de fiesta.

En esta cuestión, tengo la impresión de que tendemos a comportarnos como aquellos niños tímidos que siempre temen ensuciarse las manos. Y que mientras sus compañeros montan la gran juerga pasteleando arcilla, bañándose en pintura o trazando autopistas entre polvo y grava, ellos permanecen modo-sitos en su rinción, preservando sus manos impolutas aburidísimamente. Del mismo modo, mientras sea posible limpiarse después, puede ser divertido lanzarse -aunque sea por un momento- a la ruptura de la normalidad, a su sustitución por el maquillaje coloreado de carteles y pancartas. Y luego, se quita.

Una doble beatería

En esta concepción trágica, sanguínea, de los procesos electorales, de la vida política en general y por extensión de todo el universo mundo, influyen dos beaterías diversas. Hay una beatería de izquierda, hecha con la pasta de la resistencia, según la cual la política es una cosa tan sería que si alguien se divierte con ella más vale que se lo haga mirar. La izquierda tradicional ha visto el gusto por la política como una especie de ninfomanía sospechosa, como una perversión de fondo. Es igual, en esto, que ciertos fans de la familia numerosa para los que el único placer honesto de la reproducción está en los dolores de parto, nueve meses después.

También para la izquierda, a la política se entra para sufrir -o para "servir", en el lenguaje de toda la vida- no para disfrutar. Las medallas de los curriculums son las visitas a la Modelo. Las fiestas electorales de la izquierda han sido a veces la piel de cordero bajo la que se ha escondido el aburrimiento pétreo del lobo.

La otra beatería que se aplica al caso es una beatería conservadora, de derechas. La beatería que preserva las normalidades -aunque sean grises- por encima de todo. La beatería del miedo a que, en medio de un paso de baile, se pueda quedar en una postura ridícula. El miedo a perder la compostura. Sólo una beatería de este tipo explica que se defienda con uñas y dientes la estética de una normaldiad grisácea frente a la modesta y controlada ruptura festiva que supone un proceso electoral.

Tomárselo todo a mal

En las elecciones, la vertiente trágica del país, la habilidad ibérica de tomárselo todo a mal, cristaliza en una incomodidad indignada. Cuando, en las municipales de la República, la Lliga basó su campaña en la crítica a la actuación de la Esquerra, lo hizo con unos carteles de "sang i fetge", en los que se veía a Barcelona muy físicamente martirizada por el Ayuntamiento de ERC. "El be negre" hacia incluso un chiste con una señora lipotimizada ante las emociones fuertes que la calle le brindaba, con la exhibición cartelera de las crueldades izquierdistas. Parece que ahora las cosas no van por aquí, pero las elecciones podrían ser comentadas por aJ-gún francés despistado y amante de ios tópicos como una corrida de toros en los que el personal se recrea en la suerte de varas.

Vestidos de oscuro, cejijuntos, ceñudos, vamos de trágicos y adustos por la vida, en una estética de hidalgos castellanos contrarreformistas. El dia en que nos tomemos las elecciones como una fiesta, habremos empezado la revolución copernicana de nuestra europeización. "A la tremenda". Una expresión que nos es propia. A ver si empezamos a tomarnos las cosas de otra manera.

Viccnp Villatoro. Periodista.

 

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